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Cuéntanos tu vida

Remembranzas, VII

CASI UNA AUTOBIOGRAFIA...Te invito a sonreír un poco...

Por esa época conocí lo que en aquel entonces era la zona roja, donde había un billar, cuyo dueño o encargado era una tal Don Cuco, mismo que al vernos llegar no sabia si corrernos o aceptar las pocas monedas que llevábamos para jugar una “mesa de billar” generalmente optaba por lo segundo, y al grito de “Bolasss, Don Cuco” se aprestaba a llevarnos las bolas para jugar,  grito que se hizo famoso en la clase media de Tepic, sobre todo cuando pasaba algo, lo que fuera , de manera intempestiva...Bolasss!!  Don Cuco!!

 No se como (si se) se enteró la Policía Municipal y periódicamente hacia “razzias” llevándose a varios que no podían justificar su mayoría de edad.

En una de esas acordadas me toco estar dentro de ese antro y lo primero que se me ocurrió fue meterme al baño y no se como (era de baja estatura y muy delgado) acomodándome encima del  deposito de agua de un baño que estaba en la parte superior y que por medio de una cadenilla se desaguaba, ahí me acomode, acurrucándome lo mas que pude y al llegar un policía y abrir la puerta pues es lógico que no me vio por no voltear  hacia arriba.

Uffff!!.  ¡Qué susto! 

Ahí conocí a un gran jugador de billar de nombre Ramiro Galeana, quien prácticamente vivía del juego, era un gran aficionado a la navegación y tenia su lancha en San Blas, pues el era nativo de ese bello puerto. (Años después desposó con una prima hermana mía Consuelo Algarín, hija de mi tío Manuel Algarín, hermano de mi Padre.)

 Breve paréntesis para contar una de tantas anécdotas de mi “Nina” quien aun cuando Uds. no lo crean, en los desfiles 16 de Septiembre, 20 de Noviembre y algún otro, nos acompañaba a mi hermano Héctor y a mi al mismo paso, y casi sabia los movimientos de las evoluciones que teníamos que hacer, sobre todo yo, que por mas delgado y hábil, parado sobre unos polines de madera, hacer acrobacias sobre los hombros de mis compañeros mas altos y fuertes que yo.

Pues bien, ella llevaba un especie de recipiente (bule) con agua fresca de Horchata de arroz o  de Jamaica y en los breves descansos en el  que marcábamos el paso   se atravesaba en la fila para  darnos unos sabrosos tragos de agua fresca!!!! ¿Qué tal?

En esos desfiles se contrataban unos camiones con la plataforma únicamente,(sin redilas)  y en la parte posterior se adaptaba los postes donde se les añadía  las canastas para hacer un simulacro de juego de basket. 

Ahí era donde la gloriosa Escuela Secundaria se lucia pues realmente contaba con muy buenos elementos para este difícil deporte.

Sobresalían por supuesto los de Acaponeta, con Gamboa, Carlos Mallorquín, Joel Infante  y un jugador muy bueno, este  de Santiago al cual apodábamos “El Pichas”, por la gran cantidad de espinillas que tenía ¡que realmente parecían pichas de tan grandes!

 Como anécdota , un muy buen estudiante de San Felipe Aztatan, del Municipio de Tecuala,  Rafael Díaz Mallorquín, magnifico amigo que hizo una brillante carrera en la Ciudad De México y por sus dotes de buen político y su reconocida Bonhomia, llego a ser Presidente Municipal de su terruño y  desde tiempo inmemorial el reclamo de los habitantes de Tecuala era contar con un puente que les permitiera el paso hacia la orilla opuesta del Río Acaponeta hacia la margen izquierda donde se localiza un gran ingenio azucarero llamado El Filo, y durante su gestión  a  través de amistades en el centro de la República por fin se hizo realidad dicho puente  quedando ante sus coterráneos como un gran Presidente.

Desgraciadamente al año siguiente de su inauguración y al tener dicho río una inundación no esperada que fue de tal magnitud que el Río modificó su cauce ¡y el puente quedo fuera del susodicho río!   ¡Qué poca “madre”...del río! 

En esas épocas se verificaba un gran baile en Acaponeta que se llamaba de Blanco y  Negro, en el cual los caballeros íbamos de riguroso traje negro y las damas de vestidos blancos, todo unas verdaderas creaciones de la moda en esa época , generalmente tenia lugar en el mes de Noviembre de cada año y era un acontecimiento realmente de mucha fama en el occidente de la República, pues la mejor sociedad, no nomás de Acaponeta sino de estados vecinos, Sinaloa, Sonora, Jalisco, Durango, Zacatecas, Colima, enviaban a sus Embajadoras, muchachas realmente hermosas representando las Ciudades mas importantes  de sus estados .

La presentación de ese ramillete de bellas damas estaba a cargo de un Maestro de ceremonias, el Locutor de mas prestigio en el estado el Sr. Roberto Mondragón, ya conocido nuestro que no le faltaban elogios al presentar a cada una de tan bellas exponentes femeninos.

Ver ese desfile de féminas valía la pena asistir a dicho Sarao. Se contrataba a una orquesta de gran fama de la Ciudad de México, la de Luis Arcaraz fue una de las que me toco escuchar....y bailar a sus ritmos.

 Encargados de la decoración de tan magno evento eran dos personajes de la pintura conocidos por el gran despliegue de imaginación que exhibían, pues tapizaban de un papel especial todo lo que eran las paredes del gran centro social del Astoria Club con temas como “Una noche en Bagdad”...o “Safari en frica”... los autores “Chinto” Parra y Julio Casillas Larios.

 Pues bien...estando ya para finalizar el ultimo grado de la Secundaria pedimos permiso a nuestros respectivos padres, me refiero  al Dr. Jesús Gómez Estrada y  a mi Padre para asistir a dicho baile, y como nos fue concedido, pues allá vamos, a Acaponeta.

No me fue difícil conseguir un traje pues el Dr. Chan, vecino nuestro y gran amigo de mi papá, me presto, no, que digo, me regaló un traje que era precisamente de mi enjuta talla, pues debo decir que nuestro querido Dr. Chan era un hombre de baja estatura (la cual suplía con un gran corazón ). 

Puntual a la cita llego a mi casa el joven estudiante compañero mío Jesús Gómez de los Ríos, elegantemente vestido de negro, y de ahí silbando de contentos nos dirigimos al Baile ese tan mentado.

Que se verificaba precisamente a espaldas de mi casa paterna. Mi papá me acababa de regalar un reloj, no recuerdo la marca, pero me sentía feliz cuando menos de saber la hora en que vivía.

 Pagamos el coste de la entrada, y al no tener recur$$os para reservar una mesa, nos dirigimos directamente a la barra y pedir ahí, a un conocido nuestro de color “serio”, pues se le conocía por el apodo de el “Azabache” por lo “negrito” de su piel que  hacia las veces de bar-tender dos “cubitas” y estar a la expectativa de iniciar el desfile de las bellas damas Embajadoras.

 A una distancia cercana a nosotros nos dimos cuenta de la presencia de unos jóvenes  de la vecina Ciudad de Tecuala, enemigos acérrimos en cuanto a que ellos venían a tratar de conquistar a “nuestras” bellas Gardenias, como así se les conoce a las lindas muchachas de Acaponeta.

Ellos sí, estaban cómodamente sentados en su mesa, mesa que compartían con otros de sus coterráneos, y al vernos llegar y pedir nuestras bebidas, dos de ellos sigilosamente se levantaron y al pasar por nuestro lado uno de ellos arrojó el resto de su cigarro todavía encendido precisamente en el vaso recién servido  de mi amigo Chuy (que así le llamada de amistad) los dos, tanto Chuy como yo vimos de reojo esa acción, y pues como no era mi vaso, me hice el disimulado...

Cuando Chuy trató de tomar de su vaso y al ver aquello me increpó violentamente  preguntándome, ¡Oyee! ¿Qué es esto? ¿Quién hizo esto?... Le preguntó también a nuestro querido  “Azabache” y él ni se molesto en contestar...

 Con toda calma le dije, mira Chuy tu sabes muy bien quien te lo aventó y ahí están, en el baño. 

Chuy se puso histérico y me dijo ¡vente!  Van a ver estos hijos de su....etc....yo, acostumbrado a frecuentes riñas, pues empecé por aflojarme la corbata, me quité mi reloj y me desabroché el primer botón de mi camisa, y no se si hice una o dos flexiones de mis piernas preparándome pues a una sangrienta batalla...llegamos al baño, los vimos, Chuy se adelantó y tocando con singular brusquedad el hombro del culpable le increpo.....¿tú tiraste tu “bachicha” en mi vaso?....interrumpiendo así la evacuación que hacia el interfecto de su vejiga....contestó..... ¡Sí!  ¡Y qué! 

Yo, a cierta distancia preparado a todo y con una cantidad enorme  ya de adrenalina circulando  en mi torrente sanguíneo  estaba  listo para empezar una doble pelea, pues su acompañante también noté que estaba ya listo. Y la sorpresa que me lleve fue mayúscula, pues Chuy....calmadamente le dijo...... ¡pues no lo vuelvas a hacer! Y dando media vuelta, me comentó, ¡ya vámonos!   (¿?)

 Esto que les cuento paso realmente y hasta la fecha no me explico porque ese cambio súbito de conducta, pues Chuy era muy bueno para los pleitos, y pues  me imagino que los quiso “perdonar”. Nunca se comentó ese incidente en el futuro.

Así que nos regresamos a nuestros lugares en la barra y pues, ¡a bailar!

 Mi papá era propietario de un predio rústico de nombre “EL Corral Falso” en un barrio que se llama El Cerro, que eso era , un cerrito que colindaba con el Río Acaponeta, que tiene una vista preciosa pues se ve el puente del ferrocarril, el río, y todo un panorama donde se aprecia el inicio de la sierra cuyo frontispicio es un cerro de nombre “Cacahuatal” y en los atardeceres maravillosos refulgía una gran mole pétrea que daba la sensación de estar en otro mundo por reflejar los últimos rayos solares  con unos colores iridiscentes. 

En la  ladera opuesta del cerro mi papá construyo  una pequeña casita que él personalmente dirigió su erección, era una casa sencilla , con dos recamaras, cocina y un pequeño baño.

Se llegaba a ella por medio de una escalera, y al inicio de la misma una fuente de agua con un pequeño puente en donde había peces de colores traídos de Michoacán  muchos años antes, en una convención de Rotarios  a la cual habían asistido.

 En centro de dicho predio había un tronco desde tiempo inmemorial, quizá de una ceiba gigantesca. Se le habían hecho muchos intentos para quitarlo, pero , ni el hacha, ni el fuego lograban hacer desaparecer dicho resto vegetal.

De tal manera que cada vez que yo estaba en Acaponeta, como reto personal hacía todo lo posible por que desapareciera sin lograrlo, callos me salían en las manos al usar una hacha ¡y nada!

En una ocasión y recién llegado de Tepic se me ocurrió hacer un recado con la vieja maquina de escribir de mi Papa, una Oliver por cierto, al Sr. Luis Chávez Barahona, única persona autorizada para vender cartuchos de dinamita, fulminantes, y mechas, autorizando “ a mi hijo Pepe, para que se le entregara un cartucho de dinamita  con un metro de mecha y los fulminantes respectivos, material que yo pasaría a pagar en la brevedad posible”, así falsificando la firma de mi papá me hice de dichos materiales.

Pues según yo ya tenia la experiencia necesaria para el manejo de tan peligros explosivo. (Acuérdense de mis clases de pirotecnia con mi gran amigo “El Chango”).

 Así armado me dirigí al “Corral Falso”, llegue hasta donde estaba aquel reto que durante años me había desafiado ganando siempre la batalla por su existencia.

La estrategia que use fue conseguir una barra de regular tamaño de tal manera que pudiera llegarle al corazón mismo de tan porfiado tronco, así, con un marro, el cual me sirvió magníficamente  y después de algunos minutos logré penetrar aquel intrincado laberinto de raíces y por medio de este agujero prepare con mucho cuidado todo el cartucho de dinamita aplicándole el fulminante adaptado a la mecha y logre introducirlo hasta el fondo.

 Hecho esto hice una especie de lodo el cual fui metiendo hasta dejar completamente sellado el agujero aquel, quedando de una manera hermética la boca de aquel agujero, que ya no era mas,  y me esperé unos minutos, pensando y calculando el tamaño y la magnitud de la explosión.

 Por fin me animé y encendí la mecha, mecha que tenia un poco mas de un metro de longitud.

Haciendo esto corrí a una distancia para mi prudente y a esperar...pasaron los segundos ...los minutos y nada de explosión...no quedaba más que esperar...me  acerque un poco ¡y nada! 

Ni siquiera se veía humear...al dar unos pasos mas sentí que la tierra temblaba y al unísono se oyó una sorda pero tremenda explosión que casi me tumba, ¡y ahí estaba! Lo que quedaba del tronco, ¡completamente a ras del suelo! ¡Lo había logrado!

 Asustado pero contento vi mi logro realizado.

Con orgullo invité a mi papá esa misma tarde a que viera mi hazaña esperando un reconocimiento y lo que me resultó fue todo lo contrario, una tremenda regañada de mi querido Padre.

 

José B. Algarín G.

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