Recuerdos de una adolescencia vienesa

Mis años en un mundo que ya no volverá...

El primero conducía al alumnado como ingeniero, arquitecto, físico, químico, etc.,  mientras el Gimnasium preparaba sus alumnos para profesionales como médicos, literatos, filósofos, etc. me parece que lo mío fue una buena elección, porque más tarde al terminar el secundario quería estudiar la carrera de química. ¿Habrá sido por la tarea que efectuaba mi papá?.

En el secundario –el mismo que concurría mi hermano Rudi que estaba 4 años delante de mí- muchas veces teníamos los mismos profesores, esto a veces era una ventaja y otra no.  El hecho era que de acuerdo al tratamiento que mi hermano dio a determinados profesores, ya heredé su simpatía o lo contrario.

Esto hable de por sí de la gran pedagogía que aplicaron algunos maestros.  Por supuesto no sería correcto generalizar, pero me voy a dedicar a dos educandos para dar dos ejemplos.  El uno era el profesor Schwarz, nazi y antisemita de sangre.  Era un tipo sin vida, aburrido en las clases, pero en lo que ponía su énfasis era en no querer a los judíos. 

Con Rudi no tuvo mucha suerte porque mi hermano lo trató con la misma moneda que él a nosotros.  Las costumbres de este profesor originaron en mi hermano reacciones como por ejemplo mandarle desde el fondo, donde estaba sentado, algún mensaje no del todo “alentador”,  lo que el profesor acusó sin saber de donde provenía pero lo tenía a mi hermano entre ojos. 

Se pueden imaginar que tipo de persona era, porque nunca lo conocí con el pantalón planchado y con su raya correspondiente.  Tenía puesto siempre dos rollos que cubrían sus piernas y por supuesto provocaron la burla de los alumnos. 

El escarceo  bastante permanente fue motivo que el Dr. Schwarz no fuera admirador de Rudi.   Cuando me tocó tenerlo de profesor en francés, heredé el odio que tenía a mi hermano.  Característica que lo dibuja como un “Gran Pedagogo”  y se descargó sobre mi desde el primer día que tuve la “suerte” de tenerlo. 

Cuando hicimos un examen  escrito no sólo me marcó con la lapicera roja mis faltas de ortografía, también mi escritura que dejaba mucho que desear.  El resultado era un mar de correcciones en rojo, que le servía a él para ponerme mala nota. 

En consecuencia mi mamá concurría los días de  información cada trimestre, donde los profesores estaban obligados a informar a los padres de la marcha de sus estudios y recibía de él nada más que informes negativos. No había con quien hablar y mi pobre madre se desesperó con ese tipo repugnante.  Por supuesto mi nota era mala. 

No sé como se me ocurrió, me armé de una estrategia para combatirlo. Por ejemplo: estudiábamos una novela de André Gide.  En  su aburridísima clase él encargó a los alumnos preparar para la próxima clase determinado capítulo del libro, como era tan repulsivo nadie lo preparó. 

Pero yo lo había hecho, entonces en la próxima clase preguntó quien va a hablar sobre el tema, ninguna mano se levantó, cuando ya no había posibilidad de que alguien captara su colaboración yo levanté la mano y rendí. 

Esto pasó una vez, otra vez, hasta que el individuo no tuvo otra opción que decir en la clase que el único que se preparaba siempre para rendir era Neuberger.  Con esto  terminaban las malas notas y mi mamá pudo concurrir a recibir  buenas nuevas de este energúmeno.

También recuerdo de un día en que me llamó a su oficina el director de nuestro colegio del Dr. Illing. Como alumno de pocos recursos mis padres habían conseguido un arancel muy bajo, que a los valores actuales puede rondar en los ocho dólares. Estábamos atrasados en el pago y el Dr. Illing me dijo que lo lamentaba mucho, si no le traía esta misma mañana el pago, no podía seguir concurriendo al colegio.

Corrí a mi casa para contarle a mi tan castigada mamá esta linda noticia. ¿Qué hacer?  Mi mamá llamó al tío rico Jaques, quien me mandó llamar. Por supuesto no había plata para el tranvía así que crucé el Augarten y llegué a pié al negocio de mi tío. 

Y ahí me quiero detener un instante porque su proceder me acompaña toda la vida.  Me dio exactamente los ocho schilling y me fui corriendo al colegio para pagar y poder seguir estudiando.  Ya más tarde pregunté como no se le ocurrió a  mi tío rico agarrar el teléfono y preguntar a mi mamá si no necesitaba algo.  No era muy difícil suponer que al no tener dinero para afrontar el gasto del colegio, no tendríamos nada para comprar comida.

No me acuerdo bien, pero una o dos veces, visitamos, Rudi  y yo con nuestro papá al abuelo Neuberger en Tyrnau.  En Tyrnau. 

Esta pequeña ciudad era la típica población de Checoslovaquia.  Una plaza con su iglesia, rodeada de casitas y en medio un tipo de mercado.  Mi abuelo vivía en una viejísima casona casi campestre, tenía una “Magd” (mucama) para mantener la casa limpia, preparar la comida y además ocuparse de los animalitos  que poblaban el hogar.  Entre tantos animalitos tenía gansos  de cuya alimentación se ocupaba la viejita. 

Ella agarraba el ganso y le metía el cogote granos de maíz que era la manera de alimentarlos.  Mi abuelo era un digno habitante del pueblo, era también una persona cuidada, bien vestida –el maestro por excelencia- y conocía todos los importantes personajes de Tyrnau, los frecuentaba permanentemente. Así que un día nos llevó a la hermosa iglesia al párroco y el organista (había un enorme órgano).

¿ A que no saben lo que tocó en la iglesia? El Kol Nidrei, la hermosa melodía con la que se inicia la oración de Erev Iom Kipur  (día del Perdón). Casi no lo podía creer!  Pero me encontraba en la Checoslovaquia cuyo presidente era Masaryk, un estadista fuera de serie, ejerciendo en su pequeño país un gobierno democrático, tolerante y pacífico, que en ésta época era ejemplo aislado. 

La gente vivía contenta, tranquila, cada uno podía vivir sin ser molestado por su religión, por su descendencia, no hay que olvidar que el pequeño país se componía de diferentes pueblos, como alemanes, eslovacos, checos, que convivían pacíficamente  en sus comunidades, con la consecuencia que el país que vivía en esta calma progresaba a pasos agigantados.

Pero un día que debe haber sido en el año 1930 ó 1931 nos llegó la noticia del fallecimiento del abuelo Neuberger. Mi papá fue al entierro y volvió triste  porque había  perdido no-solo a su padre sino una buena y excelente persona. Nuestra vida cambió un poquito.  Hubo una pequeña herencia que nos alivió nuestra situación económica.

Tal es así que pudimos hacer planes para ir de vacaciones.  En este mismo año había empezado a preparar para mi Bar-Mitzvah que tenía que realizarse el 27 de Agosto de 1932 en el templo de la Pazamnitengasse. 

Con la supervisión de mi querida mamá, tuve dos veces por semana lecciones con un more que me enseñaba las la lectura de la torá y la haftará, para este tan importante día de mi vida. Demás está decir que toda la ceremonia en el templo la debería cantar y confieso que las melodías que enseñaba este maestro eran hermosas.

Como se acercaba el verano hicimos –por primera vez en mí corta vida- planes para las vacaciones. El lugar elegido fue Baden cera de Viena (30 km.) adonde fuimos a parar a un hotel, por supuesto la comida era kasher y nos instalamos con todo  entusiasmo y alegría. Baden y el vecino Vöslau se destacaban por sus baños termales que inundan el ambiente con “perfume” a azufre y son muy saludables.

Intercalo cosas que me olvidé contar, que sabíamos nadar.

Una de las preocupaciones de nuestra mamá era de debíamos hacer deportes. Y así nos inscribió en el club  Hacoaj que tenía su actividad de natación en el Dianabad en frente de la Schwedenbrücke. Ahí empecé a nadar, hasta también saltar del trampolín dirigido por un entrenador.  Me acuerdo de la primera vez que nos hizo saltar del trampolín bastante alto previas indicaciones de nuestro entrenador. 

Pero a pesar de eso me costó despegarme del trampolín y cuando llegué abajo y me sumergí en el agua, de repente no sabía como salir.  Estaba desorientado y me asusté, pero me calmé y encontré la forma de subir a la superficie. Pero confieso que más adelante nunca salté de muy alto. Sin embargo me encantó y me sigue gustando la natación.

Mi mamá también me inscribió en el Arbeiterturnverein club de gimnasio de trabajadores) una fundación socialista (sin cargo) de gimnasia.  Ahí progresé  lo suficiente como para ser incorporado en una “Riege” (grupo) con la que participé inclusive en exhibiciones.

Estas vacaciones fueron calculadas para que terminaran las mismas para volver a Viena a tiempo para festejar Bar-Mitzvah.  Pero el  destino no quiso que  así sucediera.

Ibamos todos los días a la pileta termal para solaz de todos.  Pero un día no se presentaba demasiado lindo se me ocurrió también querer i a nadar.  Mi mamá no quiso –no se habrá sentido bien – pero para no quitarme mi diversión fuimos a nadar. 

La triste consecuencia era que ella se resfrío con tal mala suerte, que se agarró una pulmonía, cuya curación únicamente era superar una crisis que había que esperar unos días.  No había penicilina y no había remedio, mas que esperar.  Lo días pasaron, la fecha de mi Bar-Mitzwah se acercaba, así que mi papá resolvió hacer la ceremonia en el templo de Baden.

Sin la presencia de mamá hice todo muy bien, los viejitos que llenaban el templo me felicitaron. A la tarde fuimos a ver a nuestra mamá  y nos encontramos con la terrible noticia de que no había podido superar la crisis, había fallecido.  Esto era algo que no creía poder superar. 

Nos trasladamos a Viena para enterrar a mi inolvidable mamá.  Yo sentía una bronca contra todo el mundo por este destino tan cruel e injusto, y Rudi me abrazó y me prometió que iba a tratar de reemplazar en lo posible a nuestra pobre mamá.  Siguieron los días con mucha tristeza, cumplimos con los ocho días de Schivá.

Después del cual fuimos durante todo el año al templo de mañana y de noche para decir el Kadish de duelo para recordar a mamá. Pero nada podía devolvernos esta irremplazable pérdida. Era terrible el vacío que nos dejó. 

Si  esto sirve para significar lo que me dejaba mi madre, aseguro que la tengo y la tenía presente hasta hoy, como si fuera ayer.  Es increíble que trece años de convivir puedan haberme dejado tantos recuerdos y enseñanzas.  Muchas cosas las hago en nombre de ella.

Pero la vida siguió y se planteaba de vez en cuando el problema de la aparición de una mujer en la vida de nuestro papá.  Confieso que éramos totalmente egoístas, pero no podíamos tolerar la presencia de otra mujer en nuestro hogar, nuestro papá supo respetar esta voluntad  (vuelvo a repetir: egoísta).

Así que tomamos una ayuda para las tareas domésticas y la vida siguió, con sus rutinas diarias.  Seguíamos estudiando,  seguimos fabricando ITROPAN y los otros productos.

Rudi por supuesto empezó a salir con chicas y es digno de destacar que en cuanto podía me llevaba consigo a pasear. 

Como también se ocupaba de mi tal como había prometido cuando falleció mamá.  Teníamos un tesoro en común, que era una bicicleta a la que sacamos el jugo a más no dar.  A mí me servía en el reparto de la mercadería y en algunos trámites.  Además era un excelente medio de hacer deportes.

También llega  a mí memora otro aparatito de transporte que se llama TRITON. Consistía en una base con dos ruedas (una adelante y una atrás) adelante en forma vertical conectado con la base en forma de bisagra, el manubrio.

Con un pie arriba de la base y con el otro impulsando, me movilizaba en este aparato llamado monopatín por toda Viena.  Ya había entrado al Realschule y utilizaba este aparato como medio de transporte.  Hasta  que un día que me había parado para descansar en la Praterstrasse cera de la ……… brücke (puente), me vino  la revelación. ¡Cómo un estudiante secundario no tenía vergüenza de usar este aparatito! Me lo cargué al hombro y nunca más lo toqué.

En el colegio vivíamos las mismas experiencias como todos los chicos del mundo.  Alegrías, éxitos, fracasos, buenos y malos profesores, peleas, amistades.

Ya no tenía a mi mamá a la que podía contar todo lo que me pasaba durante el día. Cuando vivía llegaba a casa y apenas entraba largaba todo lo que me había pasado y esa comunicación me liberaba de toda consecuencia.

Es cierto que seguí con la costumbre de descargar mis problemas con mi papá y Rudi pero secretamente confieso con mamá era con mamá.

Me había detenido en el crecimiento por estas cosas de la vida y claro, esto era motivo de burla de mis compañeros.  Creo que me creó un complejo de inferioridad reforzado  por mi nariz larga que también era causa de mi “martirio”. Como  alumno me defendí lo bastante bien, salvo en el año escolar después que falleció mi mamá, quedé atrás en matemáticas y tuve una mala nota en el trimestre. 

El profesor Dr, Franzl era un excelente maestro, que en sus clases supo explicar los problemas más difíciles prestándole atención toda la clase sin excepción. Era muy severo y serio, pero tenía una gran desventaja: era declarado nazi.  Hay que ser justo, el profesaba esta idea pero no lo hizo sentir a nosotros.

Eramos tres alumnos judíos, Fritz Kaufman, Valentín Lifschitz y yo.  Los dos eran realmente estudiantes excepcionales, yo me las rebuscaba bastante bien.  Nuestro maestro de religión era el bueno Dr. Nagelberg. 

Si, existía la enseñanza de religión.  Las clases se daban en diferentes aulas, salvo a los protestantes que quedaban solos.  Con el Dr. Nagelberg teníamos una hermosa relación y él a su vez un muy buen trato con sus colegas.  Y hay que destacar que muchísimas veces recurrían a él alumnos de  todos los grados. –no judíos- para que intercediera ante algún profesor para solucionar algún inconveniente.

Cada clase en nuestra escuela tenía un Klassenvorstand, un profesor que era representante de cada grado ante cualquier problema. El nuestro era el profesor de gimnasia Reisinger, que ejercía su mandato sin pena ni gloria.  Otro de mala memoria era el profesor Schwarz de cuyo sistema de educación ya hablé.

Para demostrar el antisemitismo que algunos no podían esconder, además de este profesor Schwarz, quiero mencionar a dos más: uno era el Dr. Meinhardt que tuvimos en alemán.  Posiblemente era víctima de la primera guerra mundial (1914-1918) y tenía una pierna más corta que la otra, por lo que tenía un zapato ortopédico y caminaba con bastón.  Era típico nacionalista y me lo demostró.

Resulta que en Austria se hablaba el alemán según la letra y además el dialecto, que de acuerdo a las diferentes provincias cambiaba un poco.  Había un escritor Anzengruber que escribía sus obras en dialecto.  Este poeta también era entre los otros clásicos temas de nuestra clase de alemán. 

Estudiábamos sus “werke” (obras)  y teníamos que rendir un examen sobre estos temas.  Yo elegí  el “cuarto mandamiento” (viertes gebot) una obra teatral que trataba sobre el mandamiento que en la religión judía creo que es el quinto, si mal no recuerdo. 

El examen era oral, así que me preparé y pasé al pupitre para rendir. Leí parte de la obra, naturalmente en dialecto y comentaba su contenido.  Terminada mi exposición el profesor expresó a tal grado su satisfacción con lo oído, que no pudo evitar que le saliera el antisemita afuera del alma. 

El consideraba – así lo expresó- que era ponderable  “el dominio del dialecto vienés de Neuberger “, como hubiera sido anormal. 

Claro él quería remarcar que yo como judío no debería saberlo. La ironía le salió del alma, aunque no era nada más que natural que nosotros habláramos en dialecto de la misma manera que en buen alemán.  Otra de la podrida atmósfera reinante.

Otro abierto antisemita era el profesor de dibujo a mano alzada de nombre Schönbrunner.  Esta materia no era de promoción, no había que rendir examen. 

Pero para dejar sentado su buena tripa me puso un “ungenügen” (insuficiente) en mi boletín del bachiller.  La maldad consistía en que en todas las demás materias tenía 1 ó 2 (Sehr gut y gut) (muy bueno y bueno). Para aclarar hay que saber que en esa época las notas eran 1-2-3-y 4  (muy bien, suficiente e insuficiente).

En contraposición con este educador había otros que aún eran tolerantes y no hacían diferencia por nuestra descendencia como el profesor Jacoby. Tal como heredé de Rudi las malas ondas que expandía el profesor Schwarz, el profesor Jacoby, que enseñaba geometría, me trató bien, nunca tuvo un problema con mi hermano. 

Tal  es así que me sacó elegantemente  de un bache del el examen final de geometría. Era oral y yo tenía que demostrar en la pizarra la perspectiva de una bola.  Esta prueba del bachiller se debía hacer delante de una comisión de profesores que supervisaban el examen. 

Y se me formó de repente un vacío total para poder seguir en el desarrollo del problema, que –sin embargo- había estudiado y conocía.  El profesor Jacoby se dio cuenta de mi problema y me llevó a terminarlo con una elegancia tal, que parecía que yo era el que desarrollaba el tema para llevarlo a feliz término.

Aquí quiero detenerme en recordar  la belleza de la geografía de Austria –por lo menos hasta donde la conocí -.

Viena su capital hasta hoy se destaca por sus pintorescas callecitas del centro, que provienen todavía del antiguo “Vindobona” que quiere decir que tiene centenares de años. 

Los edificios monumentales del imperio Austro – Húngaro siguen en pie y recuerdan este ya nombrado conglomerado de países como la misma Austria, Hungría, Eslovaquia, Checoslovaquia, Rumania parte de Italia del Norte (Trieste, Fiume)..Y no hay que dejar de mencionar las bellezas naturales que posee la campiña.  Bosques, lagos, montañas que forman un hermoso conjunto y sirven en todas las estaciones climáticas para solaz de la población. 

Tal es así –a lo mejor ya  mencioné este detalle- que Rudi y yo equipados con esquís y los correspondientes “goiserer” (pesados zapatos armados con clavos) nos tomábamos el tranvía para ir a la estación final, nos poníamos los esquís y cruzábamos  el Kahlenberg cubierto de nieve.

Munidos de una mochila que contenía unos sandwiches  caseros, esquiábamos  todo el día para llegar rendidos también con el tranvía a casa.

De la misma manera en verano nos fuimos a nadar  al lago “Alte Donaut” como ya mencioné antes.  Visto estas bellezas naturales a que pudimos llegar inclusive en algunos casos, a pie,  es entendible que con nuestros modestos medios pudimos gozar de las hermosuras que nos brindaron estos lugares.

Rudi estaba muy preocupado de mi falta de crecimiento, que lo relacionaba con la falta de cambio de aire y clima.  Así que habló con un compañero de clase y amigo Franz Kolmin, que era un capo de los Boy-Scouts y me incorporé a un hermoso grupo de muchachos.

Y ahí  nomás participé en el inolvidable campamento en Karten (Kar inthia) una también hermosa, del punto de vista de sus bellezas naturales, provincia de Austria.  Previa preparación de una valija y por supuesto una mochila, con el uniforme de Boy Scout salinos a la aventura inolvidable.

Llegamos a Pörtschach am Wörthersee, recibidos por una lluvia tenue, pero insistente.  Primer problema: se mojó mi valija en el andén y a querer alzarla se despegó la manija con la tapa.  Superamos rápidamente este lío fuimos a nuestro destino. No me acuerdo el nombre del lugar al que subimos.

Era un aserradero, que funcionaba gracias a las fuerzas de un río que venía con toda energía de las montañas y puso en movimiento las  máquinas del aserradero.  Delante de nuestros ojos se extendía un panorama difícil de describir por su belleza.

Estuvimos ascendiendo una montaña cuyo fondo eran los “Karawanken” que formaban una frontera natural entre Austria y Yugoslavia de una altura impresionante.  El aspecto de esta tarjeta postal delante de nuestra vista era un conjunto de picos nevados, cielo, nubes en hermosos colores que nos dejaron admirados. 

Seguíamos subiendo hasta llegar a nuestro campamento.  Era un terrenito en medio de un bosque frondoso donde estaban instalados casillas de madera para dar lugar a dos Scouts c/u, los colchones eran bolsas llenadas con heno, y en medio de la plazoleta que formaba el centro del campamento un mástil con nuestra bandera.  Este era el lugar de reunión nuestro.

Cada grupo  – en  los que estábamos divididos-  tenía cada día que atender  la cocina y la vigilancia nocturna.  Y daba la casualidad que a mi grupo le tocó el primer servicio. Una vez instalados en nuestras casillas fuimos a la cocina a preparar la cena. Se nos había hecho tarde con nuestra llegada e instalación. 

Me encontré de repente delante de una cocina alimentada con leña, que juntamos en los alrededores. Gracias a la ayuda de los amigos que ya habían estado el año anterior, empezamos a preparar la cena. Hicimos limpieza general pero –oh milagro – la cena estaba lista en el horario.

Pero ahí no terminaba nuestro trabajo.  Ahora había que dejar todo limpio y en orden para el próximo día. Pero también este momento llegaba.  Se pueden imaginar en que estado de limpieza nos encontramos, personalmente.

Ahí tuvimos otra linda sorpresa: los veteranos nos llevaban munidos de nuestros shorts a un laguito, que se encontraba en las cercanías, que alcanzamos caminando bajo la luz de la luna.  Que alegría tirarnos a las limpias aguas.  Nos lavamos, jugamos en el agua hasta que el cansancio nos recordó, pero no a descansar, sino a nuestras obligaciones.

Se formaron varias parejas (en lo posible con uno que ya había estado en el campamento del año anterior).  Por supuesto la primera ronda me tocaba a mí y la compartía con un excelente pibe que tuvo el sobrenombre Gnom.  Era un scout experimentado. 

No quiero decir que estaba saltando en una pata por lo que tenía por delante, había que recorrer todo el campamento munido de una linterna, cuidar que todo el lugar se encontraba en orden, vigilar el fuego que se mantenía en la cocina y tratar de no dormirse.  Confieso que en esta primera noche en el bosque oscuro no se me despertaba ninguna sensación de seguridad. 

Tenía miedo, máxime que vi en nuestro paseo por el bosque un brillo raro en diferentes lugares. Gnom me acercó a los árboles, para mostrarme que su corteza en algunos lugares se había descompuesto y que por algún proceso químico irradiaba una lucesita fosforescente, además hubo permanentes ruidos de hojas y ramas que caían de los árboles, me acostumbré a no darle importancia. 

Pero les aseguro que rápidamente me acostumbré y me empezaba a gustar toda esta maravillosa experiencia.  Llegó nuestra pareja reemplazante a las dos hora de nuestra vigilia y fuimos cada uno a dormir en nuestras casitas. Me caí en el camastro, y quedé planchado.  Me parecía que recién me había dormido, cuando escuché sonar la trompeta que tocaba la diana para levantarnos. 

Nos pusimos nuestros shorts, agarramos la bolsita con los utensilios  de limpieza, y bajamos a los “baños”.  Bajamos un declive de la montaña y llegamos a un lugar donde la naturaleza había dispuesto las duchas por intermedio de unos cuantos pequeños riachos que trajeron el agua desde lo alto. 

De ésta manera nos higienizamos con todo lujo.  Claro que el agua estaba  bastante fresca, pero me sentía espléndidamente.  Me encontraba en un paraíso, todo lo que nos rodeaba era belleza. 

Enfrente estaba el aserradero en plena actividad, sus sierras movidas por las aguas que vinieron de lo alto de las montañas que se levantaron frente a nosotros.  Un cielo azul (a veces no tan azul, cuando había nubes o llovía) las aguas que venían cayendo  desde lo alto de los Karawanken cuyos picos nevados nos hicieron parecer como si estuviésemos   en el paraíso. 

Estas montañas formaban una frontera natural con Yugoslavia.  Nos acompañaba ininterrumpidamente la música de las aguas que venían cayendo, y todo este entorno de bellezas y fuerza de la naturaleza nos mostraba también su poderío. 

Para nuestras necesidades fisiológicas se habían construido, lejos de la viviendas, unas letrinas con bastante profundidad que fueron permanentemente desinfectadas. Volvíamos a nuestras casillas para cambiarnos y presentarnos vestidos con nuestros uniformes en la plaza principal para izar la bandera, cantar algunas canciones y enterarnos del programa del día. 

Las actividades  eran muy entretenidas, nos proporcionaron muchas enseñanzas.  Una de la primeras era saber convivir en armonía.  El compañerismo era de un valore preponderante en la actividad scoutica. 

El mismo saludo contenía las bases de nuestro comportamiento: era levantar la mano derecha, mostrándola abierta, cubrir con el pulgar al dedo más chico (meñique), de manera que los tres dedos restantes quedaban erguidos.  El significados es que el mayor siempre debe proteger al más chico y que se deben hacer todos los días tres obras de bien.  Pensándolo bien son propuestas hermosas y muy fáciles de realizar.