De aquel jardín

La imagen se dibujó clarísima bajo mis párpados cerrados, cuando me acosté tratando de descansar de la angustia que me invadía, aquel sábado a la hora de la siesta.

 

Apenas había apoyado la cabeza sobre mi gastada almohada y realizado la acción necesaria para abstraerme del lugar físico –mi dormitorio- en donde estaba; y me encontré directamente transportada al jardín de la casa de mi abuela materna en Ramos Mejía (a quien mi hermano y yo le decíamos Mamam) y que fuera nuestro primer hogar.

 

Viví allí hasta los cinco años largos y, por eso, a los cincuenta que ahora tengo, es que me asombró la nitidez con que pude ir en rápida recorrida en una visita cuasi onírica, porque permanecía en vigilia, a ese petit-hotel pasando por cada uno de sus rincones, hasta llegar al patio. Mamam lo llamaba “la galería”, porque estaba techado en parte, en donde se habían colocado una mesa rectangular y un largo sillón de madera, desde el que se veía de frente el jardín.

 

La entrada oficial a éste, el caminito para empezar a recorrerlo, estaba avanzando hacia adelante y un poco a la izquierda de la galería. Y yo siempre comenzaba a transitarlo por allí.

 

Pude mirar como antaño – en mi plácido estado de trance- un árbol de jazmín del Paraguay con sus florcitas de colores en degradé desde el lila a un muy pálido celeste. Sobre la pared ubicada más a la izquierda, reposaban sendos e inmensos colchones de jazmín del cielo, lleno de racimos de flores celestes y de jazmín del cabo con sus estilizadas flores blancas; como estrellas perfumadas.

 

Apareció también el vibrante toque de fucsia-violáceo de una frondosa Santa Rita y el enorme árbol de retama, con su pequeñas flores amarillas, que estaba situado avanzado un buen trecho en el jardín y hacia el costado derecho del mismo; y varios malvones de distintos colores rodeando el sendero marcado para adentrarse en él.

 

Debo decir que, generalmente, el césped estaba bastante crecido lo cual nunca me arredró al momento de decidir entrar en aquel jardín en el que, ritualmente, lo primero que hacía era agacharme para inspeccionar algún hormiguero de laboriosas hormigas negras, siempre en fila y cargadísimas con pesados trozos de hojitas rumbo a su particular hogar.

 

Ni se me ocurría entonces considerarlas como insectos dañinos, porque las encontraba muy parecidas a la muñeca de La Hormiguita Viajera (del cuento de Vigil), -que si no me la trajo Santa Claus, fueron los Reyes- y estaba hecha de alambre apretadamente recubierto de lana negra, con un primoroso vestidito rojo a lunares blancos con cofia haciendo juego.

 

También me gustaba mirar a los escarabajos, que los había a montones, cuando todavía ignoraba yo el significado que tenían para mis admirados egipcios. Y babosas; y caracoles de tierra, a quienes seguía atentamente viéndolos desplazarse con su casa a cuestas; y “gatas peludas”, que eran las que menos me gustaban.

 

Pero lo que más me fascinaba de aquel jardín estaba bien en el fondo, sobre la pared que lindaba con una casa vecina, en el centro de ella.

 

Era una especie de artística pileta chica que otrora tuvo el evidente destino el de ser una fuente, totalmente construida con azulejos decorados en colores azules, amarillos y ocres, muy al estilo moro, de los que oía decir a las personas grandes de mi familia que eran de algo que llamaban “mayólica”.

 

Curiosamente -desde que la conocía y eso fue en cuanto empecé a dar mis primeros pasos-, jamás vi brotar de esa fuente ni una sola gota de agua. Maman ya no se ocupaba de su mantenimiento.

 

Sin embargo, ejercía sobre mí una poderosa atracción que me llevaba una y otra vez a acercarme a mirar como hipnotizada, su fondo descuidado –a veces, con algunas hojas secas-, porque me hacía sentir extrañamente retrotraída a un pasado misterioso de imágenes borrosas, obviamente inexistente a mi corta edad de entonces. Cosa de chicos.

 

Y, de repente con los párpados cerrados aún sin haberme dormido, ese sábado a la tarde se me reveló que fue en aquel jardín, ante aquella fuente, cuando por primera vez sentí la “sensación de magia” que, posteriormente, se fue repitiendo muchas veces.

 

Cuando en tantas Nochebuenas, antes de sentarnos a la mesa, se me daba por mirar largamente al cielo espléndidamente estrellado, allí donde me contó mi madre que se había ido Maman.

 

Cuando jugaba en la terraza del caserón alquilado en Floresta, bailando en círculos al ir cayendo el sol en las tardes de verano, disfrazada con una larga pollera celeste que había sido de mi tía, imaginándome en Egipto, cerca de las pirámides.

 

Cuando entraban por la ventana de mi habitación en Flores los rayos del sol de otoño cobrizos-naranja y se reflejaban en el espejo y de ahí rebotaban hacia mi rostro.

 

Cuando, hoy todavía, miro con fascinación la brillantísima luna llena en las más frías noches invernales.

 

Y, de repente, ese sábado a la tarde se me esfumó la angustia. Por arte de magia. Por esa sensación de magia que aún conservo, desde mis andanzas por aquel jardín.

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