Bosques de la memoria

Todos tenemos algún recuerdo enredado a un árbol, parte de nuestro pasado individual o colectivo que persiste con ellos...

Según cuenta una leyenda correntina, el Jacarandá es la reencarnación de la pareja formada por un indio fuerte y moreno y una joven española de ojos azules, asesinados por el padre de ella al ser descubierto su amor. Dicen que son sus ojos, que no olvidan, esas flores que cada noviembre inundan las calles.

Los árboles prestan sensación de perpetuidad. Generalmente están desde antes de nuestro nacimiento y seguirán ahí   después de nuestra muerte.  

Es habitual encontrar en bulevares o parques de los pequeños pueblos y ciudades europeas, árboles con placas donde se recuerda a los muertos locales de las grandes  guerras.

En Guernica, en el norte de España, un roble petrificado y sus retoños, es el símbolo de la permanencia de los vascos. Desde la edad media los presidentes de la comunidad autónoma juran su mandato a sus pies.

Y es ese mismo compromiso y memoria lo que rescatan sobre la calle Pasteur, los árboles y placas que recuerdan a las víctimas del atentado a la Amia.

  Habitantes de la Urbe

La Capital Federal es una de las mejor y más arboladas del mundo: es lo que se aprende cuando uno pasea su exilio y el encuentro con una calle arbolada como las “nuestras” conmueve y resquebraja.

Los primeros ejemplares, entre los que encontramos plátanos, jacarandaes, palos borrachos, ombúes, paraísos y seibos, se plantaron en 1863 y algunos de ellos siguen creciendo todavía.

  Hay árboles históricos como el “Aromo del Perdón” de la Avenida del Libertador y Sarmiento, donde solía sentarse a tomar mate Rosas mientras jugaba a ser misericordioso ante su hija Manuelita, salvando del cadalso a algún opositor.

Hay otros en cambio que no perdonan: tienen ramas predestinadas  para algún “suicida” famoso que se quiebra las cervicales para evitar que investiguen su computadora o su banco.

  Por toda la ciudad se ven árboles lockers: vigilantes de bicicletas al ras del suelo o con precarios puestos de venta ambulante enganchados en sus copas.

Están los árboles “del centro”,  estratégicos para personas que buscan extasiarse observando las mareas humanas en manifestaciones o festejos. Árboles protagonistas que a veces arden alcanzados por el fuego de alguna molotov o que paran las balas que hubieran contagiado la muerte a algún humano.

Y hubo también árboles que daban sus frutos en plena calle a quien quisiera comerlos. Limones, paltas y moras que por alguna razón ya no crecen: tal vez el patrón de la vereda azotado a todas horas por las ramas quebradas en los raptos decidió quitarlos. Solo quedan algunos naranjos que ven pudrir sus frutos amargos junto a los cordones.

  A veces deciden ser espontáneos y atacan con su naturaleza: las raíces sublevan las baldosas o estrangulan los caños subterráneos, nos disparan las semillas, nos ensucian las veredas, nos rocían de polvillo para avivar todas las alergias.

Y en estos días de furia hay hasta árboles-hoteles, como los enormes gomeros de Plaza Francia, que guardan en sus troncos a una troupe de desterrados por sucesivas políticas salvajes. 

  Hay árboles que conservan secretos a gritos tallados en sus troncos: los nombres de parejas que ya no existen, la reválida de las que todavía se aman y el orgullo de haber servido de apoyo a alguna concepción que hoy lleva el nombre de Juan o de Azucena.

Hay árboles que se quedaron solos después que las fábricas fueron taladas. El antiguo sonido del trabajo acompasado con el viento manso de la tarde susurrado entre las hojas, hoy es solo silencio en la brisa.

  Como nosotros, los árboles de Buenos Aires son habitantes de esta convulsionada y deslucida ciudad. Y como nosotros, perseveran sobreviviendo día a día a la abulia.