Intergración de los niños con discapacidad en la escuela

Espero que esta relato pueda ayudar a la reflexión, aceptación y concientización respecto a la incorporación de los niños con discapacidad a la escuela regular…

Hoy, estoy aquí, sentado en el pequeño patio de mi escuelita, observando a lo lejos que mis compañeros juegan alegres, están corriendo de un lado para otro, gritan con mucho entusiasmo y ríen felices, como todo niño tiene derecho a hacerlo.

Desde luego que esto no es un lamento, pues realmente me he sentado un momento para tomarme un descanso y también para disfrutar de todo lo que veo a mi alrededor, pues he tenido la oportunidad de participar con mis compañeritos en muchas ocasiones.





Para mí, no ha sido del todo fácil, porque mi camino es un poco más largo, he tenido que enfrentarme a la vida con todas mis fuerzas y con muchas esperanzas, pero soy muy feliz y afortunado, te contaré mi historia para que puedas saber porque lo considero así.

Hace un poco más de cuatro años llegué a este mundo, aunque en realidad aparento menos edad. Durante nueve meses estuve cómodamente en el vientre de mi madre, quien junto con mi padre ponían en mí sus ilusiones y expectativas, preguntándose si yo sería tan alto y fuerte como el abuelo, o si sería tan inteligente como ella o tan activo como él.

Todo transcurrió sin dificultades, alcancé una talla y peso de excelencia y nos preparamos para el parto, el momento más esperado de la vida de pareja de mis padres, y fue aquí, donde comenzó a cambiar el rumbo de lo que llaman “normalidad”.

 Los doctores dijeron que era un parto “distócico”, es decir, un parto con complicaciones, por lo que fue necesario utilizar fórceps, tuve sufrimiento fetal, pues no me di cuenta y lamentablemente ellos tampoco, de que el cordón umbilical estaba doblemente enrollado en mi cuello provocándome asfixia severa.

Con maniobras médicas me resucitaron y salvaron mi vida, después me mantuvieron diez días en una incubadora, donde a pesar de los cuidados, presenté un cuadro convulsivo, que determinó la ingesta de medicamentos especializados por cinco días.

Una vez superada la gravedad de mi salud, llegamos a nuestro hogar, bendito hogar, fortalecido por el amor entre mis padres y de ambos hacia mí, de ellos he recibido el más completo de los cariños, la mejor atención y una permanente dedicación.

Considero que su nivel social, cultural y económico, ha permitido que reciba los apoyos necesarios para mi óptimo desarrollo, desde la detección oportuna y la intervención temprana, hasta la integración a la escuela regular, además de los apoyos complementarios de terapia motriz, de lenguaje y socialización.

Todo realizado en mi favor con gran dedicación, calidez y amor. No puedo explicar con palabras como se sintieron mis padres, al enterarse de que ese hijo tan deseado y esperado presentaba dificultades en su desarrollo motor, que lo afectaría en su coordinación para moverse, desplazarse y hablar, de eso no les puedo decir nada, pues lo único que recuerdo, es que siempre he contado con ellos de manera incondicional.

Un día, llegué al Cendi, ingresé a la sala de lactantes, pero fui recibido con reservas, con un halo de compasión por mis visibles dificultades, o tal vez, la falta de conocimiento de cómo trabajar con un niño con mis características, generaba temor y se cuestionaban cómo iban educarme o a tratarme.

Pese a este desconcierto, fui acogido con amor, tratado con cuidado y respeto, pero lo más importante, me sentí parte del grupo, como si fuese una extensión de mi familia, y hoy, me siento muy feliz y seguro, porque formo parte de esta comunidad educativa a la que se le  llama “escuela integradora”.

La maestra de Apoyo de la USAER, realizó algunas actividades y talleres de sensibilización, tanto para el personal de mi escuela, como para los padres de familia, lo cual ayudó mucho para que el proceso de aceptación se diera en las mejores condiciones.

Recuerdo que, cuando llegué al Cendi, tenía dos años de edad y la mayor parte del tiempo me la pasaba acostado y esto no me ayudaba a mejorar mi condición, sin embargo, la dinámica del grupo, el entusiasmo y disposición de mis maestras y el apoyo de la maestra de la USAER, fue estimulándome para participar, enfrentando los retos que se me planteaban.

Así que realizaba los ejercicios de motricidad con entusiasmo y aprovechando mis capacidades, podía seguir el ritmo de la música y de los cantos, interactuaba con las maestras y mis compañeritos para comunicarme mediante gestos, señas e incluso, emitiendo sonidos que ellos iban aprendiendo a interpretar, pero a su vez me iban enseñando a superar.
En ese año dejé atrás muchas cosas, tuve muchos logros: pude sentarme y mantener el equilibrio; di mis primeros pasos con ayuda; y también inicié el programa de control de esfínteres.





Definitivamente, creo que la integración a la escuela regular, ha favorecido el logro de dichas independencias de manera normalizada, ya que al convivir con otros niños con características diferentes a las mías, pero con edades, intereses y necesidades similares, me ha permitido crecer junto con ellos.

Cuando cumplí los tres años me incorporé al grupo de maternal, allí maduré mi caminata y logré con éxito el control de esfínteres, mi lenguaje se fue ampliando y ya podía expresar mejor algunas ideas, el trabajo en el grupo se continuó desarrollando con la ayuda de mis maestras, el apoyo de la USAER y de mis padres.

En mi nuevo grupo realicé las mismas actividades que mis compañeros y se reconocieron mis potencialidades para ayudarme a explotarlas al máximo.

De mis compañeros, he recibido un trato digno, la verdad, es que los niños no sabemos discriminar o marginar, para nosotros, todos somos iguales, ellos me cuidan, pero me exigen, también me quieren, pero me retan, esto me ha fortalecido y ha hecho de mí, el preescolar de cuatro años que hoy soy.

Dos años se fueron volando, realmente ni los sentí, porque cuando disfrutas lo que haces, amas lo que tienes y valoras lo que te rodea, tu vida se torna accesible y tus limitaciones, cualquiera que sean, no te detienen.

Con este trabajo conjunto fundado en la observación, evaluación y seguimiento, se ha determinado que requiero un poco más de tiempo para realizar las actividades que implican situaciones motoras y de expresión oral.

Los apoyos que necesito para cumplir adecuadamente con mi proceso de inclusión, se deben orientar en adecuaciones metodológicas, las cuales tienen que ver con mi trabajo individual y en equipo, la utilización de materiales didácticos concretos que me permitan usar y desarrollar mejor mis sentidos, así como el empleo de recursos visuales que me ayuden a mejorar mis periodos de atención y concentración, que mis actividades sean preferentemente cortas y variadas. Además, las indicaciones que se me den, deben ser claras, sencillas y directas, ajustándose los tiempos y las dificultades de las tareas de acuerdo a mis potencialidades.

La evaluación debe ser continua y adecuada a mis procesos, realizando registros de la evolución individual para tener presente mis avances personales, lo que me permitirá el establecimiento de nuevos retos que estimulen mi desarrollo, asimismo, en el trabajo cotidiano del grupo, debo reconocer mis necesidades, mis puntos de vista y mis sentimientos, de tal forma, que me permita respetarlos a los demás, pudiendo reconocer así, mi identidad personal, fortalecer mi autoestima, relacionarme mejor con mis compañeros y desarrollar con ello, la confianza y el apoyo mutuo.

Debo utilizar el lenguaje oral para regular mi conducta y mi interacción con los que me rodeen, logrando con ello, la comunicación de mis estados de ánimo, sentimientos, emociones y vivencias a través de la comunicación oral, ello me permitirá, obtener y compartir información a través de diferentes formas de expresión.

Además, tenderé a mantener el equilibrio y el control de los movimientos que impliquen fuerza, resistencia, flexibilidad e impulso en los juegos y actividades de ejercicio físico, para implementar el uso de instrumentos de trabajo que me permitan resolver problemas y realizar diversas actividades.

Estoy muy agradecido de vivir en esta época, en este ambiente familiar y en este medio escolar, donde el cambio de visión hacia la educación especial, está rindiendo frutos, y ¡claro! … yo soy uno de ellos, pero tengamos muy presente que pertenezco a una minoría.

Les cuento mi historia porque deseo de todo corazón, que todos los niños, ¡todos, sin excepción! tengan estas oportunidades de una nueva vida como la que hoy disfruto, que la discapacidad no sea un factor que determine su marginación; que la pobreza económica y cultural en la que viven algunos sectores de la sociedad, se logre abatir, para que la condición social de los individuos con discapacidad, no afecte su desarrollo integral.

Deseo que la sociedad siga cambiando su percepción acerca de la discapacidad, pues las personas, no somos discapacitadas por nuestra condición biológica, pese a nuestras limitaciones, sino que es la sociedad misma, la que genera esta condición discapacitante, cuando nos limitan, nos relegan, nos olvidan o nos ignoran, como si no sintiéramos, o como si no tuviéramos aspiraciones, en fin, como si no existiéramos.

Este es un ideal para compartir, para que todos actuemos desde el ámbito en el que nos corresponde, en los momentos oportunos y con la disposición que se requiere para que logremos un cambio de actitud. Por el momento, me toca disfrutar de mi niñez…

Me voy a jugar, me falta mucho por aprender, por hacer y crecer, les pido que cada quien haga lo que le toca, siempre habrá la oportunidad de contribuir y como miembros de una comunidad todos podremos hacerlo.

Hay que recordar, y mas con este relato, que en las diferencias podemos lograr las igualdades.

Por Prof.. Isabel Medina Avila
Ba
sada en una realidad que he vivido en este pequeño Centro Educativo de Coyoacán en el D.F.

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