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Calesita

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Hoy al pasar por el parque junto al viejo molino, te encontré, vieja calesita…

Me detuve a conversar con vos y
recostado en el poste de la sortija, te envolví en una mirada con ensueño de
tiempo.
Eras vos, la misma, la de antes, la que iluminó la esquina y me regaló tangos.
Tu bocha, con sabor y forma de pera, me contó cada una de las veces que se me
negó.

Me habló de celos, de pibas del barrio y de su dolor de sentirse siempre
manoseada, con el único fin de robarle su sortija de acero.
Intenté acariciarla y ella dijo: ¡ Ya es tarde !.
Sentí un sudor frío en mis manos, que pronto buscaron abrigo en los bolsillos
de la campera.

Quise besarla, pero prontamente se defendió, tal como antes, ayudada por la mágica
prestidigitación de un ser inexistente.
Rápida se soltó de las cadenas que la sujetaban y rodó por el pasto húmedo,
perfumado.
La alcé entre mis brazos, levanté la lona que cubría la calesita y la dejé
durmiendo en el asiento del cisne de lata plateada.
El cisne me miró de reojo, sin decir palabra y yo acaricié su cabeza en
silencio.

Más atrás, una yunta de corceles me guiñaron un ojo y me saludaron.
“Vos otra vez por acá” dijo uno de ellos y el otro agregó sarcásticamente:
– “Nosotros sabíamos que volverías cuando el cansancio de la vida invadiera
ya no tu cuerpo, sino tu mente” ; a lo cual repliqué
– “ Así que ahora se han vuelto filósofos. Pensar que cuando los conocí
no lo parecían. Siempre los ví como unos caballos de establo real, venidos a
menos ”.

Mis palabras parecieron no agradarles y a un mismo tiempo, cerraron los ojos y
continuaron su sueño de madera.
El pequeño automóvil pintado de azul, con capó amarillo, sonrió al verme y
quizás por llevarle la contra a los caballos, encaró el reencuentro de manera
distinta.
– “Hola campeón” me gritó y enseguida agregó “Todavía recuerdo las
carreras que ganamos juntos, cuando vos te sentías Fangio y yo una veloz
Maserati”.

Le respondí – “¿Te acordás? .
Eran carreras que duraban lo que duraba un tango apresurado.
¡Cuantos finales parado en tu asiento con las manos en alto festejando!.
Ahora que pasó el tiempo y sin pretender ofenderte, quiero confesarte que yo me
refugiaba en vos, sólo cuando ya no podía sacar la sortija.
Que otro chico lo hiciera antes o que Don Luis se la facilitara a la nena de
trencitas rubias, era algo que hasta el día de hoy, no he podido digerir”.

Entonces, el auto de lata y madera me dijo:
– “A mí nunca me engañaron. Siempre supe que para ustedes yo era el
refugio frente al fracaso. Pero no me importaba; yo era feliz con sus gritos,
con sus saltos y con las caricias que recibía mi volante al tomar contacto sus
manos inocentes”, para luego agregar :
“No olvides que ustedes sólo eran un episodio en mi vida diaria. Yo también
disfrutaba con los pibes más pequeños que me elegían para dar la vuelta,
cuando aferrados al volante, lo sacudían como queriendo partirlo; todo ello
acompañado por un inocente “bbbrrruuuu….” que brotaba de sus pulmones
nuevecitos.

Ellos no pensaban ni deseaban la sortija, quizás solamente querían ser parte
del sagrado bullicio de la calesita”.
Antes de seguir mi camino, lo acaricié y le palmeé la cola, a la vez que
susurré un

“Hasta otro día, amigo”.
El me respondió con un seco – “Adiós” .

El bote y el avión me miraron extrañados cuando me acerqué a ellos.
– “¿Que sucede que ahora te fijás en nosotros”?, dijo el aeroplano, en
tanto el agitado aire de mi respiración movía su hélice.
Lo miré y no respondí.
Sólo atiné a pensar para mis adentros: “Tenés razón”.
Yo no podía en ese momento explicarle el porque de aquella lejana indiferencia
hacía ellos.

¿Cómo podíamos entonces nosotros, machos en ciernes, acercarnos a esos
artefactos pacíficos y sin gracia, que siempre eran ocupados por bebes acompañados
por madres, tías o abuelas.
Con todo, algunas veces, cuando al bebe lo acompañaba la hermanita mayor, no es
verdad que yo no me acercara y aferrado al barrote más cercano, luchara con Don
Luis para ganar la sortija y de pasó hacerme ver, no precisamente del bebé.

No obstante, no quise seguir de largo sin acariciarlos con mis manos, las que ya
no estaban húmedas.
Descendí de la plataforma de madera, bajé la lona y todas esas cosas bellas
quedaron a oscuras, también mi mente.
Quise apurar el paso para alejarme cuanto antes, pero las sombras del tiempo me
lo impidieron.

Lentamente fui dejando atrás la vieja calesita y cuando estaba llegando al
extremo del parque, las notas de un tango invadieron el ambiente.
Calesita y tango, mezcla porteña de sublimes recuerdos, esos mismos que
eternizan el tiempo y hacen latir fuerte al corazón.

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