Cómo superar la depresión

Por una causa concreta o por una serie de circunstancias, una persona cae en una depresión. Es un proceso lento, al principio inconsciente, hasta que llega un momento en que se busca una explicación. Entonces aparece en la mente de esta persona, la palabra “depresión” para explicar lo que le está ocurriendo...

Se comienza a sentir una serie de vivencias que se viven como muy extrañas: caídas frecuentes del ánimo, nerviosismo, pensamientos frecuentes sobre el absurdo de la existencia. Se piensa que algo oscuro, turbio, poderoso e implacable, está ocurriendo.

Esto sucede muy rápidamente, en el tiempo psicológico, pues el hábito depresivo, una forma de vivir sin ilusión que puede durar años, se construye enseguida.

Ganas de llorar, angustia, rechazo de las exigencias cotidianas, intolerancia de los días tibios, una sensibilidad que se siente herida todo el tiempo, son los síntomas de esa nueva forma de vivir.

¿Y qué hace la persona ante estas sensaciones, sentimientos e ideas? Luchar contra todo lo que se siente.

De esta forma, el autodiagnóstico depresión empieza a actuar desde su inconsciente, dando forma a un estilo de vida: la existencia depresiva.

La depresión es como una palabra-embudo por el que entra todo lo que se siente.

“Esto es depresión”, “esto no es depresión”, “hoy estoy mejor de la depresión””, etc. La palabra creó el estado y el estado creó la palabra. Esta idea de lo que le pasa, actúa como mirada que observa y como juez que valora.

La vida se vá empobreciendo. El mundo ya no interesa. Se cortan, rápidamente, las relaciones con el entorno. Un profundo desinterés, una falta de ilusión, es la consecuencia de este estado.

La conducta, lo que se hace, se orienta a la liberación de este estado. No se actúa por placer, sino, constantemente, para “liberarse de la depresión”. Se evita todo lo que puede consolidar esta enfermedad nerviosa.

Por ello, se abandona toda acción: lectura, viaje, comunicación con los demás. Podríamos hablar de un yo depresivo, que señala en cada instante lo que está ocurriendo en la vida interior.

Dolorosamente instalada en este verse-sentirse depresiva, la persona abandona todo y a todos. Se dedica a estar permanentemente alerta. Un día, por ejemplo, oye que las depresiones no se curan.

De su ambiente le llegan comentarios, opiniones, que ván afianzando su nuevo modo de sentir, haciendo suyas una serie de lugares comunes, de tópicos (“soy nerviosa”, “estoy mal de los nervios”, etc) que no ayudan, antes al contrario entorpecen, el proceso. Resultado: desorientación.

En la psicoterapia natural, se plantea un cambio de actitud. Se lleva a la persona a que viva su sufrimiento no como algo horrible, dramático e insuperable, sino, sencillamente, como un modo incorrecto de vivir.

Y se la orienta a que no luche interiormente contra lo que le pasa (combatiendo la angustia, la tristeza, las ideas pesimistas) porque la lucha contra el síntoma, dramatizando –“estoy en un pozo, en un abismo, por lo suelos, hecho polvo”-, no hay salida.

Porque nuestra filosofía es que no hay vivencias buenas ni malas, sino que todo es natural, puesto que pertenece a la vida. Cuando más se combate el mal psíquico, mas aumenta.

Se busca, entonces, un nuevo camino. Hay que llevar a la persona a que asuma que el ser humano es extraordinariamente complejo, y que muy poco se puede explicar del oceano de la mente y de los sentimientos.

Que el pensamiento, efectivamente, es creador, pero que el constante análisis –“¿por qué siento esto?, ¿qué me pasa ahora?”- no lleva a ninguna parte.

Salir de este verse-sentirse depresivamente, y entrar en una actitud de que todo es natural porque pertenece a la condición humana, es el camino de la curación de esta nuestra psicoterapia natural. Sin lucha, sin rechazo, sin, "“ mí no me tenía que ocurrir éesto” ya no hay violencia interior, y se supera la vivencia negativa.

Pondremos un ejemplo sencillo: si estamos tristes, decaídas y nos decimos “Estoy triste, pues muy bien, porque estoy vivo y en la vida está la tristeza”, salgo inmediatamente de ese sentimiento que me angustia.

En cambio, si decimos “este es uno más de los síntomas de la depresión que estoy padeciendo”, entonces ese verme, deprimido o depresivo, encoge mi proceso vital, porque las ideas que tenemos de nosotros mismos. Intervienen muy directamente en nuestro ánimo. Estas interpretaciones, poderosísimas, tienen una fuerza extraordinaria.

No llamemos, por lo tanto, a lo que sentimos, “depresión”, sino estados naturales dentro del universo vivencial que hay que asumir como algo que tiene sentido. No hay luz sin sombra, no hay tristeza sin alegría. Así nos ensanchamos, nos abrimos, “oxigenamos nuestra alma”, con un equilibrio nuevo que reordena mi interior.

Thomas Mann, en su novela “La montaña mágica”, describe estos estados depresivos como un terrible empobrecimiento espiritual que dá el nombre de el gran embrutecimiento.

De su protagonista, Hans Castorp, escribe: “…le parecía que algo flaqueaba en su vida; se le antojaba que iba cada vez peor, y que una ansiedad creciente se había apoderado de él., lo mismo que si un demonio se hubiera hecho cargo del poder, un demonio poderoso y burlón que, desde hacía mucho tiempo, había desempeñado un papel bastante importante y que ahora acababa de proclamar, sin reservas, su autoridad, inspirando un terror misterioso y sugiriendo pensamientos de huída, un demonio que tenía por nombre “embrutecimiento”.

Y añade: “No veía más que cosas lúgubres, inquietantes y sabía lo que veía, veía la vida del tiempo, la vida despreocupada y privada de esperanza, una vida muerta”.

De modo que la depresión hay que vivirla como una forma equivocada, empobrecida, de vivir. Un modo de ver y sentir sin ánimo, sin motivación, sin ilusión, sin pasión.

La `psicoterapia natural propone un proceso radical de cambio de actitud, empezando a vivir todo de un modo nuevo: estoy triste, muy bien, tengo angustia, muy bien, estoy obsesionado, muy bien…porque amo la vida y al amarla, debo estar con todo aquello que es la vida.

Sufro, pero porque estoy equivocado. Y empezar a convivir con el síntoma, será liberarme de su perturbación.

Esta no es una idea nueva. Sabemos por la filosofía de los griegos que todo hombre tiende al bien y que si no lo alcanza, es porque no sabe. 

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