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Terapia floral

La frustración, y no el fracaso, es lo que impide avanzar

Hay tanto para aprender del fracaso, si solo nos diéramos la oportunidad...

Muchas personas se quedan con la parte negativa de la experiencia de fracaso cuando deberían quedarse con la enseñanza que todo fracaso trae.

El problema con el fracaso es etiquetarlo de un modo negativo cuando en realidad está trayendo importantes observaciones, lecciones que vale la pena aprender.

En este sentido puede afirmarse que el “fracasado” es alguien que se ha mostrado reticente o perezoso a la hora de aprender. Se ha comportado como un niño consentido y obcecado que pretende que las cosas de este mundo funcionen como él quiere y que sean como él quiere.

Pero la verdad es que las cosas de este mundo funcionan como funcionan, y son como son.

El fracaso es un maestro duro, severo, riguroso. De esto no quedan dudas. Pero me gustaría contagiar la idea de que el fracaso es un maestro hecho y derecho.

Un maestro inflexible, puntilloso que se propone enseñarnos cosas valiosas para nuestro bien. Nos impone desafíos y pruebas a veces durísimas que pasar para las que no siempre estamos preparados.

Pero si algo descubrimos con él es nuestra increíble velocidad para aprender. Y aprendemos mucho, muy rápido aunque a veces debemos presentarnos a rendir el mismo examen una y otra vez.

Es que hay lecciones que nos cuesta aprender. Hay cosas que no queremos ver y entonces cuando hacemos trampa, cuando hacemos la vista gorda o sin nos convertimos en sabelotodos, la vida no nos permite engañarnos.

Rápidamente nos envía al fracaso para que aprendamos de una buena vez y lo mejor que nos puede pasar en estos casos es humildemente aceptar la consigna de revisar,  estudiar para aprobar y continuar.

Ante estas duras observaciones de la vida , ante estos aplazos rotundos, muchas personas tienden a quedarse con la desmoralización, con la negatividad de la experiencias y continúan cuesta abajo por lo general cometiendo los mismos errores o abandonando la carrera. 

En lugar de aceptar humildemente la indicación de estudiar, adoptan una actitud ácida y se vencen, equivocando sus pasos y demorando o aplazando sus objetivos.

También ocurre que se toma distancia del perpetrador: se evitan esos estudios, esos emprendimientos, personas, lugares que activen el recuerdo doloroso del fracaso. 

Esta actitud desde luego impide recomponer, eliminar, rediseñar lo que sea necesario rediseñar para salirse del error y para obtener percepciones más acertadas que conduzcan a acciones más acertadas.

El fracaso es un episodio en la vida. Es una marca con un significado.  Un episodio que puede dejar una carga emocional negativa, auto-destructiva y desmoralizante de alto calibre y duración.

Pero, con un poco de astucia y con clara conciencia de que la experiencia en si misma y las sensaciones son el resultado directo de energías actuantes, el fracaso se convierte sin dudas en una experiencia única y expansiva, perfectamente apta para la mente imaginativa y audaz, esa que concluye en que nunca verá la luz del día si no fuese por el fracaso. El fracaso puede ser la antesala de la grandeza.

Excluyendo las situaciones catastróficas de pérdidas o guerras, ante el fracaso, es frecuente observar que las personas protestan, se lamentan, se sienten víctimas o incapaces y solo esperan que las cosas cambien.

Esto es un deseo reduccionista, simplista y para colmo, inútil. Inútil porque la persona afrontando un fracaso debe darse cuenta de que ha hecho algo de importancia para recibirlo.

Para fracasar alguien tuvo que haber iniciado algo: una dieta adelgazante, una amistad; puede que haya tenido una relación amorosa y haya entregado su corazón.

Es posible que haya trabajado, estudiado o entrenado durante un largo tiempo. Es posible que haya tomado una decisión equivocada, que haya decidido no realizar alguna actividad que le hubiera convenido realizar.

Es posible que haya invertido su dinero, etc. etc. Una acción anterior al fracaso tuvo que haber habido. Si ha conocido el fracaso significa que se ha embarcado en alguna acción, ha tomado medidas y decisiones acerca de cosas para hacer y cosas para no hacer, y se encuentra ahora en condiciones óptimas de “afinación y cambio”.

Esa persona en el momento justo para hacer ese clic, ese destrabe indispensable y cambio para crecer por fin, se niega a hacerlo, se repliega o renuncia. Allí está el fracaso.

Es esta actitud la que hay que lamentar y no el “fracaso” anterior que plantea una lección y obliga a una actitud positivista. De nada sirve la resistencia ni la renuncia ni la protesta ni la resignación.

Esto supone una ilusión de cambio exterior y la verdad es que ante el fracaso no podemos pretender que el mundo cambie; solo podemos cambiar nosotros.

El fracaso es nuestro, es para nosotros. Nos llega a todos alguna vez en la vida. Y cuando lo hace, tenemos que aprovecharlo.  Sacarle el jugo que solo podemos sacarle nosotros.

Porque es para nosotros. Nuestro fracaso contiene todo lo que necesitamos para nuestra evolución.

Para ello es imprescindible animarse a tocarlo, quitarle la cáscara de negrura y palpar su parte nutritiva. Pero antes, hay que preguntarse si realmente uno está comprometido con el éxito.

Si uno de veras rechaza el fracaso o se identifica con él. No todas las personas que se quejan y se lamentan de su fracaso se identifican con el éxito.

Al fracaso por lo tanto hay que estudiarlo, entenderlo bien y luego rechazar la parte de su sustancia que merece ser descartada o modificada. Ninguna otra.

Quédese con la lección, con el amargor, con el dolor. Son buenos compañeros, serán sus guías confiables.  Pero para hacer las pases con ellas es imperativo pensar con responsabilidad, evaluar, distinguir y que no se nos nuble la vista con ilusiones ni espejismos.

Hay que saber que no somos ni seremos un corcho en el mar. Que estamos permanentemente decidiendo cómo actuar. Y las decisiones las tomamos por variados motivos.

A veces actuados movidos por una sed de éxito. Otras veces nos detenemos por pereza, falta de fe, falta de energía o envueltos en una energía negativa.

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Liliana Dercyé

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