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Mujer

Las mujeres en el cine, o ¿qué quieren las mujeres?

El cine, esporádicamente, nos ha mostrado una mujer distinta a la tradicionalmente aceptable y esperable...

Tal vez un pionero fue Buñuel con su Bella de Día, y con Ese Oscuro Objeto de Deseo, allá por los sesenta y setenta, y luego Bruno Barreto adaptando la novela Doña Flor y sus Dos Maridos.

Otras películas han desafiado el estereotipo amable de mujer madre como Las Horas, de Stephen Daldry, Closer, de 
Mike Nichols, Dos Días en Paris, de July Delpy, Mujer de Lujo, de Pierre Salvadori, y podría continuar citando films que nos enrostran, como una pedrada en el ojo (a los hombres) el peligroso, inquietante deseo femenino.


Los hombres vivimos convencidos durante (por lo menos) cinco mil años, que el macho en sus vínculos de pareja, estables o casuales, podía separar el enamoramiento platónico  de la pasión, o sea, querer a una mujer y desear a otra sin un sentimiento mediante, (la famosa disquisición, es para casarse, o es para una noche) pero que ellas no tenían esta particularidad propia del reino al que pertenecemos, si no que sólo se “entregaban” por amor. Y que nuestro pene les dejaba una marca como la del estanciero a la vaca.


Pero, como cantaba Silvio Rodríguez, se ha perdido mi huella en tu mar.

Las pantallas de cine y televisión hoy nos reflejan otras imagenes menos tranquilizantes y más realistas.

En el ciclo televisivo Resistiré, de gran éxito hace cuatro años,  una chica muy joven (Romina Ricci) que tiene como padre y hermano respectivamente a los personajes interpretados por Hugo Arana y Pablo Echarri, inicia un romance de gran intensidad erótica con su jefe o gerente, al cuál le advierte en una escena, mientras lo besa con pasión, que ella tiene novio, y que ese novio es el hombre de su vida, que no se confunda, que con él es “otra cosa”.

Y la protagonista, (Celeste Cid) no se acostaba primero con el héroe (Echarri) sino que antes perdía el mítico himen con el mega-villano de la historia (Fabián Vena), y el programa rompía las mediciones de  ratings igual. Y me abuela no me avisó nada de esto que se venía.


¿Y POR EL CINE LAS COSAS CÓMO ESTÁN?

Dos películas, además de las que mencioné, se acercaron en los últimos años al tema del peligroso e inquietante deseo femenino (inquietante para nosotros, los hombres, inventores de la masculina razón, el pensamiento lógico).

Esos films son: OJOS BIEN CERRADOS de Stanley Kubrick, e INFIDELIDAD, de Adrian Lyne.

En esas historias , dos mujeres distintas (una casada con el buen mozo de Tom Cruise y la otra con el sexy Richard Gere, ambos profesionales exitosos en la ficción también) manifiestan sentir la pulsión irrefrenable de acostarse con otro que nada hizo para conseguirlas y que no tiene ninguna virtud en especial (¿una vez en sus vidas? ¿Varias? ¿Todos los días? ¿A cada minuto?) .


 Es cierto, aclaremos, que hay una diferencia argumental entre esas dos obras, ya que en el primer caso (OJOS BIEN CERRADOS)  la esposa sólo le confiesa al marido tardíamente su deseo por otro hombre y un sueño de abandonarlo  no cumplido en el pasado,  y en la otra película, (INFIDELIDAD)   la fantasía se hace realidad.

En las dos historias las dos señoras de su casa afirmaban amar sinceramente a sus maridos......pero deseaban irrefrenablemente  a otro.

Se trata pues de dos matrimonios felices, sin desavenencias, con hijos amados y ausencia total de problemas económicos ni familiares o de salud. Es decir, una vida perfecta, una familia soñada.

Pero.....¿soñada por quién, para quién, en relación a parámetros establecidos por quién ?.


OPEN YOUR EYES


En OJOS BIEN CERRADOS, la última realización de Stanley Kubrick, Nicole Kidman protagoniza a una ama de hogar bien constituido que   en una fiesta conoce a un dandy maduro que la galantea,  y ella se siente turbada por esta situación.

Al comentárselo al anochecer del día siguiente a su esposo, éste muy seguro le responde que sabía que ella no iba a acceder a ese libertino porque la conoce y sabe que ella no es de esa clase de mujeres, ya que es su esposa, y  la madre de su hija. 

Entonces, ella ríe a carcajadas, evidentemente angustiada, y enojada, herida en su narcisismo, y le cuenta que un año antes, en un viaje en barco que hicieron los tres, ellos y su pequeña niña, ella vio pasar un marino que era también pasajero, por la cubierta del crucero, y aunque nunca intercambió palabras con el mismo, no podía dejar de pensar en él.

Desde el discurso, le asegura al sorprendido conyuge, que de haber él (el marino en cuestión)  intentado tener un romance con ella, ella hubiera aceptado y dejado todo lo que la ataba a su familia,  para seguirlo.  Y que sin embargo, ese era el momento en el que más lo amaba a su esposo. 


La película sigue narrando entonces qué le sucede a él con esta insospechada confesión ,  que insólitamente lo mueve a intentar una infidelidad real a toda costa como venganza con la primera mina que se le cruce.  

Como un paria, un ser sin patria, un astronauta despedido de la nave en un plantea inhóspito, Tom Cruise se derrapa, vaga por la noche involucrándose en situaciones cada vez más embarazosas, con otras mujeres que comienzan a desorientarlo más aún en su pregunta por lo femenino. Y casi pierde la vida. Pero su paz sufre estragos, desvastación y se derrama por un surco sin fin.


DE LA MUERTE Y DE LOS CUERNOS....


En la película INFIDELIDAD la dama choca casualmente en la calle con un joven de aspecto cotidiano, con el que terminará, tarde o temprano,  haciendo el amor en su departamento y engañando a su marido, personificado por Richard Gere.

A todo hombre le ha pasado alguna vez, ya sea apuesto o más feo que el lagarto Juancho, que una mujer casada o con novio, se le tire un lance.

Si la chica es muy joven,  como la actriz de la telenovela de Telefe que menciono, nos sorprende porque apenas le preguntamos nos cuenta que no se lleva mal con el novio, es más, nos informa que  los dos ya tienen fecha fijada de casamiento, y cuando en la vida real conocemos al pibe, descubrimos en él a un galancete de primera, de esos que le quitarían el puesto a Bradd Pitt en cinco segundos si lo viera Martín Scorcese. 

Y si se trata de una señora madura la que nos quiere llevar al lecho,  tambíen nos deja con la boca abierta cuando  nos asegura serenamente que no  riñe casi nunca con el marido, sino que por el contrario lo ama y tiene una relación fogosa con él, el cual pese al paso del tiempo no ha perdido la costumbre de llevarle el desayuno a la cama, todos los días, con una rosa roja fresca.

Aquello de “hace años que no nos hablamos”, “dormimos en camas o habitaciones separadas”, “estoy con él porque no me animo a separarme”, no aparece en su relato. 

Entonces nos ahorca una pregunta: “¿por qué se quiere acostar con nosotros si él, su marido, como diría mi abuela, la está cuidando?”...

Ante una situación así, muchos hombres hacen “palo y a la bolsa” y no se cuestionan el porqué. Disfrutan que la Providencia les regala ese bocado fresco de lomo sin haber hecho nada para merecerlo.

Actúan como el afortunado caminante que encontró una billetera perdida   en el piso, abultada por el sueldo que un pobre infortunado acababa de cobrar y le dan curso al dinero sin el menor remordimiento.

Otros, aceptando o no el regalo del cielo, tendemos a preguntarle a la bella que insólitamente nos elige como amantes, a qué se debe su generosa actitud hacia nuestra simplísima y mortal existencia, ya que no somos famosos ni tenemos plata ni belleza ni popularidad de bien dotados físicamente ni le ofrecimos nuestro riñón para un trasplante ni hicimos todos los sacrificios que seguramente hizo su esposo como parte habitual de la convivencia con ella.

No cumplimos con ninguna de las necesarias condiciones del aconsejable satisfacer sus requerimientos inmediatos.

Ella difícilmente nos devuelva de este caos ontológico a la mágica seguridad dándonos la respuesta que racionalice las pulsiones, que le de un poco de Yo,  al Ello que nos despliega sin remordimientos.


Pero lo que verdaderamente nos angustia de su postura, a unos u a otros,  es esa declaración de que tienen una buena relación con sus parejas, de que él, el otro en cuestión, ése que mañana podríamos ser nosotros mismos, está haciendo las cosas bien, y sin embargo le están por meter los cuernos sin piedad.

Y ese deseo femenino imprevisto hacia nosotros, y repetido más de una vez con distintas mujeres sin explicación, lejos de ser vivido como un guiño de Dios, termina convirtiéndose en  una insoportable sensación de que no hay certezas ni garantías. 

¿PERO… QUÉ LES PASA A LAS MUJERES?


En otra película, LO QUE ELLAS QUIEREN, Mel Gibson cree disfrutar del privilegio de escuchar el pensamiento femenino y ve en eso una gran ventaja.

Estoy seguro que muchos varones que vieron el film envidiaron esa cualidad.  Pero la ficción que es propia del ingenio autoral no se basa en este artificio que le da una supuesta chance extra al héroe, sino en proponer al público la ilusión de que la mujer actúa en función de una secuencia lógica: sentir, pensar y hacer. 

Y de que ella va a amar más al hombre que, cual genio de la lámpara que frota, le conceda sus anhelos.


Nada que ver.


La represión ancestral de la que sobrevive escapando por la ventana,  ya se ha encargado de que ella sienta una cosa, pienso otra y haga la tercera.

¿No sería entonces una tortura conocer esos deseos complejos que nunca se llevarán a cabo?

¿De qué le serviría a Romeo (al cual Julieta ama sinceramente y lo considera el hombre de su vida) enterarse gratuitamente por el sólo hecho de escuchar los pensamientos de ella, que su futura esposa siempre estuvo enamorada de su tío Martín pero que nadie lo supo porque había un impedimento familiar, carnal, de sangre, que hubiera hecho imposible esa unión?

¿Qué utilidad tendría para Kent saber que Barbie guarda entre sus ropas la foto de otro al que pudo elegir y de cuyo rostro en fotograma no se ha deshecho nunca?


REFLEXIONAR CALMA LA ANSIEDAD...UN POCO

Y es allí cuando empezamos a reflexionar que la manera de ser hombre o ser mujer son hechos del lenguaje, una función simbólica, una construcción cultural, un rol social, que trata de cumplir en cada caso con lo esperable para el género.

Nosotros los humanos, mujeres y hombres, somos animales dentro de la escala zoológica, pero una clase de animales muy particulares, puesto que no estamos gobernados por el instinto, sino por eso que Freud descubre como “pulsión”, y a partir de la cual todas nuestras necesidades se articulan al goce.


Somos eso,  animales simbólicos que se angustian, atravesados por el lenguaje que nos preexiste, buscadores inclaudicables movidos por el deseo. Un deseo que no siempre se satisface con los socialmente esperable, un deseo además, que a  veces “no desea satisfacerse”.

Un deseo que no se cancela y que no tiene nombre, ni lugar, ni tiempo ni destino. Es puro deseo y punto. Es la sensación de que siempre falta algo.

Esto tiene consecuencias fundamentales en todos los actos de nuestra finita existencia, ya que vivir constituye una ininterrumpida toma de decisiones, y cada una de nuestras elecciones estarán influidas por nuestra exclusiva manera de desear y de gozar, y a esta situación no escapa la elección de nuestro objeto de amor, de nuestra pareja (¿momentánea inevitablemente?).

Y es así, que como seres únicos e irrepetibles, del mismo modo son únicas y propias las características que determinan nuestro goce y nuestro deseo. Esto evidencia que somos distintos, diferentes, irremediablemente, los unos de los otros.

Esto de las diferencias es un concepto muy caro a la cultura y representa uno de los aspectos primordiales de su permanente “mal-estar”.

Pensemos solamente en los exterminios y guerras motivadas por diferencias religiosas, étnicas, ideológicas, económicas, etc., y cuyo propósito no es otro que eliminar lo diferente, suprimir la diferencia, hacer desaparecer lo particular y lo individual, en tanto esto siempre constituye un peligro latente contra el orden establecido, las instituciones que lo aplican y controlan y los sistemas que lo sostienen.

La diferencia pone de manifiesto que algo falta, y la falta se hace insoportable, y de alguna manera hay que velarla o acallar aquello que la denuncia. Lo femenino, encarnado en la mujer, es el paradigma de lo diverso, lo altero, lo héteros, que cuestiona el ordenamiento fálico del mundo (¿masculino?).


La mujer del 2008, a sabiendas o involuntariamente, se hace popó en algún momento de su vida en la corsetería cultural que le han impuesto, y cuando todo parece perfecto, cuando su tensión interna  debería llegar a un equilibrio permanente, la tan nombrada homeostasis, aparece el incómodo, el peligroso deseo de la mujer.

De allí, que lo femenino tanto como el deseo, emergen como “inquietantes”, aquello que pone en duda todo saber, toda certeza, toda garantía, todo arquetipo.


¿HAY ESPERANZA, DOCTOR?


La pareja, la del amor, es la unión imposible de lo diferente con la ilusión de completitud unificadora, y allí convergen el deseo, lo femenino y lo masculino. Genera la fantasía de que Ella es un espejo que le devuelve la imagen de lo femenino que él tiene de si mismo, de esa parte de mujer no reconocida si no ahora si, pero a través de nuestra mirada puesta en ella.

Sin embargo, no es más que una suposición bellamente reflejada en la poesía, mientras que el amor sigue siendo un complejo imaginario, un zeppelín suicida, un almacén en el que él y ella se sirven de sus imposibles (al decir del genio francés que aseguró que amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es).


Justamente por eso, en otro film, Todos Dicen Te Quiero, Woody Allen se desespera por darle a su amada Julia Roberts todo lo que ella manifiesta desear en la vida, y cuando ha cumplido totalmente con esa tarea......ella lo abandona.

Imaginen entonces, la complejidad que supone este encuentro. Un encuentro que ni tiene éxito en la serie ¡THE L WORD!

Lo perdurable, lo previsible
, ya no pertenecen a lo femenino. Durante siglos y siglos ella ha sido maniatada por los hombres para que pueda brindarles estas sugestiones aún a costa de su vida, si era necesario. 

Pero ahora la sociedad machista se hunde irremediablemente como el Titanic, y hace agua por todos lados.

Y Eva, cada día, pacientemente vuelve  a lustrar la manzana   para lograr, incluso contra su voluntad y a costa de su propia angustia,  interrumpir la siesta eterna del desorientado Adán, ese Flash Gordon de historietas que ya nadie lee,  y que a veces se duerme con un ojo abierto,  vigilando absurdamente que  no suceda lo inevitable.

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