Asamblea extraordinaria

Un cuento con final abierto.

-Buen día, Lorenzo.

-Buen día, señor Ignacio, otro día de trabajo.

-Sí, pero por suerte hoy es viernes y se viene el fin de semana. Le quería pedir que se fije en la escalera de mi piso, parece que alguien tiró unos papeles. Creo que fueron los del 6º "E". Sáquelos, por favor.

-Sí, como no, señor Carlos.

¿Por qué no los sacarás vos?. Si a mí me corresponde limpiar la escalera cada quince días. Este tipo se cree que soy su sirviente personal y encima la propina que me da no me alcanza ni para los cigarrillos de una semana. Hace unos cuantos años que soy encargado en este edificio y todavía hay algunos propietarios que se creen dueños de todo.

Las partes comunes, son comunes y no le demos más vueltas. Pero lo cierto es que no me puedo quejar, vivo en un departamento de dos ambientes con mi esposa, Carlota.

Estoy en el último piso, también me corresponde una parte de la terraza, aunque en realidad la uso toda. Yo tengo muy en claro cuál es mi tarea, un día de estos los voy a poner a todos en vereda.

-¿A dónde vas Carlota?.

-A comprar unas papas para el medio día.

-Apurate, que se va a hacer tarde.

Qué gorda que estaba Carlota, si se la pasaba comiendo alfajores de chocolate todo el día; peor cuando se quedaba cuidando a los nenes del 7º"A", y se devoraba todo lo que había a la vista. Y bueno, por lo que pagaban. Pero qué gorda inútil.

Ya la costumbre me había hecho posible la convivencia. Por suerte no era molesta. Ella siempre estaba en el departamento, mirando telenovelas, comiendo, planchando y cocinando. Es de poco preguntar. No podría estar con una mujer preguntona y encima tan gorda como Carlota.

-Hola Noelia, ¿cómo le va?

-Bien, Lorenzo. ¿No sabe quién fue el que rayó el ascensor de servicio?

-No. Pero ya lo vamos a averiguar.

Otra propietaria que se cree que tengo que saber todo. Mi punto de vista es que fue su hijo Ernesto, de catorce años. Es la maldad personificada. Me comentó el señor Alberto Castillo, del 9º "B", que lo vio con un clavo. Así que puede ser él tranquilamente quién lo rayó.

Eran las nueve y tenía que hacer lo de todos los días. Tomé el ascensor hasta la terraza, subí al tanque de agua, bajé por la parte de atrás, pasé por la escalera del muro y me agaché. Ahí la ví a Franca, la mucama del 11º "A" a punto de tomar su baño matinal.

Ella no podía verme, ya que mi ubicación era privilegiada. Se desvistió, abrió la ducha y comenzó a enjabonarse. Qué bien que está.

Sólo le veía las tetas, ya que la ventana es alta. Me había jurado y rejurado que la invitaría a tomar algo, no sé, una cerveza. Sí, está muy buena. Todos los encargados de la cuadra me envidian este lugar, de eso estoy seguro. El novio de Franca es un tachero que la vigila mucho.

Otra vez volví a escuchar unos gritos que salían del aire y luz. Nunca pude descubrir de donde venían. Parece que del 10º "B", el departamento del señor Juán Carlos, un solterón de cuarenta. Habla poco, no se le conocen mujeres, para mí que es medio raro.

La única visita que recibe era la de su madre. Franquita se frotaba el pelo, qué fuerte está. A las 10,15 volví al palier realizando el mismo recorrido que de ida; aunque cansador valía la pena.

-Lorenzo, ¿dónde estaba?.

Patricia, la administradora, esta si que está mal atendida. Siempre le busca el pelo al huevo, pero bien que se queda con una comisión con cada trabajo que se hace en el edificio. Otra que se cree la dueña de todo. Seguro que el auto que se compró en junio fue con la cometa que recibió por el cambio de la columna de agua.

-Señorita Patricia, parece que van a tener que cambiar el automático del tanque de agua, está totalmente oxidado. Justamente era lo que estaba revisando.

-Vamos Lorenzo, el hall está sucio y ya es mediodía. Se tiene que levantar más temprano y tomar menos mate.

-Señorita Patricia, si yo me levanto a las 6 y media, pero qué quiere, revisando el automático se me fueron dos horitas.

-Lorenzo, el hall tiene que estar limpio a la mañana. Todos se quejan de lo mismo. ¿Qué hace todo el día?. Mire que no va a conseguir otro trabajo como éste, así que antes de la siesta dele unas repasada a toda la entrada.

-Bueno, señorita Patricia.

No viene nunca, pero cuando viene le gusta pegar tres gritos. ¿Quién se cree que es?

Estiré los trapos en la caldera, acomodé los escurridores y cargué mis envases con lavandina y detergente de los bidones del edificio, para llevarlos a casa. Subí a mi departamento. Ahí estaba Carlota terminando de preparar la comida. Hacía esos movimientos lentos que la caracterizan. Parece un hipopótamo.

-Che, vení a la mesa – llamó Carlota.

Durante el almuerzo la miré comer, no hablamos nada. El ruido de su masticación era lo único que se oía. Mientras me cambiaba para la siesta, ella lavaba los platos. Caí en un sueño profundo mientras la gorda prendía el televisor para mirar su novelita. Qué inútil.

-Dale, despertate. Son las 4 y media.

Abrí los ojos y ví su cara totalmente sudada.

-¿No te afeitaste hoy? -le pregunté. Tenía un bigote apenas visible. Siempre le hacía el mismo chiste y ella no me contestaba nada, sólo se reía.

Me puse el traje; ya era tarde y tenía que estar en la puerta siguiendo los acontecimientos del edificio. Cada día que pasa me doy cuenta de lo im­pres­cindible que soy.

-¿Qué hacés, Manuel?

Manuel es el encargado del edificio pegado al mío; algo mayor que yo, un tanto encorvado y no suelta el escobillón en ningún momento.

-Bien. ¿Sabés? hoy se escucharon nuevamente los gritos en el aire y luz, creo que es de tu edificio, no del mío.

-Sí, seguro. Pero no puedo saber exactamente de dónde vienen, creo que es del 10º "B", el departamento del señor Juan Carlos.

-Pero si hoy no vino nadie a visitarlo y eran ruidos como de dos personas.

Justo llegaba Ernesto, el hijo de la señora Noelia.

-¿Qué tal Ernestito?

-Ernestito las pelotas. Ernesto. ¿Qué te pasa, enano?

-No tanta confianza. Me dijo el señor Alberto Castillo que vos fuiste el que rayó el ascensor de servicio con un clavo, ¿es cierto?

-Escuchame Lorenzo, no quisiera contarle a mi mamá que andás poniendo la oreja detrás de las puertas de algunos pisos. El otro día te vi husmeando en el pasillo del 5º con la luz apagada. Chau, Lorenzo.

-Cómo inventa este Ernesto -le comenté a Manuel.

Recordé los papeles que le habían tirado al señor Ignacio. Fui, y mientras estaba en el pasillo escuché una discusión que resultó tentadora, así que me instalé cerca de la puerta:

-Al final vos querés que te dé guita toda la vida.

-Pero si en eso habíamos quedado, o querés que labure gratis. Andá a pedirle a ella que lo haga.

-Me estás extorsionando. Vos sabés que ella no se puede enterar. El trato es así. Vos llegás a abrir la boca y te quemo con tu gente, y se acabó.

En ese instante se abrió la puerta del departamento "C"; tuve que bajar medio piso para no ser visto. Era Alfonsa, una abuela que vive sola en el 6º "C". Qué despacio iba. Yo quería seguir escuchando. Cerró la puerta del ascensor, apretó el botón y mientras pasaba por el 5º piso justo se encendió la luz del pasillo, me vio y me dijo:

-Hola Lorenzo, ¿ya está retirando la basura?.

-Hola abuela. Sí, no…, dentro de un rato la saco.

Siguió viaje murmurando cosas que no entendí. Volví a subir pero no se escuchaba nada más. Qué abuela lenta, me había hecho perder el hilo de la conversación.

En la calle tomé el escobillón y le di una repasada a la vereda. Lo usaba más como bastón que como escobillón, no tenía ganas de limpiar.

Al rato llegó Rubén, el novio de Franca, en su taxi.

-¿Cómo estás, Rubén, venís a buscar a Franca?.

-Sí, ¿qué tal Lorenzo?.

-Bien, con humedad. Qué día de locos. Refresca, hace calor. La verdad que el tiempo está como el país.

-Sí, para colmo hoy se trabajó poco, gasté nafta al pedo, así que al medio día me fui a jugar al billar. Si no había nada de trabajo.

-Que le vamos a hacer, ya va a mejorar la cosa. Hay que tener paciencia.

Llegó Franca, me saludó y subió al taxi. Hoy le voy a decir algo a esta Franquita, le tengo unas ganas. Algo se me va a ocurrir, pero ¿y si reboto?. No importa. Cuando vuelva la encaro.

-¿Qué tal, señor Castillo?.

-Oiga Lorenzo: el que rayó el ascensor de servicio fue Ernesto, el hijo de la señora del 2º "A".

-Mire que por ahí pudieron haber sido los mellizos del 3º "C".

-No, no creo. Escúcheme, hay que lustrar bien las manijas de la puerta de entrada. Y de los gritos ¿qué sabe?

-Todavía nada.

-Le quería pedir otra cosa. Alguien dejó unos tablones tirados en el pasillo de la baulera, haga que los retiren. Por otro lado las bolsas de residuos deben ser dejadas dentro del cuartito del incinerador. Téngame al tanto de los ruidos.

-Como no, señor Castillo, hasta luego.

Qué buena propina me deja siempre el señor Castillo; es un tipo recto. Harían falta diez personas así para que el edificio ande derechito, en realidad él tendría que ser el administrador.

Necesitamos un tipo duro y con carácter. Tampoco me puedo tirar contra la señorita Patricia, ella me hace algunos "regalitos" cuando soluciono los desperfectos del ascensor que yo mismo produzco. Bueno, de alguna manera me las tengo que rebuscar, no es fácil ganarse la vida.

Mientras estaba sacando la basura, llegó Franca caminando, así que procedí a encararla.

-Hola Franca, ¿cómo la pasaste?.

-Bien, Lorenzo.

-Sabés Franquita, hace tantos años que vos trabajás acá y que nos conocemos… Yo siempre te aprecié mucho. Sos muy trabajadora y muy buena. Quería ver si nosotros…

-Buenas tardes, Lorenzo -era la voz del señor Ignacio-. ¿Sacó los papeles del pasillo?

-Sí, ya se los saqué.

-¿No sabe quién los tiró?

-No. La verdad es que no lo sé, pronto lo vamos a averiguar.

-¿Sube, señorita? -Le preguntó el señor Ignacio a Franca.

-Sí, subo. Chau, Lorenzo, hasta mañana.

Se me escapó Franca y hasta el lunes no la vería de nuevo. Qué lástima. Esa noche había una Asamblea Extraordinaria. Eran los peores días ya que todos se acaloraban, pero me resultaba muy divertido. Me ubicaba cerca de las calderas y así podía escuchar las discusiones.

Sé que no es lo correcto pero de alguna forma yo también me siento un propietario más, y de todas maneras me hacen comentarios de lo que se resuelve. Así que da lo mismo si me lo dicen después o yo lo sé antes, ¿o no?. 

-Señores, vamos a dar comienzo a la Asamblea Extraordinaria del edificio de la calle Soleti -dijo la señorita Patricia. Luego enumeró los puntos a tratar.

El señor Castillo tomó la palabra.

-Señores copropietarios, este edificio se está viniendo abajo. No se cuidan las instalaciones. Se arroja basura donde no se debe, fuera de los lugares preestablecidos por la Asamblea del año pasado, y los niños ensucian todos los vidrios de la entrada principal quedando como resultado un edificio de cuarta categoría.

-Señor Castillo, si usted se refiere a mis hijos le puedo decir que los tengo muy bien educados -acotó la mamá de los mellizos del 3º "C".

-Señora, yo no acuso a nadie, simplemente…

-Simplemente nada. Usted los mira muy fijo y ellos están asustados.

-Señora, el señor Castillo no la acusó a usted de nada. Peor es mi caso que a mi edad no puedo dormir por la música que pasa el muchacho del 7º "E" -señaló la abuela Alfonsa.

-Pero, por favor, no me va a comparar, ¿usted se fijó cómo está el ascensor de servicio todo rayado? -acotó Noelia.

-Mire, no sé por qué lo dice, si parece que fue su hijo según comentarios que hizo el señor Castillo -afirmó el señor Mirato del 2º "C".

-Vea, señor Meato…

-Mirato, señora, Mi-ra-to.

-Como sea, caballero. Usted acá no tiene ni voz ni voto porque es un simple inquilino, así que ya se puede ir yendo, además el olor a puchero que emana de su unidad resulta insoportable.

-Por favor, señores, cálmense – intervino Patricia-. Esto debe ser una Asamblea cordial para poder resolver problemas como por ejemplo el del automático del tanque de agua, que se encuentra totalmente oxidado, y que gracias a Lorenzo todavía funciona.

La señora Noelia, en réplica al señor Castillo, dijo:

-Yo no sé que favores le hará a usted Lorenzo, pero la entrada está siempre sucia y encima lo defiende.

-Disculpen, pero me gustaría saber qué son esos gritos que se oyen desde el aire y luz todas las mañanas. En mi piso se escuchan muy fuertes, son como gemidos. ¿Alguien sabe algo? -preguntó el señor Castillo.

Lástima que no podía verle la cara al señor Juan Carlos del 10º "B", porque para eso tengo un ojo clínico. Me hubiera dado cuenta con solo mirarlo. ¿Qué estaría haciendo? Y justo cuando me iba a verla a Franca desde la terraza.

La Asamblea siguió su curso natural, se aprobó el presupuesto para reparar el automático del tanque de agua. Así que me las tendría que arreglar para que el plomero del edificio , Fapiano, en la factura agregara "lo mío".

 El fin de semana fuimos con Carlota a la casa de su hermana. Mi cuñadito se tomó una botella de vino. Nos tuvimos que volver temprano porque el ambiente estaba medio denso.

Instalados en casa vimos todos los programas de entretenimientos que daban por televisión. Uno de los juegos consistía en adivinar cuántos porotos entraban en una lata de pintura vacía de "Cielo Plast". Me fui a un teléfono público.

Me daba todo el tiempo ocupado. Cuando pude comunicarme ya había comenzado otro programa, así que volví a casa con una pizza y una botella de cerveza.

Cuando llegué Carlota estaba tirada en la cama con dos ruleros en la cabeza y el batón floreado, viendo en la tele el show de Porky.

Me preguntaba para qué usaría esos ruleros si el pelo lo tenía eternamente aplastado. Lentamente Carlota se fue quedando dormida, pero sus ronquidos no me dejaban pegar un ojo. La cerveza me había caído tan pesada que igual al rato me quedé frito.

Al otro día, ya en mi puesto, vi llegar al señor Ignacio.

-Buen día Lorenzo, qué mañanita nos espera hoy.

-Parece movidita ¿no?.

-Ta luego.

Los lunes me gustan, los fines de semana me resultan aburridos. Le había tomado cierto cariño al edificio. El ascensor se detuvo en el 9º, seguro que bajaba el señor Castillo.

_¿Qué tal Lorenzo? ¿cómo lo trata esta mañana?.

Seguro que me va a pedir un favor.

-Escúcheme Lorenzo, esta cuestión de los ruidos me tiene preocupado y hay que darle una solución final.

-Sí, ¿pero, qué podemos hacer?

-Se me ocurrió una brillante idea: ¿porqué no se viene a mi departamento a las 9 y media y vemos si los ruidos son o no del piso del señor Juan Carlos, que está arriba del mío?

-¿Pero cómo?

-Podemos subir por el aire y luz de la cocina, y así llegar a la ventana del dormitorio del señor Juan Carlos.

-¿Le parece?

-Mire, pongo una tabla fuerte sobre el lavarropas, la ato, y sobre la tabla ponemos un banquito. Usted se sube y se fija por la ventana a ver qué pasa ahí adentro.

-¿Qué van a decir los vecinos?

-No se preocupe, yo me hago responsable. Por lo suyo… lo arreglamos a fin de mes con algo "especial".

-¿Será seguro lo de la tabla?.

-Lorenzo, ya está todo planeado, lo probé y queda bien firme. Lo espero en casa, sea puntual.

¡Justo a la hora de ir a mirar a Franca! Pero bueno, yo también quería saber de dónde provenían esos ruidos.

A las 9 y media estaba en la unidad del señor Alberto Castillo. Él ya había enganchado la tabla al lavarropas, sujetada con unas cuerdas. La probé y la sentí fuerte.

-Y, ¿qué le parece?.

-No está mal, ¿no me caeré?.

-Por favor Lorenzo, esto es muy seguro. Usted sabe que sufro de vértigo si no yo mismo lo haría.

Comenzaron a escucharse los gemidos y gritos, como de una pareja haciendo el amor. Realmente desde acá se oían muy fuertes. ¡Qué raro el señor Juan Carlos! si siempre entraba solo al edificio. ¿Con quién estaba?. Mi curiosidad iba en aumento, pero tenía miedo de subir a esa tabla. Eran nueve pisos de altura.

-Vamos Lorenzo, ahora o nunca.

Me subí al tablón y el señor Alberto Castillo me alcanzó la banqueta. No quería mirar para abajo. Me paré, pero no llegaba a la ventana del señor Juan Carlos.

-Lorenzo, ¿qué ve?.

-No llego, señor Castillo, me falta medio metro por lo menos.

-Lorenzo ponga el pie en la viga y llega.

Puse el pie en la viga y alcancé a ver por la ventana. Ahí estaba el señor Juan Carlos en la cama, ¿pero quién era esa mujer? Había poca luz y ella se encontraba de espaldas.

En ese instante se dio vuelta, y ahí la pude ver. Carlota. Era Carlota. No lo podía creer. Así que mientras yo iba a espiar a Franca, Carlota venía a coger con el tarado de Juan Carlos. Y yo que pensaba que era medio raro.

En eso escuché la voz de la señora Noelia que me gritaba desde su ventana del 2º "A”.

-¡Lorenzo! ¿qué está haciendo ahí parado?

Los ojos de Carlota me miraban con extrañeza y culpa a través del vidrio del dormitorio. Estaba totalmente desnuda y sin ruleros.

El revoque de la viga cedió. Es lo último que recuerdo.