Visitas a mi abuela

Eran más de diez las cuadras que separaban las dos casas, esas tímidas calles eran para mis cinco años el mundo, cruzaba continentes y mares para llegar a ella...

La avenida amenazadora, la ropa nueva y limpia estorbando la comodidad de mi regordete cuerpo.

Íbamos los cuatro, mis dos hermanos sujetos de las manos y yo de la falda de mi madre.

Las vías, las casas mellizas blancas, los dos viejos petrificados en la vereda con un feo perro de ojos saltones acompañándolos, eran mis latitudes y coordenadas para saberme cerca.

Las calles de tierra con los desagües abiertos, los sauces rozándonos.

Mamá, que había permanecido pensativa la mayor parte del tiempo, tal vez recordando su pasada niñez en el barrio o su olvidado noviazgo; surgía en el camino: "-No se les ocurra decir groserías frente a su abuela, y vos Pepito no le usés el teléfono para bromas  que está medio perdida y ya crió seis hijos."

Una zanja grande que me ayudaban a saltar, y el jazmín paraguayo de la esquina.

Su imagen enorme en el marco de la puerta, alta, de cabello abundante aún, brazos gigantes y blancos , toda una matrona.

Tenía un porte aristocrático que hacía sospechar un origen distinto a su humilde vida.

La mesa ovalada de roble, la lámpara de lágrimas, las fotos coloreadas del familión. Todo olía distinto. Me daba un poco de miedo, esos pasillos eran los mismos donde aseguraban se escuchaban pasos de noche, y esa era la mesa que crujía ante la muerte de un familiar.

Aparecía la taza enlozada de mate cocido con leche disipando todos los fantasmas. La cuchara de bronce, las masas. Jamás volví a probar un mate cocido igual, e intenté en vano reproducirlo.

La abuela siguió estando, poco tiempo para mi gusto.

Conservo sus cuentos, su presencia imponente que fue adelgazando con el cáncer.