Un viaje por los recuerdos

Había una vez...

 

Había una vez un pueblito llamado Anebully que estaba situado al pie de una colina. Allí, como en todo pueblo chico, los vecinos se saludaban por la calle. Las maestras de la escuela eran viejas conocidas. Las señoras se juntaban a charlar en la vereda. Los chicos jugaban todos juntos en las calles y en las plazas, pero la salida más frecuente era a la colina.

Una vez, María, una joven de diecisiete años salió de su casa después de almorzar para encontrarse con sus amigas en la colina.

Camino por la carretera, que es el camino más corto y seguro hacia la Torre del Reloj. Esta construcción es muy antigua y el reloj hace ya años que no funciona, pero es un punto que los jóvenes hayan entretenido dada su antigüedad y en donde tienden a juntarse para contar historias de misterio.

Como decía, María salió de su casa a eso de la una de la tarde y camino junto al camino. Cuando Se acercaba al puente, que cruza el río Davita, María que habría caminado durante un poco más de media hora. Ella sabía que una vez cruzado el puente solo debía caminar unos quince minutos más hasta llegar a la torre. Siguió caminando hasta que llegó al puente.

Para su sorpresa, el puente estaba medio roto, y no se animaba a cruzarlo. Sabía que era muy difícil poder cruzar el puente sin que se caiga. Miró el reloj, eran las dos menos veinticinco. Ella debía encontrarse con sus amigas a las dos. Volver al pueblo y llamarlas era inútil, ninguna de ellas estaría en casa en ese momento y menos en cuarenta minutos.

Volver unos kilómetros y rodear la colina tomaría una hora más, y eso si es rápida. Pensó un rato, "Donde habrá otro puente con el cual cruzar sin tener que circunvalar la montaña. Recordó entonces aquel verano en el que habían decidido caminar río arriba y a diez minutos de allí encontraron un puente. El tiempo le alcanzaba justo, debía apurarse.

Justo cuando iba a reanudar su caminata río arriba, escuchó al ruido del río diferente, viró hacia él y notó que éste estaba subiendo. Intentó escapar, pero era demasiado tarde, el río la arrastraba, aunque ella sentía que seguía allí parada, junto al puente. Sintió que el río la arrastraba lejos, muy lejos en el tiempo.

Cuando consiguió abrir los ojos, lo primero que vio fue una señora de unos cincuenta años cargando a una niña en brazos. Sus gestos y actitudes le resultaban conocidas.

Decidió acercarse un poco, para poder verla mejor. Cuando estaba a unos cinco o seis pasos la distinguió, era su abuela. Levantó la vista y vio un calendario, " ¡1985!" Pensó. Entonces, dedujo que la beba que tenía en brazos era ella.

-Que hermosa niña, ¿cómo se llamará?-, preguntó esa voz cariños y familiar de su abuela.

-María-, contestó segura la señora de la cama, que seguramente era su madre.

Se quedó contemplándolas largo rato.

De repente, comenzó a sentir calor, luego un tornado la succionó. Giró y giró hasta que repentinamente consiguió sentir el suelo. Vio entonces a la misma señora con otra nena. Ésta era un poco mayor, como de dos años y medio, tres años tal vez. Estaban en un lugar muy diferente al anterior, éste era, seguramente, un club.

-Abu, ¿me hamacas?- preguntó una niña desde una hamaca.

-Ahí voy, lindo,- contestó su abuela.

Se quedó un rato observándola, y entonces se dio cuenta que la niña era la misma de la escena anterior, solo que había crecido.

Pasado un rato, todo volvió a dar vueltas y sintió como si la tierra la succionara. Giró una y otra vez, hasta que repentinamente se percató que tocaba el piso con los pies, y luego todo dejó de dar vueltas. Vio entonces a la señora mayor y a una niña de unos siete años. Imagino que sería ella con su abuela.

La niña estaba tendida en su cama, la misma en la que duerme actualmente Florencia, la hermana menor de María, y en la que María dormía cuando era pequeña. Su abuela, estaba sentada junto a la cama con un libro en la mano. Sobre la mesita que estaba junto a la cama había un termómetro, unos remedios y una cacerola con agua y unos pañuelos.

-Me lees otro abu,- dijo la niña con la voz ronca.

-Bueno mi amor, pero primero tomate el remedio,- le contestó la abuela.

-¡Uh! Está bien,- contestó la jovencita y de mala gana se tomó el remedio.

La abuela apoyó el frasco de la medicina y comenzó a leer. El cuento se le hacía familiar, pero sólo veía la tapa amarilla del libro. Se acercó con cautela hasta que pudo leer el título, " 100 cuentos para leer antes de dormir" su abuela se los había leído cientos de veces.

Se sentó y escuchó la historia. Le llamó la atención que nadie se percatara de su presencia. Cuando el cuento terminó quiso apoyarse en la abuela para levantarse, pero no solo la atravesó a ella, sino también a la cama. En los único lugares en el que pudo sujetarse fueron el piso y las paredes, entonces comprendió, nadie se percataba de que estaba allí por que ella era invisible.

Repentinamente, todo empezó a girar nuevamente. Cuando pudo ver donde estaba, adivinó que ella era invisible. Vio una escenografía que ella recordaba muy bien.

Calculó que si había sido seis años atrás, ella debía tener diez años. María había hecho teatro en el colegio y habían representado "El barbero de Sevilla”. Se dio vuelta y se vio disfrazada con su abuela. Ella la felicitaba.

-Estuviste re-bien,- le decía una y otra vez mientras la abrazaba con mucho cariño.

Todo giró otra vez, y al rato volvió a aparecer en otro lugar. Era la casa de su abuela. Ese lugar era inconfundible, las fotos de los nietos por todos lados, ese calorcito hogareño, ese lugar en el que siempre uno es bienvenido. Ahí estaba ella, sentada a la mesa con su abuela, jugando, cuando no al tutti-fruti. María tendría unos catorce años.

-Te gané otra vez,- decía María feliz.

Durante años la abuela le había ganado una vez tras otra. Pero a partir de entonces sería diferente. María ya escribía más rápido, y la abuela ya no debía esperar cuando completaba la línea.

María se sonrojó justo antes de que todo empezara a girar nuevamente. Entonces todas estas imágenes se sucedieron velozmente en su cabeza.

Luego sintió que era propulsada rápidamente hacia el exterior. Se sintió feliz, y a la vez triste. Recordaba a su abuela con mucho amor. Sus recuerdos la hacían sentir viva, pero a la vez extrañaba mucho su presencia en este mundo, sus consejos y sus enseñazas.

Al instante, volvió a ver el puente que cruzaba el río Davita, estaba sano, ni una mínima seña de haber estado roto alguna vez. Presupuso que era otro recuerdo, pero allí no había nadie.

Pensó entonces en apoyarse en el viejo árbol junto al camino, si podía apoyarse todo había vuelto a la normalidad, si no era así, era otro recuerdo. Al acercarse consiguió tocarlo y apoyar sus manos en él, acariciar sus hojas y hasta arrancar una flor. Vio una piedrita en el suelo y la recogió. Escribió con ella el nombre de su abuela en el tronco del árbol y colocó junto a él la flor.

Luego levantó su mochila, cruzó el puente y continuó su camino hacia la torre del reloj. Cuando llegó, sus amigas las estaban esperando. Todas eran las mismas que habían salido del colegio, menos ella. Ella sabía que, aunque su abuela haya muerto un mes atrás, había algo que nadie podía sacarle, sus recuerdos.