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El oficio de “cuéntenik”

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Relato de mi encuentro con el trabajo de vendedor ambulante en los años ´20.

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A
la mañana siguiente me desperté temprano, nervioso por cómo me iría en mi
primer día de trabajo en la Argentina.

Al rato se
levantó el patrón, desayunamos, volvimos a la pieza y comenzó a cargarme
(como a una mula) con un atado con pantalones, bombachas y unos cortes de tres
metros de tela para mujer, un atado con ambos (trajes para hombre) e
impermeables para hombre y mujer.

Después, me
puso una valija en una con medias y lencería para hombre y mujer y me dijo
“vamos”. Había otra valija, y creí que él la agarraría, pero me dijo
“esa también”.

 Salimos a
la calle, él bien empilchado con camisa y corbata. A media cuadra del hotel
golpeó en una casa, hizo la oferta y nos hicieron pasar. Abrimos las valijas,
vinieron de adentro otras personas y, como resultado, vendimos varias cosas.

Yo llevaba
conmigo un cuaderno y un lápiz, me dictó el artículo y el costo de cada cosa.
Hecha la suma cobró, mientras yo
ordenaba las cosas.

 Al salir,
me golpeó la espalda y me dijo “empezamos bien, Iankel”. Así seguimos
caminando, golpeando y ofreciendo las cosas. No caminamos mucho porque en cada
casa nos hacían pasar y se reunían varias personas que miraban y discutían el
precio.

Al volver al
hotel al atardecer, sumé las ventas y el resultado fue una cifra importante.
Tal es así que el patrón me dijo que si seguíamos así el fin de semana tendríamos
que pedir un refuerzo de mercadería, que demoraba 10 o 15 días en llegar por
tren (el único medio de transporte). 

Después de
ordenar todo para el día siguiente y de asearnos, nos sentamos a esperar la
cena. En el hotel había diarios en castellano, así que me puse a leerlos ayudándome
con un diccionario polaco-castellano que había traído.

Al otro día,
fui el primero en levantarme porque quería ir al baño tranquilo. El hotel tenía
dos baños en el patio, pero había mucha gente (sólo los dueños y su familia
eran ocho personas). Después de ir yo, lo llamé a él, como me había
encargado.

 Después
de desayunar fuimos a la pieza a cargar las cosas. Mejor dicho, era yo el que
las cargaba. Ese día se hizo duro al principio.

Caminamos como
una hora sin suerte, hasta que llegamos a un lugar que era como una playa de
estacionamiento, con algunos carros, autos modelo T y mucha gente.

“Aquí nos
tenemos que hacer el día”, me dijo.

Buscamos un
lugar y nos instalamos, extendimos dos pedazos grandes de tela que habíamos traído
y encima pusimos la mercadería.

Enseguida comenzó
a acercarse la gente, preguntando precios. En cuanto uno comenzó a comprar
siguieron otros, mientras el patrón me advertía en ídish que vigile bien.

A las cuatro o
cinco de la tarde casi no nos quedaba nada de la mercadería que habíamos
llevado. Al hacer la caja, encontró que habíamos vendido tres veces más que
el día anterior.

 Antes de
dormirnos me dijo “mañana es sábado y vamos a trabajar. El domingo no porque
este pueblo es muy religioso y si salimos vamos a tener problemas”.

Continuará…

 

 

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