Historia de dos siglos

Un joven cibernauta de apenas 92 años nos hace compartir la historia de su vida, que es la de un siglo y dos continentes.

Nací el 7 de octubre de 1908 en Lublín (Polonia) en una familia muy humilde. Mi padre, que era muy apegado a los preceptos de la religión, se dedicaba a la encuadernación de libros religiosos, así que sus ingresos económicos era muy escasos.

A los 5 años empecé a concurrir al “jeder” (escuela religiosa judía), en donde se aprendían los preceptos, a rezar y el alfabeto hebreo.

A los 7 años ya sabia de memoria las principales oraciones y estudiaba el Jumash, que son los cinco libros de la Tora (los cinco primeros libros de la Biblia).

En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, y Polonia fue invadida primero por Rusia y luego por alemanes y austríacos. Lublín fue ocupada por éstos últimos durante un largo tiempo, y allí comenzó el problema de la alimentación.

El gobierno implantó el racionamiento, otorgando bonos a la población que se podían canjear por cierta cantidad de alimentos por persona, así como por artículos de primera necesidad como carbón y querosén.

Estos elementos se entregaban sólo en los almacenes autorizados por el gobierno y no todos los días, por lo que al enterarse que tal día entregarían tal o cual articulo se formaban grandes colas desde la tarde anterior hasta las 8 de la mañana del día siguiente, cuando abrían las puertas.

Así y todo era difícil conseguir algo, porque a la mañana venían los atropelladores y los acomodados y recibían primeros la mercadería, y los que hicieron la cola durante 12 o 15 horas se iban con las manos vacías.

A mi padre lo llevaron a la guerra y mi madre quedó sola con tres chicos. Como yo era el mayor (tenia 6 años, aunque era alto y aparentaba más), no tenia otro remedio que ponerme a mí a hacer la cola parte del tiempo.

A veces conseguía algo y muchas veces anda, pero al ver como los atropelladores se aprovechaban me rebelé y le dije a mi madre que no haría más colas.

Así comencé a levantarme muy temprano, iba y me ponía enfrente del negocio o panadería, y cuando abrían me lanzaba corriendo entre los amontonados y me metía entre sus piernas.

A veces revoleando gente por el aire, llegaba hasta la puerta (que estaba cerrada y atendían por una ventanilla), me levantaba y conseguía comprar lo que vendían.

A veces conseguía hacer 2 o 3 operaciones semejantes en una mañana, mi madre me esperaba en la esquina, le entregaba lo que había conseguido y corría a otra calle en que vendían para ver si podía hacer lo mismo.

Así me convertí, a los seis años, en el proveedor de la casa.

Continuará…..