Viajando en autocarril

Recuerdos de una vida anterior

Antes, cuando la gente que laboraba en el mineral vivía en los campamentos de coya, Caletones y Sewell, el acceso principal era por ferrocarril.

La línea partía desde Rancagua, lo que es ahora mitad talleres y mitad teniente. La entrada principal era lo que se conoce por puerta 2. Desde ahí patria el ferrocarril, que arrastraba los carros de pasajeros y también de carga, con los suministros necesarios para la vida en los campamentos.

¡Ah!, pero también existía el autocarril, que era un  vehículo con capacidad para unas 20 0 25 personas, distribuidas en largos asientos y con puertas a cada lado de esta especie de mini-bus.

Socialmente, el autocarril era para el uso de la administración, y de los empleados y otras personas que por sus funciones dentro del sistema que existía en el campamento, eran de  relativa importancia, por ejemplo.

El cura, el mayor de carabineros, comerciantes dueños de emporios  y almacenes, médicos, concesionarios, profesorado, y en algunos casos las visitas de los personajes importantes acabados de mencionar.

 Mientras que el viaje en tren era de una duración de 4 y hasta mas horas, de acuerdo a la estación del año y las dificultades propias del clima imperante, el autocarril  era con asientos enumerados, casi siempre por el orden de pedido que la gente hacia, es decir los que primero se anotaban tomaban los mejores asientos, los delanteros y al lado de la ventanilla ya que en ocasiones el movimiento propio del vehículo con sus bamboleos y quiebres bruscos, producía el temido mareo en aquellos pasajeros débiles de estómago, o que habían consumido alimentos demasiado cerca de la hora del viaje.

La duración del viaje era de dos horas y el equipaje no estaba sujeto a la revisión de carabineros o de los serenos o vigilantes que la empresa tenia para cuidar el cumplimiento de los reglamentos de higiene ambiental y de seguridad que el departamento de bienestar mantenía en cada comunidad a lo largo de la línea de ferrocarril.

 Recuerdo que los gratos momentos  de los viajes eran aquellos cuando, generalmente de subida, el vehículo se detenía por ahí, entre el desvío a Caletones y el túnel de Copado y el conductor detenía el motor, quizás para esperar línea o dejar vía libre a otro tren o autocarril.

Entonces se producía la magia, en el silencio de la cordillera, cada uno con sus pensamientos, proyectos y recuerdos de la estadía en el valle.

 De pronto comenzabas a mirar el cielo y uno se daba cuenta de la grandeza del firmamento, con sus infinitas estrellas tantas como sueños hay en la mente de un niño, tanto tiempo ha transcurrido desde entonces, de aquel tiempo en que las cosas eran distintas, otros valores, costumbres adoptadas de los gringos, mejores estatus de vida y trabajo seguro para los padres, una vida social aparentemente sana en que las señoras se reunían a jugar Canasta y tomar el te, y donde el palitroque (bowling para los modernos), hizo que muchos matrimonios pasaran buenos ratos en esos campeonatos en donde el pisco con coca-cola o ginger ale lubricaba las gargantas de esos deportistas de salón, a pesar de que la Ley Seca era estricta para los obreros pero no asi para los que Bajaban  y subían en autocarril , por esto era que dicho transporte era un símbolo de estar bien y de haber logrado una posición social bastante gratificante dentro del microcosmos que era el campamento minero.

 Corrían los años 60, época de transiciones en que a medida que los más pequeños crecían, el país también iba sufriendo cambios en sus estructuras sociales  y en sus industrias principales.

Recuerdo que un día el campamento se vistió de luto, decían que habían asesinado al presidente de Estados Unidos. Y algunos nos preguntábamos, ¿y qué tiene que ver el presidente de EE.UU con nuestro campamento, acá en el rincón del mundo? Así de inocentes, por no decir ignorantes, éramos en ese mundo de fantasía. 

A pesar de todo, eran tiempos mejores, tal vez el dinero valía más, o la vida no era tan complicada, no habían cuentas que pagar a fin de mes, el alquiler o la cuenta de la luz, no se acababa el gas justo el día Domingo, ni cortaban el teléfono por no pago, claro que no había cuenta del cable ni tampoco multisalas de cine, menos aún moteles adonde escapar después de una regada velada.

No señor, al que sorprendían en malos pasos, lo llamaban a la Oficina de Bienestar, y le ponían las cosas de la siguiente manera: o se casa, o se casa. O se va.

 Generalmente optaban los tortolitos  por la primera  o segunda opción, ya que la última era el exilio de este paraíso de american way of life…

Recuerdo en especial los días Domingo, que comenzaban generalmente con la Misa a las 11 de la mañana, el padre Sánchez era el encargado de oficiar el ritual, la señora Sofía de Adasme tocaba el órgano y era la encargada del coro, el dentista Campbell pasaba el platillo de recolección, mientras que su hijo, John, era el acólito.

 Después de la misa había que rajar a almorzar ya que la función de la matiné comenzaba a las 13:30, y no había , por ningún motivo, que llegar atrasado, porque el pasillo era entre los muros de la galería, y llovían los “pollos”, y hasta los palmetazos.

Después venía la función de las 15:00 horas, película que se repetiría a las 18:00 y después a las 21:00 horas, para los papás, creía yo, pero en realidad debe haberse creado para las personas que cambiaban turno o que durante el día estaban trabajando. En la semana también había función en la mañana, a las 11:00, y era la hora más  favorable para “calarse”, ya que, Sotito, el sobrino de la concesionaria del teatro, doña Aída, y que era el administrador de la sala, generalmente hacia vista gorda y dejaba pasar a galería.

 Pero cuando llegaban las vacaciones de invierno, la cosa se ponía buena, ya que comenzaban a llegar las visitas del valle, de Rancagua, Santiago, o de otros lugares. El atractivo principal era la nieve y los paseos al cerro, sin olvidar las piscinas tanto del Teniente Club, como la del gimnasio de Sewell.  

También funcionaba una piscina en el local de la Cooperativa de Empleados Particulares, todas temperadas por supuesto, y con sus horarios bien estipulados para que todos tuvieran acceso a esta verdadera regalía que ofrecía la Empresa, que en aquellos tiempos se llamaba Braden Cooper Company, y los que mandaban eran mister tanto o mister otro, luego llegaron los gringos chilenos…,pero ese es otro capítulo.

 Crónicas de Sewell (Recuerdos de una vida anterior), capitulo 1.