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Salud de la mujer

Mi marido está enfermo

Las enfermedades en los hombres, aunque tengan los mismos signos y síntomas que en las mujeres, tienen una repercusión diferente, que hasta ellos mismos reconocen.

Por mínima que sea la afección, comienzan demandas inagotables, quejas, pedidos de.... afecto, que así deben ser comprendidos, pero que remiten a una realidad psíquica diferente a la de la mujer.

Freud decía que en la simple cavidad de una muela podía encontrar toda su alma. Se trataba en realidad de una caries.

Nosotras cargamos las situaciones y los diálogos concretos de sentidos afectivos a veces ligeramente distorsionados por demandas propias a la femineidad, que nos son reiteradamente conocidas (no me escucha, no me habla, no participo, etc...).

Los hombres consideran que los hechos prácticos, cotidianos y fáciles de resolver, se resuelven en forma práctica, y sin vueltas ni vaivenes dialécticos.

Ellos cargan, en cambio, con temores, terrores y requerimientos ubicados en cada línea de fiebre o cada pequeño dolor, aunque nosotras sepamos que provienen de un resfrío común o un simple esfuerzo en el deporte.

“Tengo frío, necesito otra frazada, tengo dos líneas de fiebre, quédate conmigo....” hasta que llega el: “Quédate conmigo, no me dejes, protégeme....”.

Van a venir los otros, los potentes, los útiles al clan y a la supervivencia de la especie.

¿Afecto, temor, necesidad, repetición? Actualmente, para la mujer que trabaja, este requerimiento es imposible de cumplir, y resquebraja automáticamente la unidad de la pareja y la autoestima varonil, hace sospechar el desprecio y la irritación femenina, y por ende reafirma los reproches que se van gestando en la conciencia, en el inconsciente, en el preconsciente femenino, que automáticamente piensa y reprocha, aunque sea para si misma: “¡Cuántas veces estuve Yo enferma, no te ocupaste de mi, y encima tuve que hacer todo lo que me correspondía!”

Los hombres tienen dificultades para enfrentar la enfermedad. Y no hablamos de grandes enfermedades, sino de pequeñas ñañas como resfríos, dolor de muelas, acidez. El varón proviene de civilizaciones en las cuales la primacía de la potencia y de la fortaleza representan la posibilidad de proteger a la tribu, la familia, la progenie.

Si analizamos loas reacciones desmedidas y los requerimientos masculinos en esos términos, aparece una mayor coherencia en los reclamos, que no implican solamente un caprichito de nene mimoso, sino reacciones atávicas relacionados con la supervivencia de la especie.

El hombre considera que la masculinidad maneja y mantiene la vida. Hembras para procrear hay muchas, varones idóneos no tantos.

En el mundo animal estamos más acostumbrados a la lucha de los machos por la supremacía, que obtiene como premio la manada, el territorio, la piara, el cardumen, la bandada. 

Todas situaciones de “sociedades” biológicas, donde la relación 1 a 1 entre hembra y macho para formar una familia no está presente.

Para la correcta reproducción, es decir la continuidad de la raza y la conservación de la especie, es indispensable que funcionen los instintos de autoconservación, en este caso en el ser humano, y gana el que se mantiene vivo y saludable, el que podrá reproducirse y cumplir sus obligaciones biológicas.

Una enfermedad es sentida, y por ende vivida como un ataque directo a la supervivencia del individuo del clan, o a su reemplazo.

Podemos entonces comprender que un ataque mínimo a la integridad física del varón, será sentida por é con un terror atávico que puede llevarlos a una situación de pánico real. Y, contra el pánico, el remedio más efectivo es la compañía.

Madre-esposa funcionando como acompañante terapéutico, todo vale menos temer el fin de los tiempos. Esto no es cobardía, es temor a la vulnerabilidad. Y un hombre vulnerable es una carga para su especie.

Los hombres no son débiles. Débiles somos las mujeres, aunque la sociedad nos lleve a cumplir roles y funciones que a veces también elegimos.

El hombre protege. Si se siente gravemente enfermo, no reacciona de este modo. Es probable que niegue, por su estructura psíquica particular, pero es más probable que calle, y cree una situación legal ordenada y útil para quienes hayan dependido de él.

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Silvia B. Celcer
Medica Psiquiatra

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