La superstición

La superstición, fundada en mitos y ritos y tan antigua como la sociedades humanas, excluye la razón y la ciencia, pero se encuentra profundamente enraizada en el alma humana. No debemos olvidar ni desechar la idea que un ritual tachado de “supersticioso” tiene como objetivo contrarrestar o prevenir un daño potencial.

 

Según
el Diccionario de la Real Academia Española, la
superstición
es una
"creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón. Fe desmedida
o valoración excesiva respecto a una cosa".

El Diccionario Espasa Calpe, reafirma esta idea, añadiendo: "Creencia ridícula
y llevada al fanatismo sobre materias religiosas".

Términos científicos, como: mecanismos obsesivo compulsivos o compulsión a la
repetición intentan explicar o nombrar científicamente, dinámicas del
pensamiento popular que encontramos en todas las épocas, las culturas,  y
aún en la actualidad.

Plauto, comediógrafo latino, llama "superstitiosus" al adivino.
Servio Tulio, sexto rey de Roma, dice que  las supersticiosas son mujeres
de edad avanzada, dadas excesivamente a la piedad, lo que hoy llamaríamos
"beatas".

 Sin embargo, es Lucrecio, poeta romano, quien nos da una definición
actualizada de la superstición: "El excesivo temor de cosas, astros o
dioses, y mecanismos para lograr contrarrestar su poder y sus influjos".
El hombre teme lo que no conoce. A veces lo deifica y otras le atribuye un carácter
maléfico.

Intenta complacer a los dioses y protegerse de aquello que cree puede causarle
dolor o perjuicio.

Esto se da en el origen y en el principio de la superstición, concretado en
unas prácticas que permitan defenderse de lo malo y atraer lo que da buena
suerte y felicidad.

Durante siglos, la magia, la religión, incluso la medicina, estuvieron
poderosamente entrelazadas, y aún hoy, cuando tantas ideologías se han
perdido, cuando las creencias religiosas y políticas están en franca
decadencia, el hombre se aferra a creencias ancestrales a modo de conjuro
benefactor.

Asistimos a un nuevo florecimiento de los videntes, al auge de  las
echadoras de  cartas, de los sanadores y curanderos, de las sectas, y
cuando ya ingresamos en el siglo XXl y las ciencias han desvelado lo que, hasta
hace poco, eran misterios de la naturaleza, del cuerpo, de la mente y del espíritu
decimos: "No somos supersticiosos porque da mala suerte".

Todos, sentimos alguna inclinación a pensar que tal objeto o tal vestido, tal
ciudad o tal color nos traen buena suerte, mientras que procuramos huir de lo
que atrae la mala suerte.
De origen oriental, la superstición arraigó fuertemente en la Roma Clásica,
tan escéptica en materia religiosa.
Amuletos y talismanes eran de uso común. Julio César creía en los oráculos y
en los milagros.

Plinio el viejo, en su "Historia Natural", reunió un gran numero de
recetas y consejos basados, en la
magia.



Alquimistas y brujos de la Edad Media recogieron estos "saberes", que
fueron transmitiendo de forma clandestina y velada, de generación en generación.

El cristianismo les había puesto coto, además de perseguidos, aunque él mismo
había adoptado ciertos ritos, a medio camino entre el viejo paganismo, como santiguarse para ahuyentar al Maligno o hacer uso del agua bendita para combatir
tentaciones.

EI mismo Alfonso X el Sabio escribió un tratado sobre las propiedades de las
piedras preciosas y su influencia en el destino de los hombres.
El Marqués de Villena, escritor aragonés del siglo XIV en su "Arte
Cisoria", manual de etiqueta y libro de cocina dice, convencido de ello,
que la hierba llamada andrógeno, volvía invisible a aquel que la tomara.
Los tratados de Astrología fueron abundantes en siglos posteriores, creídos y
consultados por reyes, emperadores, papas, clérigos o labriegos.

En
la actualidad, pocos se resisten a leer el horóscopo que los periódicos
publican a diario.

Casi
a finales del sido XVIII, mientras Kant escribía "La crítica de la razón
pura", Alemania se regía por el código de las supersticiones.
Cuernos, búhos, urracas, perros que aullaban, maderas que crujían, cristales
resquebrajados… todo era señal inequívoca de desastre.

Tanto en el pueblo bajo como en los palacios, se hacían ofrendas de huevos y
manteca para desagraviar a duendes y elfos que vivían en los bosques.

No
hace mucho, allá por los años 50 y 60, en algunos pueblos españoles, se creía
que los niños que nacían en Semana Santa,  curaban de gracia, o sea, por
imposición de manos, propiedad también atribuida a algunos monarcas
medievales, y en la actualidad a sanadores de sectas, y también curas
sanadores.

Todo
nos lleva a pensar que el hombre, y más aún en nuestros cibernéticos días,
cuando todo se explica sobre la base de una lógica racional y científica, hay
quienes necesitan la magia y el misterio, para generar alguna forma de ilusión.

En
este orden de cosas, las supersticiones no deben mediatizar la vida, pero
tampoco deben ser despreciadas.
Al fin y al cabo, nacieron con el hombre  y aunque solo sea por curiosidad,
el origen de muchas de ellas merece conocerse.

Ficción,
embrujo, misterio. ¿Qué es la vida sino una conjunción de todo ello?