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Mente y cuerpo

El cuerpo, esa casa que no habitamos

Tarde o temprano, toda persona se pregunta por el sentido de la vida. Buscamos posibilidades de comprenderla mejor y de conocernos a nosotros mismos. La vida nos ha dotado de un maravilloso embajador que está dispuesto a enseñarnos y explicarnos todo: nuestro cuerpo.

Nuestro cuerpo es la casa que lleva nuestro nombre. Alberga nuestros sentimientos más ocultos, nuestras emociones más reprimidas, nuestros recuerdos más olvidados y los más rechazados. 

Sin embargo, este embajador-casa-cuerpo no olvidó nada. Fue guardando en nuestros órganos y músculos, las contracturas, los dolores de espalda, de cuello, de las piernas, del rostro, etc., que revelan toda nuestra historia desde que nacimos hasta el presente. 

Ninguna enfermedad física comenzó realmente en nuestro cuerpo material ni lo hizo de un momento a otro. Son las emociones (broncas, miedos, dudas, egoísmo, ansiedades) que, habiendo estado desequilibradas, terminan hablándonos en nuestro cuerpo.

El nos envía mensajes permanentemente, no solo a través de los distintos síntomas de enfermedad, sino también, por medio del aspecto que presenta nuestro semblante y sus alteraciones de forma o funcionamiento, así como el conjunto de nuestros movimientos, de nuestros gestos, de nuestra manera de andar. 

Todo nuestro cuerpo pone en evidencia algo que por lo general, nosotros no percibimos concientemente como para reconocerlo. Cuando no advertimos un síntoma, nos envía el dolor para que éste nos llame la atención sobre el mensaje.

Las enfermedades han estado presentes desde que existe el hombre. La mayoría de la gente sigue considerando la enfermedad como una desgracia, como un capricho del destino o como una casualidad que afecta a uno y, por el mismo azar, respeta a otro. 

Sobre todo, consideran la enfermedad como una avería que se debe eliminar lo antes posible para luego volver a vivir de la misma manera errada que antes.


Lo que llamamos enfermedad, no es la enfermedad en sí, sino sus síntomas, su expresión física. Sin embargo, la enfermedad misma es una desarmonía en la conciencia del hombre, una señal de que el hombre salió de su orden natural, una avería del hombre entero y no sólo de su cuerpo. 

Y, evidentemente es, al mismo tiempo, una invitación a abandonar el camino que lo condujo a ese estado y a reconstruir la armonía en su conciencia.

Cada enfermedad es un mensaje de la vida, una emoción desequilibrada que necesita re-encausarse, un llamado de atención para modificar nuestra línea de conducta y de pensamientos y ensanchar nuestro ser conciente. 

Nuestro cuerpo es nosotros mismos, somos lo que parecemos ser. Pero nos negamos a admitirlo, no es fácil mirarnos y además no sabemos cómo hacerlo, confundiendo lo visible con lo superficial. 

Nuestro cuerpo es nuestra única realidad aprehensible. No se opone a la inteligencia, a los sentimientos, al alma. Los incluye y los alberga.

Por ello, tomar conciencia del propio cuerpo significa abrirse al acceso de la totalidad del ser, porque... cuerpo y espíritu, físico y psíquico, debilidad y fuerza, representan no la dualidad del ser, sino su unidad.

Nuestro cuerpo es la casa que lleva nuestro nombre, somos su único propietario, pero si nos sinceramos, hace mucho tiempo que hemos perdido las llaves.

Espero que estas palabras nos alienten a reflexionar y a encontrar en los mensajes de nuestra casa, la clave para volver a estar en armonía con la vida. Gracias.

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Marisa Paula Scrocco
Licenciada en Psicología

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Marisa Paula Scrocco

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