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Mundo del espectáculo

Vox populi, vox dei

De cómo el pueblo americano estuvo junto a su pesidente Bill Clinton cuando fue atacado por los opositores, y de cómo sepultó en el olvido una grave picardía de Charles Chaplin al apropiarse de una idea ajena.

El ex presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, quien dejó el poder en enero del 2001, mientras ejercía su mandato tuvo que admitir, bajo una fuerte presión política, relaciones impropias con una dama. La persecución legal del fiscal Kenneth Starr, con el apoyo de la mayoría del Partido Republicano, aparentemente impolutos como Juan Pablo II, confirmó lo que afirmaba CICERON, que el hombre es un lobo para el hombre.

La investigación del fiscal duró más de cinco años, le costó al Estado la friolera de 45 millones de dólares, dilapidados en una suerte de vendetta cruel, morbosa y sucia que no logró sus objetivos.  

La mayor parte de la ciudadanía americana - se habló de más del 75% - apoyó a Clinton por su fantástica acción de gobierno. Eso era lo que realmente importaba. Durante casi un cuarto de siglo no había existido superávit en las finanzas estatales, y la desocupación apenas llegaba al 3,4%.  

Alguien había abusado de la debilidad humana del señor Presidente y otros se aprovecharon de ello. Sin embargo, el placer es transitorio, pero el honor es inmortal. El pueblo lo entendió así y se expresó a favor de su presidente.  

Starr y los republicanos, que podían ser considerados rencorosos pero no idiotas, consideraron con seriedad que tenían mucho que perder y poco que ganar ante el pronunciamiento popular: las elecciones estaban cerca. Y recularon. Metieron violín en bolsa y se llamaron a silencio.

Es probable que la moraleja esté en lo siguiente. Un personaje de la serie televisiva "J.A.G." (Justicia Militar), que se emite por el canal de cable "USA NETWORK" e "I-SAT", decía que "si los generales americanos hubieran sido condenados por adulterio durante la Segunda Guerra Mundial, hoy un  nazi estaría sentado en la Casa Blanca". 



Charles Chaplin también tuvo un traspié que lo llevó al banquillo de los acusados: plagió el argumento de una de sus mejores realizaciones. Clinton ganó; Chaplin perdió. Sin embargo, esa "mancha" en su foja de servicios no le impidió al genial actor, autor, director y también compositor, mantener intacto su prestigio logrado a puro talento, a pesar de tener una vida personal bastante controvertida. 

Quiero rememorar esa parte poco conocida de la vida del gran Carlitos sólo como una curiosidad - una picardía - que no menoscaba la memoria del realizador. No existe nadie - hombre o mujer - que no haya sido falible alguna vez. 

Cuando Konrad Bercovici, un escritor de cuentos sobre gitanos, terminó de ver la película "EL GRAN DICTADOR", quedó sorprendido.

Aquella era su idea, la que le había confiado a Chaplin y con quien planificaron filmarla. ¿Cómo no le notificaron que su historia había sido llevada a la pantalla y con el propio Chaplin como protagonista, a pesar de que habían pensado, y hasta tratado a fondo, con otra persona?  

Salió del cine, fumó con nerviosismo un cigarrillo, y regresó a la sala para prestar una mayor atención al inicio del filme. Así pudo verificar que su nombre no era mencionado para nada. El tema era el suyo, sin lugar a dudas, tal y como se lo había narrado a Chaplin; era la trama de una obra que estaba por finalizar de escribir. Existió un acuerdo de caballeros para llevarla al cine.

Es más, cierto día ambos se entrevistaron en Los Angeles con un barítono ruso, de apellido Kushnevitz, quien para el ojo experto de Chaplin  era la persona ideal para el papel principal.

De aquella conversación, el barítono se llevó el número telefónico privado de Chaplin y la satisfacción de haber alternado con él y de ser tenido en cuenta para una próxima película, cuyo argumento le pareció singular y oportuno: un peluquero judío, parecido a Adolfo Hitler, era tomado por el führer, creando situaciones realmente cómicas, a pesar de la tragedia que se vivía en Europa.  

La indignación de Bercovici fue muy grande: había sido ignorado como escritor y generador de la idea. Lo omitieron sin ambages, alevosamente. E intuía las razones. 

Desoyendo consejos - ¿acaso David no peleó contra Goliat?, se justificaba Konrad - decidió demandar a Chaplin.

Este, lógicamente, rechazó los cargos y negó que alguna vez hubiera tratado con Bercovici sobre el asunto. Pero su error fue olvidar a un testigo cuya declaración resultó irrefutable: el barítono Kushnevitz, a quien Chaplin dijo no recordar.

La defensa no pudo quebrar el testimonio del cantante ruso, quien lo reforzó con una prueba documental incontrovertible: su libreta de apuntes, en la que Chaplin asentó, con la mano izquierda, su nombre y número de teléfono privado. 

Se recuerda que Chaplin subió al estrado y declaró durante más de once horas. Según comentarios periodísticos, el genial intérprete volcó todo su talento profesional al responder las preguntas que le formulaba el abogado de la querella, evitando cometer perjurio. Hizo gala de su enorme capacidad de juglar, esa que le permitió alcanzar el pináculo de la fama.

Sus expresiones trasuntaban angustia, sorpresa o disgusto; hizo reír, sonreír y hasta acongojar al público. Pero no conmovió al jurado, el que debía atenerse a los hechos y no a meros recursos histriónicos. 

El fallo fue unánime. Se encontró a Charles Chaplin culpable de plagiar el argumento de "EL GRAN DICTADOR", más allá de toda duda razonable. Konrad Bercovici percibió la suma de 100 mil dólares en concepto de indemnización. Eran los comienzos de la década del 40 por lo tanto se trataba de un fangote de dinero. 

Nadie tomó a risa el duro traspié de Chaplin. Más bien se entristecieron, lo reconfortaron y un manto de piadosa conspiración de silencio cerró el caso, con el apoyo de la prensa, aun la amarillista. Algo cuasi parecido aconteció más de cincuenta años después con Clinton.

El pueblo dijo su última palabra... Le asistió toda la razón a La Bruyere cuando sostuvo que "solo los necios se ríen de los hombres de talento: los necios son, en la sociedad lo que los bufones en las cortes: seres sin importancia".

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Juan Isidro González
Periodista Profesional

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Juan Isidro González

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