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Cómo ayudar a nuestros hijos

Actitudes de los padres frente al hijo que no come

Generalmente lo que se hace en relación con este problema es tratar de revertir los efectos sin atender a las causas.

En él intervienen muchos factores que hacen que la alimentación trascienda la simple función fisiológica, la necesidad de comer para vivir, introduciendo otra dimensión al problema que es el equilibrio afectivo del niño

Cuando llegan pacientes al consultorio, adolescentes en general que presentan cuadros severos de Anorexia y Bulimia, lo que se ve es que los padres cuando consultan lo hacen con esta exigencia, la de revertir el no comer de su hijo, y la única preocupación es “que coma”, y de esta manera desatienden la causa que lleva a este no comer, no hay pregunta sobre el ¿por qué no come?. 

En general hay un desconocimiento en relación a que estos síntomas, como el “no comer”, tiene una historia que viene desde la infancia, por eso es bueno que los padres tengan en cuenta ciertas cuestiones en la relación que establecen con sus hijos.

Es común que a los papás les surjan inquietudes con relación a cómo los chicos se alimentan, cuánto comen, qué comen, en qué horarios lo hacen, etcétera.

Hay como una preocupación generalizada en los papás de tratar de brindarle al niño todo lo necesario para una buena alimentación, tanto en abundancia como en calidad, para que su hijo crezca sano, fuerte, nutrido, y eso no está mal, ya que el alimento es un elemento vital en el desarrollo infantil. 

Acá suele surgir el problema, cuando el niño no satisface la necesidad de los padres (la de comer sanamente según su criterio). 

Si el niño no come una vez, generalmente no se le da importancia. Si no come una segunda vez, se encuentra alguna razón para argumentar ese no comer (está muy cansado, le duele la panza, etcétera).

Pero si la falta de apetito se hace habitual, ningún papá permanece indiferente, todos reaccionan haciendo todo lo posible para persuadir al niño para que coma y en estas reacciones los papás asumen distintas actitudes: 

  • Actitud coercitiva: es aquella que presiona al niño para que coma, para que obedezca. Se amenaza con diferentes castigos: no comer postre, no mirar TV, incluso puede haber castigos corporales.

    El adulto cree que el niño preferirá comer antes que sufrir tales castigos y en realidad esta actitud suele reforzar al niño en su oposición.

    El no comer, es el modo en que se manifiesta un conflicto interno y esta actitud coercitiva, reactiva la angustia del niño y refuerza aún más su resistencia a comer.

  • Actitud moralizadora: consiste en ejercer una presión moral sobre el niño para que acceda a comer. Por ejemplo se le pone de manifiesto que tiene el deber de alimentarse para “hacerse un hombre” y que ello constituye parte de las obligaciones de un “buen hijo”.

    Esta actitud es muy adecuada para culpabilizar al niño, pero no para restituirle el apetito. Fomenta un circulo vicioso: cuanto más culpable se siente el niño menos come y cuanto menos come, más reprochan los padres.

  • Actitud de presión afectiva:

    • Chantaje afectivo: se le dice al niño que comiendo complace a la madre, o por el contrario, que su rechazo le causa pesar. Incluso hay mamás que amenazan con llorar si no comen. Pero los niños suelen mantenerse insensibles a sus repetidas súplicas. 

    • Regateo: consiste en hacerle promesas al niño, si accede a comer se le promete un postre, una historia, un juguete etcétera, pero la escalada es muy rápida, el niño pide cada vez más cosas, más importantes, a cambio de algunos bocados.

      Así lo que era excepcional, se vuelve habitual y la madre se ve condenada a contarle una historia sin que su hijo coma mejor por ello. 

Ninguna de estas actitudes alcanza el fin que se había propuesto, hacer comer al niño. Y si lo logra, el niño come por las presiones familiares, lo cual no soluciona el síntoma. 

Otra posibilidad ante el fracaso de hacerlo comer es pensar que el niño está enfermo, y que un remedio milagroso le devolverá el apetito al hijo.

El comportamiento de un niño que “no come” es mucho más angustiante que el del niño que come demasiado, que siempre tiene hambre, amén de que cada una de estas formas posee sus características y preocupaciones particulares.

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María José Perelli
Psicóloga

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