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Pareja y Familia

Las travesuras de niños y los parientes defensores de hijos ajenos

Para qué sirven y para qué se usan los familiares en el caso de que tengamos una criaturita de Dios, que se comporta como un tiranosaurio rex enjaulado o como un émulo de mi pobre angelito I, II, III, que de ahora en adelante, denominaremos nuestro hijo, es la pregunta del millón de esta nota...

Travesuras de niños

A la sazón se enumerarán algunas cuestiones básicas, como lista de desastres de su exclusiva autoría,  exponiéndose los hechos más notorios y relevantes  que ameritan dicha pregunta y algunas hipótesis que ofician de posibles y plausibles respuestas.

La primera sociedad de socorros mutuos al que llama mi hijo, después de que ya sacó el pasaje ida a la legión extranjera y supo de puro perceptivo, nomás, que es, que estoy a punto de propinarle a cierta parte de su anatomía otro boleto a la luna, sin la escala previa de la NASA, debería tener un 0800. 

Que  además de una línea directa y gratuita de call center de múltiples servicios, debería constituirse en otro conformado por hermana, abuelos paternos y maternos que asisten a su consanguíneo  o dicho de otro modo a mi infante. 

Porque  los parientes de todo tipo y calaña, sanguíneos o por adopción, que encabeza la lista con su hermana, por una razón exclusiva de cercanía, viven bajo el mismo techo y vuelven loca a una sola persona en común: su madre,  prosigue con los abuelos, tíos,  amigos de la familia, etc. han formado una corporación en comandita simple y por acciones, que tiene por objetivo defender a los pobres y ausentes. 

Se ve que "il mio figlio" se constituye en uno de ellos gracias a mis enojos.  Ahora en ningún momento de sus estatutos constitutivos ni en sus actas consta la reseña ni el número de macanas que este diariamente se manda. 

Ni están catalogadas con exactitud kilométrica las millones de metidas de pata en las que incurre por día.  Hechos capaces de conmover al mismísimo Dalai Lama. 

Ellos son aquí están, los allegados que son proclives y partidarios de defenderlo, parece decir mi engendro de cuatro años, cuando me pasa el teléfono, de algunos de los que ha llamado en el momento oportunísimo de que estoy a punto de abalanzarme sobre su cuello. 

Redobla la apuesta en la táctica que se conoce de memoria.  Aquellos sacan de la galera alguna cosa en común para recordarme, agenda del día, o en su defecto antes de abortar la misión, porque no solo no lograron persuadirme de que no lo mate sino que por el contrario han ocasionado el efecto adverso, piden alguna receta de comida, etc. 

Y si por si acaso mi cólera alcanzó proporciones considerables optaran por una defensa más enérgica lisa y llanamente.  Que empieza con un: “pobrecito no ves que es chiquito”  So pena que la madre los declare a su turno uno por uno persona non grata. 

Por lo tanto, el figlio en cuestión, prescindiendo del 0800 se ha memorizado por completo  el número de  todos aquellos a los que ha visto proclives, según portación de cara de proclamarse y auto titularse tácitamente su amparador acérrimo y sin goce de sueldo. 

Después de mandarse la macana un millón cuarenta mil, antes de irse a dormir.  Antes de colocar la frutilla del postre, a la metida de pata número cien mil.  Sabe hablar en tarzanezco básico, pero su voz clama clarito el nombre de sus bienhechores  de turno. 

Unos y otros se rotan.  Encabezando la lista y pasando la posta.  Por cansancio o porque su madre, sea cual sea la relación con ella, se ha reservado el derecho de admisión cuando amparan a su pequeña bestezuela en cosas inadmisibles para cualquier ser humano de menos de un metro de estatura,  en general y no solo en particular. 

Campeones a la hora de resguardarlo a ultranza. Son los números telefónicos que como mamtram se aprendió de memoria, antes de llamar al 911 y denunciar la última amenaza de muerte que le he propinado, en pleno uso y ejercicio de mis facultades mentales y funciones maternas: nada de tele por una semana. 

Son los únicos, incautos,  que responderán presto como  fiscales dispuestos a patrocinar una causa perdida de antemano y lo absolutamente indefendible.  Son los ideales optimistas a ultranza, total lo que destrozó el engendro, no les pertenece. 

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Mónica Beatriz Gervasoni

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Mónica Beatriz Gervasoni

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