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El viejazo, o: ¿por qué somos como somos?

Sobre todo después de cierta edad…
  
  

Los síndromes psicoanalíticos
o “psicosíndromes” se refieren a patrones de conducta que se presentan siempre
juntos, frente a situaciones determinadas y bien delineadas, mismas que además
estimulan su aparición.

 

En general, los síndromes
psicoanalíticos evidencian los procesos de enseñanza-aprendizaje asimilados en
épocas tempranas del desarrollo del individuo y que se convierten en hábitos
inconscientes y de difícil cuestionamiento.

 

Constituyen verdaderas leyes
del comportamiento social humano, de las que es peligroso salirse so pena de ser
calificado de asocial, desadaptado o loco. Por lo tanto, el psicosíndrome resume
la respuesta manifiesta del grado y forma de adaptación del individuo a la
sociedad.

 

Al enumerar los síndromes
psicoanalíticos de la senectud no solo se hace referencia a conductas
irracionales o neuróticas, puesto que existen psicosíndromes racionales,
creativos y productivos.

 

ENAMORAMIENTO TARDÍO

 

Se dice que el amor sólo es
para gente joven, que los viejos deben mantenerse al margen del mismo.

 

De ahí que se escuchen
comentarios como: “tus mejores tiempos ya pasaron”, “ya estás viejo para esas
cosas, te puede dar un infarto”; “ todo a su tiempo”. Frases que limitan la
oportunidad del adulto mayor para alcanzar una unión de pareja.

 

Es frecuente ver a señores
mayores enamorando mujeres jóvenes, más raro, señoras mayores acompañadas de
jóvenes; sin embargo, también puede existir la situación enternecedora de la
pareja de adultos mayores que inicien un romance que cubra sus necesidades
afectivas.

 

Esta situación puede ser
apoyada o criticada por jóvenes, incluso los hijos que muestran una actitud
egoísta al no permitir las relaciones, negando una posibilidad de bienestar y
armonía para alegrar la etapa final de vida.

 

EL QUE “NECESITA” HACER EL
RIDÍCULO.

 

Al final de la vida, cuando
las capacidades físicas y mentales de los seres humanos han disminuido
notablemente, la necesidad de ser aceptados aumenta, lo cual los impulsa a
asumir papeles que en muchas ocasiones ya no les corresponden, pretendiendo
agradar con una sola finalidad: recibir una muestra de afecto, tal necesidad es
más notoria en los que recibieron poco o ningún afecto de sus familiares,
principalmente de sus padres.

 

Muestran un gran deseo de
quedar bien, al grado que sus actitudes de búsqueda de afecto son vistas como
ridículas por las personas que lo rodean; sin embargo, este es un recurso
inherente a todo ser humano y que puede presentarse en grados diferentes,
dependiendo de que tan orgullosos se sientan de sí mismos.

 

A mayor aceptación personal
y satisfacción logrados en su vida, menor necesidad mostrarán de hacer el
ridículo.

 

LAS GLORIAS PASADAS

 

Las personas mayores que en
algún momento de su vida tuvieron una época de triunfos que los hicieron objeto
de admiración y les brindaron bonanza económica que no supieron conservar, son
personas sociables, presuntuosas, demandantes, muy atentos, buscan
reconocimiento de manera incesante; son carismáticos, dan protección y
seguridad, suelen ser ordenados, respetuosos y limpios; no aceptan su realidad y
niegan su vejez; viven permanentemente en la fantasía del pasado glorioso.

 

En contraste, se muestran
despreciativos con quienes se sienten en desventaja o consideran inferiores,
incluso llegan a ser crueles, pero pueden ser compasivos con los que consideran
“indefensos ancianos”.

 

Son adultos mayores que por
su mismo egocentrismo viven en un mundo fantasioso y no se dan cuenta de que su
mejor época, ya pasó; al mismo tiempo, pretenden continuar aquellas mismas
actividades que les dieron gloria, exponiéndose a continuos fracasos.

 

Las frecuentes frustraciones
que sufren junto con las dolorosas heridas a su amor propio, les provoca un
estado depresivo del que intentan salir alimentando su mundo fantasioso y se
tornan agresivos y demandantes con sus familiares, a los que inculpan del estado
actual en el que se encuentran.

 

EL FILOSOFO

 

Los adultos en plenitud que
cuentan con una filosofía de vida bien definida, la utilizan como antídoto
contra la neurosis. De esa forma han aprendido a vivir desenvolviéndose de
acuerdo con lo que para ellos ha sido y es la mejor opción para su
comportamiento.

 

Esta forma de conducirse les
proporciona una sensación de bienestar, que les proporciona relaciones
armoniosas de las que se enriquecen y obtienen agradables compañías.

 

EL PICARO

 

En nuestra sociedad se
considera que existen edades y lugares propios para ciertos comportamientos, al
anciano la sociedad le exige comportarse con seriedad tal que llega al
acartonamiento, y no admite que se conduzca de manera humorística y jovial.

Sin embargo, y por fortuna,
hay adultos en plenitud que desde el primer momento transmiten su sentido del
humor; estos “viejos” tienen la característica no sólo de vivir con alegría sino
también de contagiarla.

 

Este sentido del humor les
ayuda a conservar una mejor estabilidad emocional ante su inexorable
envejecimiento.

 

En los adultos en plenitud
simpáticos o pícaros sobresale su inteligencia, respeto a la autoridad, afán de
llamar la atención y la defensa de su autosuficiencia y libertad de decisión.

 

A la vez, se entiende que
por el término picaresco que imprimen a sus actitudes, se manifiesta con bromas
y sentido del humor ameno.

 

EL RELIGIOSO

 

Las características más
frecuentes que se encuentran en los adultos mayores religiosos son: ser
obcecadamente creyentes; por lo general son solteros; muestran un afán
desesperado por llamar la atención y quedar bien con la autoridad; su
inteligencia es media; son solitarios y temerosos del sexo opuesto; carecieron
desde la infancia de una figura masculina; en algunos casos fueron el sostén
económico de la madre; puede tratarse de hijos de madres dominantes y posesivas,
y no es raro que expresen resentimiento contra la figura masculina e inhibición
de su sexualidad desde la infancia.

 

Otra de las características
del adulto mayor religioso es la deslealtad hacia los demás por la excesiva
preocupación en sí mismos, y por su afán de tener siempre la razón.

 

Los adultos mayores
religiosos enmascaran con la fe su verdadera personalidad, recurso que les
permite sobrevivir y adaptarse de una mejor manera.

 

Su angustia existencial la
canalizan por medio de la religión, ya que de no hacerlo así, la angustia sería
más intensa y su existencia todavía más difícil. La religión les permite
acercarse a la figura de autoridad masculina con un poco más de libertad.

 

EL QUE NO ACEPTA SU EDAD

 

El tiempo cruel e inflexible
avanza y no se detiene; cuantas personas a través de la historia han buscado la
clave de la eterna juventud, la negación de su decadencia física y psíquica.

 

Nunca se aprende con
anticipación, a vivir cada etapa de la vida como se supone correspondería
hacerlo; es con esos reproches o añoranzas inconscientes unas veces, calladas
otras, como se llega a la vejez.

 

Existe la tendencia a que
nieguen su edad real, de esta manera, aunque en forma no intencional, pretenden
disfrazar su inocultable deterioro mental.

 

En su fantasía algunos
reviven las épocas en que mejor les haya ido, pero otros parecen refugiarse en
el recuerdo de las peores etapas de su vida.

 

EL “VIEJAZO”

 

El “viejazo” se refiere a un
estado anímico depresivo que se presenta cuando un individuo percibe, piensa,
actúa o siente en forma deficiente, en contraste a como antes lo solía hacer;
cambios que “avisan” el inicio del deterioro en las funciones físicas y
mentales.

 

El “viejazo” no tiene edad
precisa para presentarse, muchas veces depende de las actividades a las que se
dedique la persona. Aparecen estados depresivos de diversa intensidad, de mejor
o peor pronóstico dependiendo del momento en que se presente.

 

Existe toda una gama de
posibilidades que hace sentir a los individuos que su mejor época ha pasado; así
tenemos: aparición de canas, arrugas, obesidad, calvicie, pérdida o disminución
de la agudeza de los órganos de los sentidos, trastornos de locomoción, cese de
la menstruación y cambios hormonales que la acompañan, disminución de la
potencia sexual, alteración de las facultades intelectuales; matrimonio e
independencia de los hijos, “época casadera” vencida; divorcio, viudez,
jubilación, enfermedades discapacitantes o limitantes, pérdida de algún ser
significativo; falta de solvencia económica mínima necesaria, ausencia de logros
laborales, expectativas y fantasías no realizadas.

Entre otras muchas posibilidades que variarán de acuerdo al sexo, edad de
aparición y especialmente al grado de importancia que el individuo le otorgue.

 

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