Muralismo mexicano: José Clemente Orozco

Movimiento que se inicia románticamente por el año 1922, época de las primeras prácticas mural y el grabado político, es la única manifestación artística de conjunto, procedente de un país de América Latina, que obtuvo repercusión internacional

José Clemente Orozco 

La pintura mural es el arte supremo, entre otras razones, porque: "es para todos".

Orozco amó la pintura mural sobre toda otra forma de expresión, especialmente la pintura al fresco. Uno de los empeños, ideales de Orozco, fué la creación de un arte tan auténtico y grande que pudiera rivalizar con el de los maestros europeos de otros tiempos, quería un arte de ideas, sentimientos y formas americanas.

En Orozco el tema revolucionario se confunde íntimamente con el de los costos humanos de la historia con el precio pagado por el hombre también en el nivel de su fibra individual. Las laceraciones generales del tejido social y las laceraciones personales se mezclan y se convierten en un tema unitario.

Verdaderamente, parece que la personalidad de Orozco hubiera querido manifestarse siempre una dolorosa trabazón de los movimientos más desencadenados, una sólida dinámica, primeramente furibunda y violenta, pero después frenada, o desviada, o alterada, o directamente bloqueada en una forzosa y trágica inercia.

Veía la cultura como proveniente "desde un desconocido principio" y yendo "hasta un desconocido fin". Este sentido de reafirmación del presente por la imposibilidad de conocer el origen y el fin, es lo que da al pensamiento orozquiano su modernidad, pues todo se reduce al movimiento.

Viendo toda su obra, desde los primeros murales que pinta en la Escuela Nacional Preparatoria en 1922, hasta el último que realiza para la Cámara de Diputados de Guadalajara, en 1948, se siente que, pese a las variantes plásticas que ella encierra y que van de un cierto naturalismo a un desatado expresionismo simbólico, un solo impulso lo guía con inusitado fervor: ser un artista testigo de la realidad del hombre hispanoamericano, o, más concretamente, del hombre mexicano.

Es en ese hombre donde se concitan con más intensidad dos culturas antitéticas: la de los señores indígenas de la tierra, es decir, la precolombina de los mayas, aztecas; y la de los conquistadores españoles.

El muro pintado se abre como una gran ventana y por ella se ven escenas de una historia terrible y alucinante, donde los protagonistas principales son el hombre y los símbolos de su esperanza, el hombre y los símbolos de la lucha brutal, el hombre y los monstruosos símbolos del mal. 

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