Desde el jardín

Los domingos paso el día dedicada a mi hogar. Es una antigua casa luminosa con dos patios; pero antigua con todas las letras…

Con revoques, tirantes de cambiar y un aljibe de la época de la colonia, puedo decirles sin exagerar que hasta los fantasmas de esta villa son gerontes.

Con mi amor la vemos hermosa y restaurada antes de tiempo. Nos hemos convertido en albañiles improvisados haciendo cemento, serruchando maderos y pintando.

En el jardín de adelante conviven los rosales y palmeras con toscos escombros indicadores   de las reformas. Pausadamente está perdiendo ese parentesco a nido de pájaros y surge orgullosa una bonita  morada.

Los techos no se llueven si bien merecen ser declarados monumentos históricos.

Las vigas de madera, robustas y firmes resultaron ser presa de los predadores. No la critico, la amo y cada   arreglo es vivido con entusiasmo.

El patio grande ese donde los azahares delatores de la primavera comparten la tarde con los pájaros golosos que saborean las mandarinas dulzonas, constituye un capítulo aparte.

Por las mañana  el sol desvergonzado invade los espacios y el trinar de las aves llama a mi gata Micaela a salir a la naturaleza. La pobre al principio me mirada  como diciendo: ¿Todo esto  es mío?, acostumbrada al porche de tres por uno del departamento anterior.

Al atardecer el trabajo da paso al mate, Javier y yo  hablamos sin tiempo mientras mi gata mordisquea la menta.

Las estrellas van poblando  nuestra parcela de cielo.

Lo miro, ya no tiene la cabellera juvenil, ni yo la figura perfecta; pienso (no lo digo) lo quiero.