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Pareja y Familia

¿Es su esposa/o la misma persona con quien usted se casó?

Hay épocas en la vida en que cada persona, aún la mas felizmente casada, se pregunta a si misma ¿por qué me case? Y otras agregan: Y sobre todo, ¿por qué me case con él/ella?

La respuesta es obvia. Usted decidió casarse y para ello lo escogió a él. Pero esto – desgraciadamente- no ayuda mucho. 

O como me dijo en cierta ocasión una de esas esposas: Yo no sabia que el matrimonio era realmente así. Y Roberto ¡era tan diferente entonces! ¡Ha cambiado tanto! 

Esa es la dificultad. La comprensión no significa por cierto, el hallazgo de la imagen esperada. Sobre todo, el matrimonio es un fenómeno que tiene que ser vivido, conocido y comprendido. 

Muy al contrario de lo que se piensa, la idea moderna de vivir juntos “como matrimonio” no proporciona esa experiencia, que, por otra parte, tampoco puede ser imaginada, no tomada de los libros, ni aprendida de las historias oídas de labios ajenos, 

El matrimonio, en su más pura esencia, no constituye una experiencia universal. Es un evento privado y único. O, mejor, una serie de eventos. La experiencia intima de vivir y sentir con otro ser, es solo parcialmente compatible de compartir con nadie más. 

Puede haber similitudes entre dos matrimonios, pero cada experiencia intrasmisible. Contra la creencia popular, la gente se casa por una enorme cantidad de razones diversas, que resultan ser mucha más complejas y tortuosa de lo que estamos dispuestos a admitir aun ante nosotros mismos. 

Una sociedad insegura, una sociedad política como se designa a veces la sociedad moderna, teme que, al admitir ciertas verdades, se ponga en evidencia una serie de hechos bochornosos con desastrosos resultados para su seguridad y su existencia misma. Personalmente, creo que nada esta más lejos de la verdad. 

Las fantasías y los cuentos de hadas empeñados en negar las realidades positivas de la existencia, solo sirven en último término para socavar la seguridad de una cultura levantada sobre basamentos tan irreales como frágiles.  

Un tipo ejemplo de la “novelita rosa” tan de gusto de las viejas esposas, es el romántico mito de que la Sra. Álvarez solo tuvo que esperar a que el Sr. Álvarez apareciera en su camino, para que ambos se llevaran maravillosamente y todo terminara bien. 

Uno y otro se reconocieron inmediatamente como la pareja perfecta, gracias a no sabemos que maravilloso sexto sentido. Se casaron después de un prudente noviazgo, y ¡fueron felices! 

¡Aparentemente, nadie tuvo que hacer ningún esfuerzo ni antes ni después de la luna de miel!

¡Felicidad garantizada y mecánica! 

Algunas de las viejas damas que mantienen esa leyenda querrían unirse a mí para decir: ¡tonterías! Y sin embargo, entre la juventud al menos, esas primitivas e inexactas creencias son todavía aceptadas como verdades absolutas. 

Debía parecer obvio que ninguna persona esta destinada a ser el alma gemela de la otra. No obstante, es factible que haya un particular tipo de individualidad cuya naturaleza, carácter y equilibrio emocional la acondicionen para responder a las necesidades de determinada pareja. 

Pero aun esta afirmación resulta aventurada y se prestaría a largas controversias, ya que no hay, ni puede haber un conjunto de pruebas que la hagan aceptable como norma fácil la de escoger la pareja ideal. 

Ahora bien, si de algo podemos estar seguros es de que en la medida en que nos conozcamos a nosotros mismos, serán mayores o menores las posibilidades de ser felices que se nos brinden a lo largo de cualquier de los mil caminos que nos abre la vida. 

Claro que esta afirmación se aplica tanto al matrimonio como a cualquier otro aspecto de la relación humana. 

Para ser más claros valdrán decir que es siempre beneficioso conocer la naturaleza de los demás, en términos generales, tanto como la nuestra. ¿Es verdad, por ejemplo, que “todos los hombres son bestias” o es ese otro cuento de viejas?  

O –por el contrario- ¿son los hombres “criaturas superiores” como frecuentemente se nos dice a las mujeres? ¿Cual es la verdad? O, al menos, ¿cuál es la verdad para mí? 

A partir de aquí, no será demasiado difícil continuar explorando de un modo mas completo nuestra propia personalidad. ¿Soy yo el tipo de “mujer enredadera” o tengo tendencia a querer dominar a los demás?  

¿Soy una mujer en busca de popularidad o una muchacha apenas buena para pasar el rato, o un “lobo solitario”? 

Lo importante no es determinar hasta que punto se conoce usted, sino el que no se sienta avergonzada de lo que usted sabe de si misma. 

Otra de esas verdades a medias, es el viejo mito presentado – como un hecho infalible- de que el amor es la única razón respetable para ir al matrimonio. 

Infortunadamente esta aseveración no sirve de gran ayuda a ninguna muchacha o muchacho lo suficientemente valiente para admitir que sus razones para casarse incluyen la necesidad de adquirir dinero, un hogar o una compañía. 

O el escapar de aun trabajo tedioso, de un hogar desgraciado o de la agonía de la soledad y del vació y la falta de sentido de una vida incompleta por la carencia de un compañero con quien compartirla. Tales razones, empero, son – con toda seguridad- serias y sólidas y nadie debe sentir la necesidad de esconderlas. 

Por favor, no entiendan mal. No se trata de desestimar el amor. Es algo indispensable en cada matrimonio. Estoy solo aclarando que no puede ser el único que debe considerarse al extremo de opacar otras razones practicas y reales que también merecen consideración. 

En el fondo es bien claro que una pareja marchara mas unida por el aglutinante de esas razones básicas que por el romanticismo en que nos han hecho creer. El matrimonio es un contrato económico- social, así como una unión emocional. Es inevitable y fácil amar a alguien, si usted tiene alguna razón real para amarlo. 

Pero ¿qué hacer, si después de haber escogido pareja tomando toda clase de precauciones, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que “el” o “ella”, han cambiando después del matrimonio? Para volver a nuestra quejosa esposa de antes, ¿como podemos ayudarla? Quizás preguntándole sobre que base edifico su amor. 

¿Se tomó ella el trabajo de conocer su “proyecto” de marido? Durante el cortejo, todos nosotros hacemos un poco de teatro, ya que naturalmente todos deseamos ser vistos por la persona que amamos bajo la luz mas propicias. Y, lógicamente, tratamos de ocultar aquellos aspectos de nuestra personalidad, que sabemos son menos aceptable. 

Cualquier hombre se toma el trabajo de ser galante con la mujer que le atrae, pero todos sabemos que sus buenas maneras pueden no estar basadas en una genuina gentileza o en una natural consideración.  

Pudiera ser prudente, por lo tanto, preguntarnos como es su comportamiento hacia su madre, su perro o su cobrador de impuestos. Pero lo sabio seria averiguarlo antes mejor después de casarnos con él. 

Nadie puede afirmar que una computadora puede aparear la pareja humana por medios científicos, pero es absolutamente cierto que una profunda investigación de las características personales, de las necesidades emocionales y de los proyectos materiales de un esposo o una esposa en potencia se traducirá en un mayor porcentaje de oportunidades de felicidad futura para ambos.  

No es que nadie tenga el derecho esperar perfección de la otra parte. Más bien es cuestión de buscar “defectos afines”. En tal virtud, lo mejor es preguntarnos a nosotros mismos. ¿Puede yo tolerar “ese” hábito en particular? ¿Respondo yo de un modo calido y positivo a esa particular forma de pensar y de sentir? 

Una de las muchas quejas de la desdichada esposa que he descrito antes, era que su esposo resultaba aburrido y falta de emigración. Sin embargo, confesaba ella que habían sido su estabilidad y formalidad lo que la atrajeron al principio de su noviazgo.  

¿Podría ella haber preferido contraer matrimonio con un genio errático o con las reacciones imprevisibles de un niño mimado? 

No, ella no hubiera querido eso. Sus necesidades intimas debían ser satisfechas con la seguridad que ella había conquistado a través de los años, porque gracias a la protección emocional que le brindaba su aburrido esposo, ella había madurado, llegado a ser menos conciente de su profunda necesidad de protección. Era ella quien había cambiado, no el. 

Una minoría de esposos y esposas parecen cambiar a medida que el tiempo pasa, pero normalmente este cambio es aparente y superficie como resultado de invisibles presiones. 

Seria inteligente recordar que la otra parte de la pareja es principalmente responsable de la cantidad y la calidad de esas presiones. 

Una persona puede cambiar bajo la fuerza creadora de su pareja. Sólo nos queda – en esa función remodeladora de nuestro cónyuge- estar seguros de que nos va a gustar, el hombre o la mujer que estamos haciendo de él o de ella.

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desconfianza

Por WALTERGIO2002


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