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Viajando en autocarril, Segunda parte

Cuarenta años después…

Al recorrer esos antiguos derroteros me es difícil recordar cómo era en realidad el viaje entre el campamento y la ciudad, y es algo razonable ya que todo ha cambiado…el paisaje ya no es el mismo, ya no está el ferrocarril, la línea fue sacada de sus raíces y los durmientes que la mantenían atrapada ahora probablemente son vigas de alguna casa o sostienen un parrón, o quizás han pasado a ser parte de el mobiliario de una casa.

El autocarril fue reemplazado por cómodos mini  buses y el tren es un moderno (casi) bus pullman de asientos reclinables, donde no hace falta ir a reservar el asiento dos horas antes en el caso de que se deseara bajar de la montaña hacia el valle sentado, ni tampoco es necesario reservar pasaje en el bienestar para subir al campamento. Ya nadie espera el convoy con su cargamento de personas, madres con sus pequeños, trabajadores que vuelven de su bajada después de meses de estar peleando con la cordillera para sacar la riqueza de sus entrañas…

 Pero si se mira con los ojos de antaño, podemos ver la piedra de Copado, esa que alguna vez alguien derribó sin pensar que era como un faro pétreo que iluminaba el sendero que bordeaba el precipicio, paso obligatorio para llegar a Agua Dulce desde donde ya se veía el campamento con su forma de árbol iluminado, la gruta que a los pies de aquél tronco de edificios permanece aún hasta nuestros días, que sobrevivió a grandes nevazones, aluviones y cambios de jefaturas, al desalojo del campamento, huelgas, conquistas y derrotas…

 Pero así como los ojos se han vuelto más viejos, también la historia va dejando recuerdos y vivencias que si no se cuentan se diluyen en el tiempo dejando solamente una estela de que a veces es bueno creer que la vida siempre es buena en su momento y que todo tiempo pasado fue mejor o peor en la medida que el presente significa la promesa de una  mejor  vida para los que siguen luchando en las entrañas de la cordillera… 

El viaje por lo que ahora es el Tramo 5 no siempre era placentero, sobre todo durante esas nevadas tan grandes que en esos tiempos llegaban, donde los inviernos eran crudos y el campamento muchas veces quedaba aislado de todo contacto con el resto del país. Más nunca faltó el alimento, ya que los gringos, grandes previsores, de alguna manera se las arreglaban para que el harina, el azúcar o los cigarros llegaran a Sewell, ya fuera en un Capacho o abriendo una de las grandes bodegas de los comerciantes que se hicieron ricos como concesionarios de los almacenes que surtían el campamento, y que también fueron parte de la historia del mineral El Teniente, Braden Cooper Company en esos tiempos.

 Cada familia tiene una historia que contar, relato que estará lleno de nieve y ventisca, de turnos y vacaciones en el valle, aunque las mejores vacaciones eran las de invierno, época en que la acrópolis se transformaba en un centro de esparcimiento y amistad. Florecían las fiestas, malones, los paseos al cerro con un trineo artesanal hecho de la mejor manera posible, donde una pala o un pedazo de nylon eran tan buenos como el mejor de los toboganes de los extranjeros; las sesiones de natación en las diferentes piscinas que existían de agua temperada mientras que en el exterior la nieve caía o la escarcha brillaba con los potentes rayos de sol que entre las siete y las seis tocaban los techos de los edificios, llamados camarotes o casas en el sector de la Población Americana, especie de condominio que limitaba con el Hospital de Sewell, y con el camino que conducía hacia la Romana de la Mina, los edificios sesentas, el 31, la escuela femenina número 12, el moderno edificio 501 y mirando hacia el río, abajo, la cancha  de tenis que alguna vez sirvió de escenario para los campeonatos de baby-fútbol que en el verano se realizaban.

 Cuentan los mayores de mi familia, que  María Escobedo llegó desde la capital, oriunda del cajón del Maipo, casada con un español que llegó a trabajar en el mineral y con una fonda donde vendía la pensión a los mineros de aquél entonces y al tiempo quedó esperando un bebé. Cuando llegó el momento de dar a luz, el español  fue a busca a un médico con tan mala suerte que producto de la nevada que en ese momento había en la cordillera, cayó en un hoyo donde murió debido al intenso frío y tal vez de alguna herida.

María Escobedo tuvo que parir sola y en medio de la noche invernal, y nació Enriqueta. Siguió trabajando colmo una leona solitaria que cuida su cachorro y pasado un tiempo conoció a Francisco. Don Pancho, como posteriormente fue conocido por sus amigos. Seguramente lo que primero lo atrajo a María, fueron las ricas viandas que ella  preparaba, y la choca que cada día Francisco consumía a la hora de colación en la Bodega de Materiales de Romana  donde trabajaba. Pancho había sido contratado para transformar en tren de pasajeros algunos carros de carga que desde el valle corrían al campamento, con los famosos “enganches” de trabajadores que la empresa cada cierto tiempo realizaba por los campos de las provincias cercanas, y algunas críticas de unos diputados y dirigentes sindicales pensaban que no era una manera apropiada de transportar futuros trabajadores de la mina, o la fundición, dependiendo de su estatura, y de los callos de sus manos, no importaba el nivel de educación así es que Francisco en poco tiempo se hizo cargo de la bodega porque era un hombre instruido y de buen carácter.

 Francisco y  María se casaron y desde el vientre de ella ocho crías fueron paridas, entre viandas y panes amasados, platos de quáker y de arroz con leche al desayuno, los porotos con riendas o con mazamorra, y los tazones de té en taza de “ Recuerdo”.

Esta es una de las tantas historias que el mineral produjo, a la par de los lingotes de cobre que día a día el hombre extrae desde sus galerías.

 En estos días, frente a la calle Millán reposa una de las locomotoras, de tantas que acarrearon hombres y mujeres con sus sueños y desilusiones, con sus alegrías y pesares, porque si alguna vez el tren sirvió para subir a ganarse el sustento, o para bajar a ver el mundo de la vegetación y animales que desde Coya hacia abajo existía, también algunas veces provocó muerte y sufrimiento, como cuando cayó en Agua Dulce provocando mutilaciones y terror….eso fue un día Domingo….

 Continuará…