Pequeñas histeriqueadas femeninas

Consejos para amar a las mujeres… aunque no logres entenderlas

El término histeria proviene del griego hysteron, que significa útero. Y los hombres llamamos histérica a esa mina que le gusta coquetear  con cuanto mancebo se le acerque, o entablar conversación “inocente” con tipos que le demuestran más ganas que el ratón al gruyere, y obviamente rechazarlos si viene la invitación concreta que ella, con cara de “yo no fui”, provocó.   

Hacen el juego del torero pero sin estaca, y cuando el animal humano se lanza hacia el trapo rojo le dedican un mágico “¡olé!”. Y le dicen que siga participando.  

Toda mujer es como esa madrastra de los cuentos infantiles que vive preguntando: “espejito, espejito, ¿quién es la más linda del reino?”.  Pareciera, pues, que necesita sentirse elegida constantemente, saber que si quisiera los podría tener a todos  a sus pies, como Cleopatra, aunque pretenda a uno solo, el mejor, el que la salve de esa tentación.   

Ahora bien, su coqueteo sutil o grosero no hace sufrir a nadie mientras está sola, pero cuando consigue novio y sigue con la misma costumbre, comienzan los problemas. 

Porque el macho de América que consiguió, es decir, el “divino” que ha asumido la ardua tarea de decirle todos los días que es la única bella del universo, devendrá en un pobre ingenuo si cree que por tenerlo a él, va a dejar de histeriquear.   

Vivirá amargado o peleando si no sabe que inevitablemente son actitudes típicas de una mujer: 

1) Memorizar los piropos que le dicen en la calle, desde los albañiles y tacheros hasta los profesores de filosofía, y cuando está cenando con su marido contárselos riendo como si fuera una gracia.  

2) Ir a una fiesta con su pareja y ponerse a charlar con un ex, que está invitado, el cual no deja de contarle su vida actual, y ella escucha tan interesada como si él fuera Einstein explicándole la teoría de la relatividad.

3) En reuniones de amigas, delante de su Romeo, le resulta normal  afirmar que es la alumna preferida del profesor de salsa. E insiste en ir a bailar sola con sus amigas.

4) Contestar todos los e-mails de admiradores desconocidos de los cuales recibe frases que hacen saltar la térmica del edificio.

5) En el cumpleaños del cuñado, luego de sentir la mirada de un vecino perforándole el vaquero,  como si nada, le es obvio  preguntarle a ese extraño si alguna vez viajó a Europa.

6) Sonreír de oreja a oreja ante comentarios intencionados de compañeros de oficina o del plomero, y nunca tener miedo a quedarse a solas ni con el sátiro de la tenaza.

7) Y obviamente usar remeras escotadas y polleras de calce profundo,  que levantan la temperatura de la corteza terrestre.

En síntesis, un flaco que no es capaz de soportar la histeria femenina, no debería formar pareja.  Por el contrario, hay que satisfacer sólo lo que ellas piden, ser amadas, no entendidas.

Lo contrario significaría entrometerse entre su desesperada pregunta y ese espejito maldito que se niega a calmarlas para siempre.

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