Y Praga quedó atrás

Geográficamente, que no en mis recuerdos. Cada rincón de sus paisajes permanecerá siempre en mi memoria como algo imborrable.
La mejor cocina francesa… sin engordar

La despedida fue lenta y pensada. Recorriendo sus calles, mirando sus fachadas, absorbiendo su belleza.

El día antes de mi salida a Viena, fuimos a recorrer “Praga de Noche”.

Y es otra Praga. Más silenciosa, más íntima.

El Moldova visto desde la orilla, al lado del Puente Carlos, se mueve rumoroso al paso de las barcazas de rueda con sus luces encendidas y se escucha la música suave que se ejecuta a bordo.

Las gaviotas producen graznidos, molestas ante la intromisión. Una copa de buen vino a la orilla del río, de noche, fue otra manera de gozar y despedirse de la ciudad de las cúpulas.

Caminamos por el Puente Carlos, recorrimos pequeñas callejuelas y, luego, el obligado café en el Slavia –tradicional confitería– mirando hacia el Castillo iluminado. De noche es como un ensueño, como un viviente cuento de hadas, con los reflejos de diferentes colores, suaves, misteriosos y levemente movedizos en la neblina. Mi última noche…

Y hoy, al mediodía, antes de mi partida, algo casi insólito en Praga: mis queridos amigos, Ana y Mirko, tienen una pequeña parrilla en el jardín, en la que les preparé un asado al mejor estilo argentino, como un anticipo a mi próximo arribo a Buenos Aires y un poco en agradecimiento por los hermosos días que pasamos juntos.

Estoy en el tren… llegaré en dos horas aproximadamente a Viena. Desde aquí puedo reconocer los paisajes que he visto a la ida.

El campo y los bosques comienzan a dar indicios del otoño cercano, los verdes van dejando lugar a los ocres y los días ya se han acortado; ya empieza a oscurecer a las ocho de la noche.

Los checos ya empiezan a despedirse del verano con un dejo de nostalgia… un verano que yo me llevaré a la Argentina, con todos sus olores, paisajes y sonidos.

El vagón del tren está silencioso, pocas personas viajamos en él.

Viena… Madrid, y luego Buenos Aires, me esperan.