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Autoayuda

¿Basta la diversión?

Si buscas la diversión, ¿por qué cargarla de obligación, de cansancio, de hastío y de malestar residual?

Entre las tantas constataciones que hacemos del mundo, hemos notado que el ser humano actual cuenta con un mayor número de horas destinadas a disfrutar de lo que hemos denominado “tiempo libre”.

Si bien es cierto, algunas personas aprovechan este tiempo para incrementar sus horas de trabajo, obtener nuevos ingresos, o incluso crear nuevos vínculos con personas, grupos e instituciones, durante este tiempo privilegiado, muchos otros buscan descansar de muy diversas maneras. En el modo de utilizar  el tiempo libre, puede revelarse el concepto o la convicción que cada persona mantiene de “descanso”.

Descansar puede significar “dormir”. En este caso, el tiempo libre es utilizado para sumirse en esta dulce y atractiva inconsciencia, prolongando las horas de sueño, siempre que el organismo acepte y mantenga este estado.

Sorprendentemente cualquier persona puede evidenciar que dormir puede más bien traer aparejado un estado de fatiga, en lugar de lograrse con ello un verdadero descanso. Así, pues, no siempre dormir garantiza el descanso deseado.

Otra forma sería, entonces, cambiar de actividad. En esta decisión puede encontrarse un acierto, cuando el tiempo libre y el descanso coinciden en emplearse variando las actividades de intelectuales a manuales, o de manuales a intelectuales, de estructuradas a informales, de grupales a individuales, o de individuales a grupales.

Concluidas las horas o los días dedicados al trabajo, en un fin de semana o en un periodo más largo, encontramos también como tendencia bastante común, la búsqueda de acciones o actividades que permitan a la persona “divertirse”, como una forma de ocupar el tiempo libre.

Otra vez la connotación puede mostrarse muy diversa. Para unos diversión significará iniciar, mantener o incrementar las relaciones sociales; para otros, dar rienda suelta a sus emociones e incluso sus pasiones; o, con alguna frecuencia también sumirse en otro tipo de inconsciencia a través del uso de sustancias aceptadas o no socialmente, como el licor y otras drogas, en medio del ruido, la velocidad, el movimiento y un relativo descontrol que tiene una gama muy amplia de manifestaciones.

Estas últimas maneras de divertirse y ocupar el tiempo, supuestamente “libre”,  muchas veces se asocian con la ingestión de abundantes cantidades de comidas, o de bebidas, sin que ello signifique que se busque satisfacer necesidades de alimentación o de sed, sea como medio para lograr relaciones sociales, o no.

Un comportamiento así parece derivar de la falta de sentido en la vida, de personas que carecen de objetivos claros y que se van definiendo en el ejercicio de las acciones cotidianas, cada vez más.

Adicionalmente, la intención subyacente en todas estas opciones es la búsqueda de lo placentero, especialmente porque se considera que el periodo de trabajo ha sido intenso, tanto más si usted, es parte de aquella gran masa de gente que considera al trabajo como un mal, una deficiencia, o una acción definitivamente tortuosa, llena de deberes y algo no necesariamente deseable.

Este pensamiento se considera suficiente para justificar de sobra la necesidad de divertirse, entregándose a acciones sin limitaciones, horario o responsabilidades específicas. Por ello la diversión ha estado siempre vinculada a lo placentero, agradable, relajante, suponiendo que estos estados sean siempre los estados deseables.

Junto a ello, se halla también la convicción de que el estrés, la ansiedad, los estados de tristeza, añoranza, cansancio, irritabilidad, desasosiego, desmotivación, desilusión, falta de sentido de la vida, tengan una carga necesariamente negativa, peyorativa. Si se lo mira bien, estos estados no necesariamente son indeseables; ¿no podríamos considerarlos como estados necesarios para realizar acciones efectivas?

Sin pecar de ser críticamente negativo, el saldo de toda esta gestión de fin de semana, de “puentes” o incluso de vacaciones más largas, suele tener como resultado un mayor cansancio, debido a que el organismo ha sido bombardeado de estímulos que implican desgaste en lugar de descanso; el organismo ha recibido cantidades exageradas de comida o de bebida –unas más costosas que otras, pero con iguales efectos- y ha debido trabajar a presión para procesar todo ello; los órganos de los sentidos han recibido montos exagerados de estímulos que siempre han significado pérdida de la agudeza o de la capacidad de discriminación de los mismos estímulos.

Una palabra que engloba toda esta experiencia residual del fin de semana, o de vacaciones, y por supuesto de este tipo de diversión, se ha denominado “resaca”, que indudablemente perjudica el accionar durante la semana –trabajo o estudio- estableciendo un círculo vicioso que, en escalada, mantiene e incrementa los patrones de comportamiento inapropiados, semana a semana, que van determinando una gran dificultad de funcionar de modo óptimo y productivo, perjudicando incluso las relaciones sociales que, supuestamente, mejoran en los momentos de diversión o de esta forma de supuesto “descanso”.

En estos sucesos hay factores sociales y económicos que diferencian una personas de otras, en su modo de buscar diversión. Para unos el tiempo libre es oportunidad de generar más trabajo e ingresos económicos, para otros el deseo de trabajar no se satisface ni durante la semana ni al final de la misma, originando más bien una situación de desesperanza, característica del desempleo y subempleo.

Asimismo mientras unos gastan sus recursos habidos durante la semana en un pretendido descanso, o en la búsqueda ansiosa de placer, como manifestaciones de la “diversión” a que creen tener derecho; para otros la diversión es una utopía, que no tiene horizonte ni lugar, porque no cuentan con ingresos ni para satisfacer las necesidades más básicas. Para unos el tiempo libre es oportunidad de vinculación social, para otros implica aislamiento y soledad.

La diversión es una necesidad, es un derecho, es una obligación con nosotros mismos. Ha pasado de ser un lujo para convertirse en una virtud, y todo ser humano debería ser capaz de divertirse sanamente, sin originar daños a su organismo, a los demás o al medio ambiente; sino, al contrario, divertirse ha de significar descubrimiento, utilización y optimización de capacidades, potencialidades, habilidades y destrezas, que nos lleven a ser más auténticamente humanos, al ejercer posibilidades nuevas que llenen de significación la utilización del tiempo libre, y encauce la diversión hacia objetivos que nos construyan como persona, como familia y como comunidad.

Puede ser que la contemplación de la naturaleza en su más vívida expresión natural, sin radio, ni música elaborada, sin t.v. ni equipos de sonidos, sin dvd o cualquier otro mecanismo de “tele-comunicación”, sea una buena forma de descansar.

Puede ser que la conversación amena, ágil, espontánea, personal, pueda significar un relax mejor que cualquier hidromasaje, o cualquier masoterapia.

Puede que la meditación y la oración permita encontrar dimensiones nuevas en nuestro ser, que antes no las hayamos gustado, y signifiquen efectivamente la mejor forma de divertirse, de ocupar el tiempo libre y de abrir los más amplios horizontes de nuestro ser.

Puede que entregarse a una obra de amor por alguien que no nos puede agradecer, que no nos hace notorios y magníficos, sino que solamente nos mira con la misma ternura que lo miramos, con el mismo amor que nos inunda, sea la mejor forma de descansar.

Puede ser que jugar en familia, compartir con los hijos de igual a igual, aprender juntos sobre nuevas habilidades en pintura y dibujo, se conviertan en efectivas formas de divertirse. Puede que caminar solos, gustando del paisaje, de los sonidos de la naturaleza se convierta en una forma apropiada de descansar. Puede que reducir la alimentación y la bebida implique una simple forma de descansar.

Estoy seguro que desconectar la televisión y la radio, evitar la hora del terror -como llamo a los noticieros- sea una forma muy sencilla de descansar. Puede que abrazarse largamente con quien se ama, mirarse a los ojos con espontaneidad, diafanidad y ternura, con pocas palabras que decir, sea un buen descanso y mejor forma de divertirse.

Puede que cantar muy quedo, siguiendo el movimiento y el balanceo espontáneo del cuerpo, sin música, sin letra, sin compás conocido, sea un buen descanso y una magnífica diversión. Puede que subir las montañas, caminar junto a un arroyo, gustar del sol de la mañana, contemplar la lluvia en silencio, sean formas de divertirse, descansar y utilizar con productividad el tiempo libre, dejando que sea verdaderamente “libre”.

Todo esto tiene un sentido para la vida: ser parte del universo, de manera consciente, verdaderamente libre, integrados a la naturaleza, a la obra de Dios, a su contemplación, su conservación y la gratitud que se desprende de ello.

La diversión es diversión solamente cuando es sana, cuando tiene como único objetivo para la búsqueda de condiciones más humanas; cuando no es inducida por deficiencia de algo que falta, sino cuando es expresión de la más profunda significación humana, cuando eleva nuestro ser de manera espiritual, haciéndonos parte de Dios, como Él lo quiso, cuando deja como resultado una relajante sensación de descanso y el deseo ferviente de utilizar todas las potencialidades creativas y constructivas en el trabajo y en las relaciones sociales solidarias.

Basta la diversión, ¿por qué cargarla de obligación, de cansancio, de hastío y de malestar residual?

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Eduardo Morán García

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