La Ciudad de los Césares

¿Mito o realidad?
Pagina nueva 1

Este artículo compone otro capítulo de un libro sobre Turismo – bueno, ya les advertí que el Turismo es una mera excusa para poder hablar también  de historia, como un modesto aporte revisionista – y que tengo en preparación esperándolo concluir en algún momento.  Aunque poseo severas dudas de que algún editor tenga el valor suficiente para hacerlo público. Este material no incorpora críticas muy duras a los sistema que en materia de conquista y “civilización” fueron implementados por el Reino de España, especialmente desde que al prognato Carlos V, el Rey Niño, lo hicieron soberano con todas las de la ley, menos con las del sentido común. Inalienable y enérgica sucesión familiar, así como también irrenunciables intereses económicos, políticos y sociales, propiciaron su advenimiento al trono para ser sutilmente manipulado, tras bambalinas, durante toda su existencia. En su momento hablaré sobre el hijo de Juana “La Loca”, de quien heredó una psiquis deteriorada, además de padecer otras graves afecciones que le fueron quebrantando la salud, transformándolo en un soberano incompetente y manejable.  

                                     Hoy les referiré la historia de una leyenda que trastornó a los españoles que invadieron las Indias Occidentales para “hacerse” la América a cualquier precio, menos trabajando honestamente.  Algunas ciudades perdidas recién fueron halladas por arqueólogos siglos más tarde de la llegada de Colón y cuyo único objetivo era el conocimiento y determinar cómo se había generado esa arrolladora fuerza creadora precolombina. Otras, como “La Ciudad de los Césares”, por ejemplo,  continúan siendo un insondable misterio. ¿Se trata de un mito o realmente existe? Especulación va, especulación viene, la desconocida metrópoli se “muestra” tan recóndita como inalcanzable. Sin embargo, la esperanza por hallarla algún día no se ha perdido, en tanto y en cuanto sigamos los hitos sepulcrales de las momias. A lo mejor nos permite saldar la deuda externa…  

                                       Como este material es un poco extenso, sugiero bajarlo al rígido y leerlo como se si tratara “por entregas”.  

                                       Bien, gracias por su tolerancia y un afectuoso saludo. J.I.G.  

*     *     *  

                                    La Cuenca del Plata, descubierta por don Juan Díaz de Solís, atraía a los aventureros como el imán al hierro. Tenían la certeza de que era el gran portal hacia la prosperidad infinita: plata, oro, piedras preciosas. Ese fue el rumbo que tomó Sebastián Caboto, a pesar de que las  órdenes recibidas eran poner proa al Cabo de Hornos, una ruta turística abierta por Fernando de Magallanes entre 1518 y 1521.  

                                             Ya en el Mar Dulce, a orillas del Paraná, don Sebas fundó el fuerte “Sancti Spiritus”, sobre la costa occidental, base operativa de tres expediciones hacia diferentes puntos del continente. El objetivo: encontrar  “La Ciudad del Oro” donde tenía su imperio un poderoso Rey Blanco y por la que estaban completamente alucinados.  Uno de esos contingentes estuvo encabezado por el capitán Francisco de César, quien a su regreso de la dura y extensa aventura terrestre, con algunas bajas en su dotación, refirió una historia realmente increíble, confirmada por su gente: habían llegado a una fabulosa ciudad íntegramente de oro y plata. Así comenzó una leyenda hasta hoy vigente: la existencia de lo que se dio en llamar “La Ciudad de los Césares” (por don Francisco y sus compañeros de ruta, apodados “los césares). Una ciudad que ha sido buscada desde 1528 sin éxito. Lo que sigue, es parte de esa historia, con algunos interrogantes e hipótesis.  

BUSCANDO LA CIUDAD DE ORO Y PLATA                                                    

                                             Como punto de partida tomemos el año 1912, ocasión en que el arqueólogo y catedrático americano Hiram Bingham descubrió en los Andes peruanos una ignota ciudad Inca a la que se le asignó el nombre de Machu Picchu.  

                                             El afortunado Bingham, prestigiado por su fabuloso descubrimiento, comenzó a ejercer como catedrático de Historia Iberoamericana en la Universidad de Yale, más tarde fue gobernador del estado de Connecticut y culminó su carrera política como Senador durante dos períodos consecutivos. Explorador, escritor y eventualmente  político, se dice que su estilo de vida como docente, arqueólogo e investigador inspiró la creación del personaje de ficción llamado Indiana Jones, que tanta popularidad alcanzó a nivel mundial gracias a la inteligencia de Steven Spilberg y a la excelente labor interpretativa de Harrison Ford.  

                                              A poco que analicemos la actividad pedagógica y viajera de Bingham, y haciendo abstracción de su participación en la política en cargos tan disímiles, caeremos en la cuenta de que “por ‘ay cantaba Garay”.  

                                              Lo cierto es que cuando don Hiram se tropezó con semejante  ciudadela enclavada en lo alto de una montaña escarpada del valle de Yucay, Perú, construida por los Incas presuntamente en el Siglo XV, no lograba salir de su asombro. Le resultó fácil comprobar que no se trataba de la muy buscada y apetecida “Ciudad de los Césares”, detrás de la cual tanto habían trajinado los españoles y él mismo. Césares o no, la urbe rocosa mostró la inteligencia y capacidad de los Incas en contraposición con el analfabeto,  maniático y genocida Francisco Pizarro, quien asoló y saqueó sin hesitar las riquezas del Perú.  

                                              Ni oro, ni plata ni piedras preciosas adornaban aquel recinto amurallado, enclavado en un lugar estratégico de difícil acceso, con más de 150 edificaciones en su interior,  las que se  comunicaban entre si por medio de escaleras y pasillos. Tampoco logró hallarse vestigio alguno de vida humana, ni aun en forma de restos mortuorios.  

                                              La grandeza de la edificación, de notable simpleza y carente de decoraciones, puso en evidencia no solo la asombrosa cualidad y calidad  arquitectónica de los Incas, sino una metodología de trabajo realmente trascendente e inefable.  Pese al considerable descubrimiento de esa urbe, que se permitió hacerle “pito catalán” a  los conquistadores españoles, Bingham mantuvo firme su esperanza, hasta el día que murió en 1956, de encontrar por fin la ciudad pérdida de los Césares.  

                                             Debemos agregar al descubrimiento de Hiram Bingham otros emplazamientos humanos, hallazgos de extrema importancia, los que consolidaron la certeza de que los conquistadores españoles trataron de localizarlos, aunque sin lograrlo. No existen vestigios de que nadie haya hollado estas notables ciudadelas ni sus ruinas aledañas desde que los conquistadores pusieron los pies el polvorosa.  

                                              En tal sentido quiero referirme específicamente a las de Chavin de Huantar, situadas en el llamado “Callejón de Huaylas”, ubicada en un denso valle de los Andes Centrales de Perú, a 3.178 metros de altitud, de dificultoso acceso, aun para los que se mueven con facilidad en terrenos agrestes. Se trata del mayor depósito de restos arqueológicos pertenecientes a una floreciente y próspera civilización precolombina, aproximadamente entre los siglos 8 y 3 a.C. La edificación central, a la que llamaremos “El Castillo”, contaba con una suerte pasadizos ceñidos que constituían un laberinto de problemático recorrido y estudio. Contaba con varias cámaras decoradas con pinturas rupestres y engalanadas con esculturas, cerámicas y objetos de orfebrería de excelente producción. Todo este material no evidenciaba daño alguno. También se hallaron resto de telas que, obviamente, no lograron superar el paso del tiempo.  

                                            En uno de los amplios salones se encontró una escultura de grandes proporciones trabajada en granito blanco. Se la denominó “El Lanzón”. Tenía labrado a un ser humano de extrañas características, con garras de felino y en una posición por demás extraña.  Se presume que la cultura nacida en Chavin de Huantar se fue expandiendo por el altiplano, tanto en lo arquitectónico como en lo doméstico y  religioso. Una vez más se había estado a un paso de haber hallado a la huidiza “Ciudad de los Césares”.  

                                            En Tiahuanaco – vamos descendiendo hacia el sur por la Cordillera Andina –  también floreció una civilización precolombina que data del primer milenio, y que muy bien puede haber tenido cierta influencia – lejana, pero influencia al fin – de Chavin de Huantar. Estaba situada a orillas del lago Titicaca, en Bolivia, donde se encontró un conjunto urbano, notable cantidad de cerámicas y esculturas que aún son dignas de estudios para dilucidar algo del remoto y misterioso pasado. Tampoco Tiahuanaco sufrió la visita de los recolectores de riqueza de origen español, por lo que la labor de los arqueólogos se vio facilitada en gran medida. Las piezas encontradas obran en varios museos de América, Estados Unidos y Europa.  

                                              Con relación a estas ciudades, jamás logró determinarse hacia qué punto del horizonte emigraron sus habitantes, qué fue de ellos. Sin embargo, hay indicios – materias opinables, por cierto -, de que los habitantes de las ciudadelas más “nuevas”, por ejemplo Machu Picchu, tenían su mirada puesta en el sur por el terror de ser descubiertos por don “Paco” Pizarro y sus sicarios.  

                                             A poco menos que nos pongamos a analizar  todos los elementos que se han ido poniendo sobre la mesa de trabajo, y así como “todos los caminos conducen a Roma”, intuyo que hay senderos que con cierta sutileza nos podrían estar conduciendo hacia la ciudad más buscada y mejor escondida en el macizo andino. Lamentablemente la Cordillera de los Andes, que nace en Venezuela y culmina en Tierra del Fuego, posee una extensión de 7.500 kilómetros, alcanzando su mayor ancho de 760 kilómetros en el Paralelo 20ª de la latitud Sur. A pesar de ser una redundancia, el macizo alcanza su mayor altitud a través de los 6.959 metros del Aconcagua, en territorio argentino. Y en ese complejo sistema montañoso muchos aún sueñan con descubrir la fabulosa ciudad del oro y las piedras preciosas.  Hay algunas pistas más que ameritan ser analizadas desde otras perspectivas, y que muy bien pudieran estar concatenadas. Puede que estas pistas señalen que se ha buscado la ciudad perdida demasiado al sur y no  en los lugares donde presuntamente podría estar oculta de los intrusos. Veamos.  

EL SENDERO DE LAS MOMIAS  

                                              Durante las últimas décadas, arqueólogos de alta montaña han descubierto tumbas en plena cordillera, con cuerpos humanos notablemente conservados por el clima seco y las bajas temperaturas que se dan durante todo el año. En su mayoría se tratan de momias incas cuyos decesos  datarían de más de 500 años. Algunos fueron “rescatados” a una altitud que superaba los 6000 metros, por lo que en lo personal  (y totalmente lego en la materia), me resulta sospechoso que en lugar de construir un “abrigo” funerario en un terreno menos agreste y más accesible, se lo haya hecho en sitios escarpados, como arañando el cielo. 

                                                Desde el Norte de Quito, en Ecuador, hasta la provincia de Mendoza, los expertos han trazados una línea imaginaria a la que denominaron “Tawantinsuyo”. En ese incanato los arqueólogos de alta montaña han logrado detectar hasta el momento cerca de ocho momias, aunque hay quienes afirman que la suma ascendería a más de 75 momias. De las ocho a que hago referencia de manera puntual, una apareció en las laderas del  Aconcagua, en la provincia Mendoza, otra en el Cerro del Toro, en  San Juan, la tercera en las altitudes del Cerro del Plomo, en la República de Chile y la que logró cierta fama, bautizada como “Juanita” , hizo su “aparición” en el sur peruano. Las ultimas cuatro fueron halladas en territorio argentino, más precisamente en la provincia de Salta.  Seguramente seguirán apareciendo muchas más.  

                                                 Por las técnicas utilizada para inhumar a estas personas – la mayoría de los restos mortales pertenecían a criaturas de corta edad – los arqueólogos aducen que se trataron de tumbas en las que se practicaron los rituales propios del culto incaico a los muertos. Sin embargo,  ¿qué lugar pudo considerarse como apropiado para “la escena de la muerte”? Suponemos, con cierta lógica, que sus muertes no se produjeron en el llano para luego ser transportados los cadáveres hacia las alturas con los consiguientes trastornos y peligros que implicaba una tarea de esta naturaleza. Los decesos, obviamente,  fueron en los lugares donde sus acompañantes (¿eran integrantes de una caravana en tren de huida?) optaron por inhumarlos en el lugar de su muerte siguiendo las idolatrías propias de sus creencias. Dudo que hayan sido sacrificados, como algunos pretenden.

                                                  Los científicos se abocaron al estudio de las momias desde un punto de vista médico-forense, tratando de esclarecer la sistemática  religiosa de los pueblos andinos. Creían poder desentrañar en esos cuerpos – que tenían mucho por decir, pero enorme cantidad  de cosas por ocultar – cultos ancestrales, especialmente los relacionados con los sacrificios y sepelios. En aquellas ciudades cuyas ruinas los expertos habían logrado estudiar, pudieron determinar que los conglomerados humanos que las habitaron poseían naturales habilidades para el uso de las manos a través de una inteligencia muy desarrollada. En los sectores en que estaban afincados los Incas no se careció de evolución  tecnológica, lo que se tradujo en la incorporación de revolucionarias ideas para la edificación, la ciencia mecánica, el agro, los complejos sistemas de regadío, la industria textil, la alfarería, y la manufactura de gran variedad de elementos de uso cotidiano, etc. Sin embargo no pudieron descubrirse lugares de enterramientos de restos mortales.  

                                                  Pero debo regresar a las momias, ¿cuál fue la causa real de sus muertes? Alguien arriesgó que “presuntamente” – no fue demasiado taxativo en sus deducciones –  fueron víctimas de un sacrificio ritual. ¿Por qué razón? ¿Porque consideraban que los niños eran el nexo entre el pueblo inca y sus dioses? ¿Porque reverenciaban a la muerte para escapar a la muerte de los conquistadores? De haber sido así, tanto daba hacerlo en el llano que enfrentando los peligros existentes en las laderas de las altas cumbres,  a bajas y mortales temperaturas, y con vestimenta inadecuada. Muy bien pudieron haber muerto por razones climatológicas (frío extremo), por colapsos de altura (padecer puna o mal de la montaña), u otras circunstancias.  

                                                   Sin embargo hay algo muy importante que parece no haber sido tenido muy en cuenta; por lo menos no he logrado encontrar una explicación más o menos razonable. Antes de 1532, el imperio andino – la poblaciones que lo integraban y se iban desarrollando a lo largo y a lo ancho del macizo – contaban en conjunto con una población que iba de 2 a 8 millones de almas, con poblaciones que oscilaban entre 150 y 200 mil habitantes. La pregunta del millón: ¿qué paso con toda esa gente con posterioridad al arribo de las huestes de Pizarro y compañía?  Muchos desaparecieron con rumbo desconocido, otros fueron vilmente asesinados,  y miles fueron tolerantes con los conquistadores para tener posibilidades de subsistir, aunque más no fuera en estado de esclavitud.  

                                                   Obviamente no se hace mención en los documentos de los arqueólogos, los geólogos y los montañistas baquianos si en las cercanías donde se encontraron los cadáveres momificados existían evidencias de poblaciones rurales de donde proviniera esta gente. Se podrá analizar a fondo, con la más alta tecnología, a todas y cada una de estas momias, determinar su sexo, altitud, cuál pudo haber sido el último alimento ingerido, su ADN, etc. Pero lo que seguramente quedará en la más completa ignorancia – si alguien puede sacarme de mi grosero error – es desde qué lugar venían y hacia dónde dirigían sus pasos estos incas. ¿Emigraban a regiones más aptas y menos peligrosas o simplemente huían de sus enemigos los españoles? ¿Iban en busca de refugio en alguna ignota ciudadela, la última posibilidad de subsistencia ad infinitud? ¿Iban en busca de su “Shangrila”?  

                                                    Se ha hecho mención a que estas sociedades andinas eran profusas y laboriosas antes del año 1532, fecha en que los españoles pisaron fuerte en el continente cual caballo de Atila. Y que en conocimiento de la fiereza,  crueldad e inhumanidad con que actuaban los invasores, emigrar era lo más sensato. Y el camino más apropiado y seguro, aunque lleno de peligros, eran los senderos de las montañas, a las que jamás subirían los conquistadores con sus inadecuadas cabalgaduras, sus pesadas armaduras y las pesadas armas que escupían fuego y metralla.  

                                                    ¿Podrían tratarse de los últimos habitantes de Machu Picchu  o Tiahuanaco que buscaban refugiarse en “La Ciudad de los Césares”? Bueno, esta es una arriesgada teoría que difícilmente pueda ser refutada… Y en su largo y cruento camino hacia la libertad, fueron dejando sus muertos como jalones para ser honrados por la posteridad.  

AVENTUREROS MIRANDO AL SUR

                                                     Pese al rigor impuesto por los conquistadores españoles a los aborígenes del nuevo continente – existieron lugares más agrestes e insondables que otros – los predadores no se daban por vencido en su afán por hallar territorios donde sus habitantes nadarán en oro. Las noticias llegadas desde México, Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica,  daban cuenta de que muy, pero muy al Sur del continente, existía una ciudad oculta a los ojos de cualquier extraño y con toneladas de oro y piedras preciosas en sus entrañas. Lógicamente se carece de información precisa sobre si habría sido edificada en la cumbre de alguna montaña, en lo disimulado de algún valle o que se hubiera sumergido en las profundidades de un lago, producto de un cataclismo como el que hizo desaparecer a la Atlántida.  

                                            Según un veterano residente de Bariloche, llamado Ricardo Vallmitjana, habría documentación que establecería que el primer español en llegar al lago Nahuel Huapi fue un capitán llamado Juan Fernández, de quien no he podido encontrar mayores antecedentes biográficos. Según sostiene Vallmitjana, don Fernández habría partido, en 1620, desde el puerto de Calbuco, una comuna situada en el sur de Chile,  al frente (o a la retaguardia, depende su grado de valentía) de 46 hombres. Tenía un doble cometido: aprehender aborígenes para esclavizarlos y dar por fin con “La Ciudad de los Césares”. Para Fernández y su hueste, el cruce de la cordillera fue una experiencia en extremo dura, con grandes sacrificios psicofísicos  que conllevó la perdida de algunas vidas humanas, producto de lo intrincado de la geodesia y por el rigor climatológico. No era gente habituada a este tipo de temperaturas, ni mucho menos caminar a altitudes que alteraban los sentidos. Es posible que Fernández y lo que quedó de sus exploradores hayan sido los primeros en conocer el lago Nahuel Huapi. Cuenta un historiador que en una crónica española, atribuida a Fernández, puede leerse la palabra “Navalhuapi”.  

                                              Esa dura e fatídica experiencia tiene cierto sustento en mérito al establecimiento, en 1584, de una ciudad real, a la que bautizaron como “Rey Don Felipe”.  El culto a la personalidad era una práctica de todos los días entre los colonizadores, y en esta oportunidad le tocó a don Pedro Sarmiento de Gamboa ser el obsecuente monárquico de turno con su soberano Felipe II. Don Pedro, un hombre emprendedor pero poco visionario y realista, eligió erigir la ciudadela en la costa norte del Estrecho de Magallanes, a tiro de piedra de la actual Punta Arenas. La principal misión de este emplazamiento era vigilar y fiscalizar las incursiones de los navegantes británicos, como sir Francis Drake, pese a lo cual el marino inglés logró llevar a Gran Bretaña un botín, producto de un astuto pillaje, de altísimo valor.  

                                               Realmente esta aventura de Sarmiento de Gamboa fue una rotunda y trágica frustración. Quienes lograron salir con vida de esos inhóspitos lugares, fueron detectados huyendo hacia el norte para desaparecer en las llanuras patagónicas.  

                                              Con el correr de los años, dicen unas crónicas poco serias –  pero que influyeron en la contingencia de Juan Fernández  años más tarde – que los sobrevivientes de la ciudad “Rey Don Felipe” se hicieron nuevamente presentes en escena, aunque palmariamente transmutados: sus ojos  habían cobrado un color celeste, sus cabellos oscuros ahora eran de un rubio profundo y la profusa barba se notaba bien recortada. Estaban ataviados con ropas elaboradas con telas de fina textura y modelos de extrañas hechuras. En sus cabezas lucían sombreros de tres picos. Según las habladurías, productos de la mente afiebrada del cronista de turno que solo servían para alimentar la ambición de los conquistadores, los emigrados del estrecho se habían convertido en súbditos de “La ciudad de los Césares”. Como decía mi abuelo Isidro, esto debió parecer “cosa e’mandinga”. Claro, con el correr de los tiempos,  toda esta información se divulgaba adulterada hasta el paroxismo.  

                                             Este recóndito y extraño lugar, donde parece que la gente se transformaba por el arte del “birli biloque”, fue descrito por don Pedro de Angelis, quien habría colectado durante muchos tiempo diferentes transcripciones sobre un mismo tema y lugar. Eran transcripciones casi textuales de los comentarios que exploradores habían recogido a lo largo y a lo ancho de sus duras y largas jornadas en las llanuras y montañas. Así las crónicas se transformaron en fábulas fantásticas  (para el Siglo XXI), pero perfectamente creíbles a rajatabla para las mentes de hace 500 años. Refiere De Angelis comentarios de don Francisco Cavada, quien afirmaba que “para darse una idea de las riquezas existentes en “La Ciudad de los Césares”, hay que hacer notar que sus habitantes dormían en camas de oro; que del mismo metal precioso estaban construidas las mesas, sillas y utensilios. Que poseían un idioma o dialecto sumamente extraño, no solo para los españoles, sino para los indígenas que ocasionalmente alcanzaban el lugar. Se aseguraba que jamás estos visitantes lograron regresar a la ciudad porque  todo el entorno había sufrido cambios. El panorama era totalmente diferente”.  

                                             Retomando al vocero Vallmitjana,  también pone sobre el tapete otros comentarios de don Cavada quien, con la “seriedad” con que se han caracterizado sus dichos,  refirió en otros apuntes que “no es dado a ningún viajero descubrirla aun cuando la ande pisando… Una gran cruz de oro corona la torre de la iglesia. – y agregó  Si su campana llegara a tocarse, su tañido se oiría en todo el mundo”. Realmente exagerado este don Francisco.  

                                              Machu Picchu, descubierta casi cuatro siglo más tarde de la llegada de los sanguinarios conquistadores, convalidó que muy bien podría existir otra (u otras) ciudad en algún punto del macizo andino, estratégicamente oculta a los ojos de todo el mundo. La mítica “Ciudad de los Césares” solo se mostraba en la afanosa imaginación de quienes pretendían alcanzarla a cualquier precio, siguiendo versiones escritas u orales de quienes sostenían haber estado en ella. Está documentado que un obispo rionegrino, llamado Gutiérrez Vargas de Carvajal, con dinero “prestado” del clero, hizo organizar a especialistas en expediciones de largo aliento, un emprendimiento de búsqueda por el llano y la montaña. Lamentablemente un violento temporal de agua y granizó frustró las aspiraciones de enriquecimiento del clérigo, quien justificó su fracaso a un mandato divino. “La pedrada nos la mandó San Pedro – dicen que se lamentaba -; me lo tengo merecido por pretender más de lo que Dios me da a diario”.  

                                               Pero esa no fue la única aventura en busca de las incalculables riquezas de la ciudad de los Césares, quienes algunos pretendían que tenía mucho que ver con los aborígenes vuriloches, picunches y puelches,  que habían constituido un crisol de razas que se encerraría en un enmarañado grupo llamado “tehuelche”. Lo que no se había calibrado debidamente es que estas modestas líneas indígenas jamás podrían haber llevado a cabo una empresa de tal magnitud como la edificación de una fabulosa ciudad, sutilmente oculta en medio de la cordillera o edificada en el interior de alguna enorme caverna que le brindaba una infranqueable y absoluta defensa contra todo tipo de predadores. Don Hernando Arias encabezó una expedición desde Buenos Aires, a comienzo del siglo 17, pero tuvo que desistir de su empeño por cuando tropezó con dos terribles impedimentos: el riguroso clima invernal y la belicosidad de los nativos. 

                                               El Mar Dulce, más tarde “Río de la Plata”, para los primeros colonizadores, a pesar del estado paupérrimo en el que vivían y se desarrollaban algunos de sus aborígenes, y tal como ya he dicho más arriba, resultaba de una atracción imposible de soslayar.  Consideraban que por aquel río color de león se podía ingresar al territorio de un rey blanco quien era custodio de una rica ciudad en la cual, al decir de Julio Vicuña Cifuente – según transmite con circunspección el señor Vallmitjana estaría edificada en algún punto de la Cordillera de los Andes, entre Perú y Lago Argentino, mientras que advierte que “los habitantes que la pueblan son los mismos que la edificaron… pues en la Ciudad de los Césares nadie nace y nadie muere; y que el día que la ciudad se desencante (supone que está hechizada) será el último del mundo, por lo cual nadie debe tratar de romper su secreto”. No, si a exagerado nadie le iba a ganar a don Julio. Ni aún el mismo Francisco Cavada.  

                                             En tren de agrandar las cosas e incrementar hasta el paroxismo la fiebre del oro y la riqueza fácil, en la “Colección de Obras y Documentos Relativos a la Historia del Río de la Plata”, cuyo autor Pedro de Angelis puso a consideración del público en 1910 (seguramente editado “El Día de los Santos Inocentes”), relata que un tal Silvestre Antonio de Roxas, prisionero durante algunos años de los pehuenche, afirmaba a quien quisiera oírlo que había estado en la Ciudad de los Césares, y la puntualiza dando los nombres de los árboles que se desarrollaban a su alrededor, como “cedros, álamos, naranjos, robles y palmas”. Y a pesar de que ninguno de esos ejemplares es una especie patagónica, sostenía muy suelto de cuerpo: “Nadie debe creer exageración en lo que se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toque con mis manos”. ¡Ahijuna con la lobuna!  

COMO SE ORIGINO UNA LEYENDA                           

                                               Hasta los oídos de Sebastián Caboto y Diego García habían llegado rumores como los que referí más arriba, circunspectos unos, dramatizados otros, sobre la existencia de una metrópolis  inmensamente rica en edificaciones con ornamentaciones de oro, plata y esmeraldas traídas del amazonas. Este par de pícaros, quienes habían firmado capitulaciones para seguir la trayectoria que había abierto en la zona austral Fernando de Magallanes, muerto por altruista y caballero, decidieron desobedecer las órdenes que se les habían impartido.  

                                                “¡España está lejos, que joder. Diga lo que diga este papel, aquí mandamos nosotros y a otro perro con ese hueso. Cuando se enteren estaremos disfrutando de nuestra riqueza y que nos echen un galgo, coño”, dijo Caboto, el mayor de los dos, con toda la autoridad y con la anuencia de su secuaz García.  Fue de esta manera que la flota de don Sebastián Caboto y asociados, navegaba hacia el Atlántico Sur. A una orden, las naves viraron hacia la derecha y entraron en el estuario con proa al oeste. A orillas del Paraná, en lo que más tarde sería territorio de Santa Fe, los exploradores fundaron el fuerte “Sancti Spiritus”. Corría el año 1529. Luego de un corto lapso, continuaron remontando el Paraná, armados hasta los dientes. No querían ser sorprendidos como Juan Díaz de Solís y terminar en un asador.  Dicen que quien se quema con leche, ve una vaca y llora. Pues Caboto había dado la orden de tirar primero, preguntar más tarde… y si el charrúa estaba en condiciones comestibles, a la parrilla más tarde… Bueno, esto fue con algo de exageración, como para levantar el ánimo de los expedicionarios rebeldes.

                                                 Después de  aclimatarse un tiempo, la gente comenzó a ser preparada para una empresa de características muy especiales. Planificada de manera ordenada y seleccionados los hombres, Caboto ordenó la salida de tres grupos de expedicionarios que tenían como única misión localizar a como dé lugar la tan mentada, pero absolutamente desconocida, “Ciudad del Oro”. Según lo previsto, uno de los grupos iba a ser comandado por  capitán Francisco de César.  Al frente de su gente, don Francisco remontó el curso del río Carcarañá, y logró trasponer con mucho esfuerzo y cierto peligro la serranía cordobesa – no eran montañistas y carecían de cabalgaduras -, alcanzaron el Valle de Conlara en la provincia de San Luis.  A lo largo del extenso trayecto, fueron marcando el camino recorrido con elementos propios de la región por la que transitaban: pequeños montículos de rocas; marcas en los troncos de los árboles que se daban en cada comarca; estacas clavadas como si el terreno fuera el pecho de Drácula, etc.  

                                                  Habían señalado debidamente el camino como para tener un regreso rápido y eficaz. Eso les brindó mucha seguridad, por lo que la búsqueda se hizo extensa, aunque infructuosa. De César y sus subordinados solo había logrado llegar hasta un poblado indígena donde lo único que prevalecía era el hambre, las enfermedades y la muerte. Hombre de buen corazón, el capitán aventurero ayudó a los atribulados aborígenes a cazar con toda facilidad algunos animales para que tuvieran con qué alimentarse durante algún tiempo. Luego de un prolongado descanso – algunos de sus hombres enfermaron y murieron -, regresaron al “Sancti Spiritus” con una gran desilusión, aunque colectando por el camino información referida a la ciudadela de oro puro. Presuntamente los datos estaban referidos al Perú, aunque él no podía saberlo. Solo una cosa tenía en la mente: “La Ciudad del Oro”.  

                                                    Para no llegar tan marchito y fracasado, y de consuno con sus hombres que le eran absolutamente fiel, Don Francisco elaboró un informe en el que mencionaba que en la Ciudad del Oro, muy oculta entre montañas y cuyo acceso era en extremo peligroso, existía no solo ese metal en enormes cantidades, sino que sus habitantes habían elaborado coronas, cascos y armaduras finamente repujadas, en oro y plata.  Además de aposentos donde se guardaban piedras preciosas de incalculable valor, aunque muy bien y celosamente custodiados por guardias armados, aunque sumamente amables en el trato. Posiblemente este afán de De César  por aportarle algo trascendente a un viaje ciertamente malogrado, suscitó entre la gente que los escuchaba la firme ilusión de una urbe de oro y plata. Sin pretenderlo estableció la leyenda de lo que más tarde se conocería como “La Ciudad de los Césares”. O sea, del capitán Francisco de César y sus camaradas de aventuras, “los césares”.  

                                               La verdad es que los dimes y diretes del capitán De César y compañía colmaron de esperanzas y ambición a medio mundo. Los colonizadores y exploradores comenzaron a buscar casi desesperadamente la ciudadela de la que podrían extraer todo cuanto cupiera en las naves y no volver jamás a España ni pasar cerca de ninguna de sus colonias españolas. Esto es, sin rendirle cuentas a nadie. Consideraban injusto que ellos expusieran la vida para que los beneficios se los disfrutara un rey descerebrado y enfermo, Carlos V,  y su pléyade de obsecuentes, vividores y corruptos. Cada piedra, cada roca y cada cueva fue revisada por los ambiciosos conquistadores, exploradores y aventureros, a lo largo y a lo anchos de los Andes.  

                                                 Ruy Díaz de Guzmán, quien ocupo diferentes cargos en la administración de las colonias hispanas, estaba plenamente convencido de que el capitán Francisco De César había alcanzado llegar hasta la “Ciudad de los Césares”, donde se encontró con un pueblo de gente pacífica, de trato afable, los que se encontraban cubiertos con vestimentas de rara manufactura.. El trato que le habrían brindado a él y a su gente fue de lo mejor – se preocupó en difundir -, y que incluso habían atendido médicamente a algunos exploradores con brebajes especiales que le permitieron una pronta recuperación, aunque algunos no tuvieron mucha suerte. Si bien es cierto no lograron ver oro y plata en forma de lingotes, sí comprobaron que utilizaban esos ricos metales en la elaboración de collares, cadenillas, tiaras y vinchas, todo lo cual mantenían bajo estricta custodia. Se mira y no ser toca, era el axioma.  No lograron saber de dónde se encontraban los yacimientos.  

                                                Después de un largo tiempo, en el que recobraron sus fuerzas y sanadas las heridas – divulgó de Guzmán -, y  sin poder  saber nada sobre metales y piedras preciosas, el capitán De César y sus compañeros abandonaron la ciudad escoltados por un séquito integrado por hombres y mujeres. Si bien el comportamiento de aquellos naturales era pacifico y comedido – se decía – , tenían la certidumbre de que les permitían irse porque estaban seguros que jamás podrían regresar. No recordaban haber llegado a la ciudad perdida por el sendero en que fueron “sacados”, Habían perdido todo sentido de orientación en aquella zona montañosa. Hicieron noche en una gran caverna que los protegió del frío nocturno. Cuando salió el sol se encontraron con que sus acompañantes habían abandonado el lugar en plena oscuridad. Habían retornado a sus hogares sin hacer el menor ruido. Prácticamente se disiparon tenuemente como el humo de las hogueras.   

                                                 Según la historia del capitán De César, y divulgada a los cuatro vientos por Ruy Díaz de Guzmán (una manera de promocionarse indirectamente), a los militares les resulto difícil orientarse, ya que las señales indicativas que dejaron a la ida habían desaparecido misteriosamente.  Sin embargo lograron abandonar esa quebrada y, después de un largo ambular, llegaron a un llano cuando caía nuevamente el sol. Hicieron noche en un descampado y luego de tres días de caminar llegaron por fin al río Carcarañá. La alegría los invadió. Habían comenzado a reconocer el terreno que pisaban, y notaron algunos árboles con sus marcas. Habían retomado el camino a “casa”. El capitán de César y sus hombres, se decía, fueron muy cautos al referir sus aventuras, ya que carecían de pruebas materiales para confirmar la existencia de la “Ciudad del Oro”, o como más tarde se la conocería: “La Ciudad de los Césares”.  

LA CIUDAD PERDIDA EN EL TIEMPO  

                                             Noticias llegadas desde Asunción (1537), daban cuenta sobre marinos cuyas naves naufragaron en la zona austral. Dichas noticias hablaban de que esos tripulantes habrían encontrado refugio en una ciudad de oro. Se intuía que esa urbe estaba habitada por algunos incas lograron huir hacia el sur de las huestes del conquistador Diego de Almagro (el Viejo) La versión se reforzó con la versión de que la ciudad estaba poblada incas,  aborígenes sureños y hasta españoles integrados a la comunidad. La versión era que la fabulosa metrópolis estaba situada en la zona de Nahuel Huapi, hacia donde partieron muchos exploradores sin lograr encontrar el menor rastro de “La Ciudad de los Césares”. Con el transcurso del tiempo, las cruzadas se fueron multiplicando con resultado negativo. Hacia finales del siglo XVI, ya fundadas las ciudades de La Rioja, Mendoza, Tucumán, Santiago del Estero, Corrientes, Catamarca y Buenos Aires, en cada una de ellas grupos de aventureros preparaban viajes siguiendo distintas pistas – relatos no muy claros ni precisos – para hallar “La Ciudad de Oro”.  

                                             Se comenta que un sacerdote de apellido Mascardi, fundador de una Misión erigida en las costas del lago Nahuel Huapi, en 1671 envió chasques indígenas en distintas direcciones portando esquelas redactadas en castellano, griego, latín, puelche y araucano. El (o los) destinatario fue el “Señor Español” afincado en la parte sur del lago. Obviamente no recibió ninguna respuesta porque sus enviados regresaron sin haber podido localizar al Señor Español. También la fortuna le fue esquiva a otro sacerdote franciscano, Francisco Menéndez, quien hacia finales del Siglo XVIII habría escuchado una versión indígena sobre una ciudad situada aguas abajo del Río Negro en la que se destacaría un templo con una alta torre, varios edificios de construcción sólida y con pobladores aborígenes y españoles ricamente ataviados. Aquella ciudad estaba al mando de un español que se habría autoproclamado rey,  llamado Basilio.  

                                             Creyendo que por fin había logrado una pista firme sobre la ubicación de “La Ciudad de los Césares”, fray Menéndez se puso en marcha con un séquito de diez  personas.  Sin embargo, la suerte le fue adversa al religioso, quien falleció durante el largo trayecto que lo iba a poner en la misma costa  atlántica. Murió sin saber que la ciudad de origen Inca  buscada tan afanosa como audazmente por todo nuestro territorio, resultó ser Carmen de Patagones y que el supuesto rey era un agricultor llamado Basilio Villarino, quien se dedicaba a  comerciar sus productos.  

                                              Verdad o fantasía, “La Ciudad de los Césares”, perdida según algunos en la Cordillera de los Andes, siguió gambeteando a todo aquel que fuera detrás suyo. Su existencia, aceptada por gente sensata y con mente lúcida de aquellos años locos, promovió una búsqueda infructuosa durante cuatro siglos. Fue algo así como pretender encontrar el arcón con oro al comienzo o al término del arco iris. Durante doce años esperanzados don Silvestre Antonio de Rojas, con la aprobación de la Corte española, buscó la dichosa ciudad. Gracias a las versiones jamás probadas de voceros bien intencionados, pudo describirla como poseedora de fastuosa edificación, con un templo y casas totalmente construidas de piedra (o en la piedra: cavernas muy profundas), y cuyos habitantes se dedicaban a la agricultura y a la explotación de minas de oro y plata. Y le agregó algunos de los fantásticos detalles que destaco más arriba, además incorporó cosas de su propia cosecha para amplificar el interés de propios y extraños. El periodismo amarillista estaba dando sus primeros pasos…

A lo largo de los Andes fueron quedando, en jalones funerarios, los restos de aborígenes piadosamente sepultados. Seguramente iban en pos de algo, huyendo de la maldad, y preñados de esperanzas por un futuro mejor. Un águila sobrevuela el espectacular territorio plago de misterios y leyendas que esperan ser develadas algún día. El tiempo lo dirá.

                                             
La esperanza es la compañera inseparable del hombre; junto al hombre apoya también su cabeza en la almohada durante la noche y despierta al renacer el día; igual manera se aloja en la cálida frente de una niña de quince años, que en la frente rugosa de un anciano decadente. La esperanza es el sostén de la vida y por lo tanto es lo último que se pierde.