Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on whatsapp

El niño sin paz

Corrió y corrió, con la hogaza recién horneada apretada al pecho.
En un umbral oscuro se detuvo. El corazón le latía violentamente.

Sus piernitas flacas tiritaban. De miedo o de frío temblaban. Escuchó rumor de voces airadas y se apretó más contra la pared. El pantaloncito corto, atado a la cintura con piola a manera de cinto, se humedeció contra el frío de las piedras.

Esperó un rato y escuchó atentamente. Pensó en su hermanito que estaría ya con hambre. Le tentó probar un bocado del pan pero se contuvo. No sabía cuándo podría conseguir otro.

Achatado contra los muros se fue deslizando despacio y comenzó a caminar ligero, hacia los barrios bajos.

Una bomba sonó en algún lado. La humareda inundaba los espacios. Caminó y caminó. Cuando la sed estranguló su garganta, seca por efecto del polvo y del humo, se detuvo en una alcantarilla donde corría agua. Se sacó la camisita raída y envolvió el pan. Inclinándose después bebió el agua de sus manitas hechas cuenco.

Llegó a su barrio esquivando escombros. Trozos de mampostería y enseres ardían aquí y allá.

Su casa parecía un gran cráter humeante. Entró a tientas y como atontado buscó el lugar donde estaba la cuna. Encontró el respaldo y más allá, debajo de una viga, una manita amoratada.

Sintiéndose vacío de mente y alma se sentó en el suelo, abrió su paquete y partiendo el pan en trocitos, los fue tragando casi sin masticar.

Si lograba sobrevivir, el mundo tendría un loco más de la guerra, por la guerra.

(Corrientes, 1988)

Si quieres aprender a escribir, inscríbete ahora gratis en nuestro Taller Literario haciendo clic aquí.