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La ratita presumida en el reino de Hámelin

Hace muchísimo tiempo, cuando los hombres no eran como ahora y los que había se relacionaban con los animales, había en la actual Alemania, cerca de Bremen, una ciudad llamada Hámelin…
  
  

Era un lugar
precioso, con casas de piedra y madera, con sus tejados de negra pizarra,
un campanario en la iglesia y un reloj enorme en el Ayuntamiento, que daba
siempre las horas con notas musicales.

A los
habitantes de Hámelin les gustaba mucho la música y ese amor por la música
hizo que acudieran al lugar muchos animales que vivían pacíficamente con los
humanos.

Tenía el reloj
del Ayuntamiento unos muñecos con figuras humanas y de animales, uno diferente
para cada hora, que salían a saludar a los que se acercaban curiosos a la plaza
del ayuntamiento y les decían:

– hola que tal
estáis.

Normalmente
eran los niños quienes esperaban que saliesen, los cuales se reían de los guiños
que hacían los muñecos al dar las campanadas, y es que no eran tales muñecos,
sino hombres y animales disfrazados de muñecos que se turnaban para dar las
horas.

Así pasaban
los ciudadanos de Hámelin y sus animales felizmente la vida, trabajando en el
campo y guardando en la ciudad el fruto de su trabajo. Vivían felices.

Con el tiempo y
la prosperidad llegaron forasteros y acudieron las ratas; al
principio entraban pacíficamente y decían ser amigas de todos, pero pronto
comenzaron los problemas.

Robaban, mentían
y asaltaban a los habitantes de Hámelin que asustados se escondían en sus
casas.

Pronto se
hicieron las dueñas de la ciudad, imponiendo el terror a sus habitantes,
viviendo a costa de la laboriosidad de los lugareños que se encontraban
impotentes para hacerlas frente.

Ya no había
voluntarios para dar las horas en el reloj y las risas de los niños en las
plazas se habían convertido en llantos, cuando llegaban a casa y las ratas les
habían quitado la comida.

Y aquí
comienza la historia de la ratita presumida y su amiga Ana en el reino de Hámelin.

Ana era una niña
de ocho años, preciosa, con su pelo negro, su sonrisa en la cara y su buena
educación; no le gustaban las ratas pero un día conoció a una ratita que
siempre iba muy bien vestida.

Era tan
distinguida la ratita que pronto llamo la atención de todos, pero también con
la atención llegó la envidia, y comenzaron los rumores y cotilleos y con estos
la maledicencia de llamarla la presumida.

Así, pasó a
otro cuento como la ratita presumida.

Era una ratita
de indias de color blanco, que siempre, siempre llevaba un lazo rosa en el
cuello.

A veces, por qué
no decirlo, se solía mirar en el espejo de la tienda de muebles que había en
la plaza del Ayuntamiento, y se preguntaba con quién se casaría; soñaba con
una rata como ella con la cual se casaría algún día.

Pronto
comenzaron a llegar los pretendientes. Una vez, una rata con bigotes y dientes
fuertes la llamo y le dijo que si quería ser su novia; la ratita no se fiaba de
ella y le hizo una prueba, el otro que era una rata macho muy atrevida aceptó
la prueba del amor de la ratita presumida.

Y así se fue,
por demostrar el amor a la ratita presumida, al país del nunca jamás
donde todo el que entraba malo se volvía bueno; y si no, nunca volvía, por eso
lo llamaban el país del nunca jamás, porque siendo malo nunca volvían pues ni
siquiera a los malos le gustaba y por eso se volvían buenos para poder salir,
solo quedaban en él los que nunca se volverían buenos.

La ratita
presumida no supo nunca más de aquella rata presuntuosa que le ofrecía sus
amores y quiso engañarla para que aceptase casarse con él, fingiendo ser
alguien que no era y nunca sería; porque si hubiese habido alguna probabilidad
de volverse bueno, hubiese vuelto.

Ana muchas veces pasaba hambre, porque las
ratas le quitaban la comida, pero como la ratita tenía muchos pretendientes, éstos
le llevaban comida para adularla y la ratita presumida la compartía con
Ana, que así siguió siendo una niña hermosa.

Pronto la
dictadura del terror convirtió el reino de la ciudad de Hámelin en un sitio
triste donde escaseaba la comida, donde las ratas obligaban a trabajar sin
descanso a los ciudadanos.

Así pasó la
ciudad de la risa al llanto y tan tristemente pasaban los días, sin que
cambiase la situación. Los habitantes de Hámelin y los otros animales rogaban
por tener una solución que les aliviase de sus miserias.

Un
día llegó a la zona un flautista ambulante que se dedicaba a recorrer los
pueblos, y que a cambio de su música pedía unas monedas o algo que comer.

Al llegar a la
plaza, nadie le hizo caso, pero comenzó a tocar y extasiados ante tan bella
melodía, todos, hombres, animales y ratas, salieron a la plaza a saltar, correr
y bailar riendo; se habían olvidado de su enemistad y así pasaban las horas
todos, como buenos amigos.

Pero el
flautista dejó de tocar para comer y descansar, y todos volvieron a ser
enemigos; las ratas nuevamente obligaron a los demás a que trabajasen duramente
y encerraron al flautista en la cárcel municipal, quitándole la flauta para
que no volviese a engañarles y así no se volviesen buenos.

Las ratas, como
sucede hoy en día con ciertas personas, querían ser malas; por mucho que les
dijesen que con la música se volvían buenas, no querían, les gustaba mucho más
ser malas y hacer daño a los demás; también se habían acostumbrado a vivir
sin trabajar y salían patrullando por las calles del pueblo y los campos,
armadas de espadas y palos por sí veían a algún animal u hombre que no estaba
trabajando como ellas querían les molían a palos, hasta que trabajaban como
les ordenaban.

La ratita
presumida tenía buen corazón; no era una rata como las demás, gris, fea,
mala, sucia y maloliente; no, era una ratita blanca de indias preciosa, limpia y
ordenada; y claro dentro de las ratas llamaba la atención por eso todas
las ratas macho le pedían que se casara con ellos y acudían por miles a su
puerta para verla y cortejarla.

Ella no quería,
pero aceptaba sus regalos, siempre comida, la cual compartía con Ana, la niña
de nuestra historia. Se hicieron tan amigas que no podían vivir la una sin la
otra.

Cuando Ana terminaba las clases en la escuela, corría rauda y veloz en
busca de la ratita presumida que normalmente se encontraba a esa hora haciendo
ejercicios gimnásticos en una jaula especial de gimnasio para ratitas; así
pasaban las horas leyendo y contando divertidas historias y leyendas alemanas.

Mientras, el
flautista se moría de hambre en la cárcel municipal, encerrado por las ratas
que después de haber visto el peligro de volverse buenas con la música,
habían dispuesto un cuerpo especial de guardia, para que el flautista no se
pudiese escapar ni tampoco pudiese tocar su flauta.

Así le
vigilaban día y noche para que no pudiese escapar, visto el peligro y el
temor que tenían de que las volviese buenas.

Así estaban las
cosas cuando se hizo la conspiración; el antiguo Alcalde se reunió en secreto
con algunos vecinos y concertaron intentar echar a las ratas; ¿cómo harían
tal cosa?

Fácil
pensaron; dándole una flauta al flautista, lo difícil era cómo darle la
flauta al músico.

No encontraban
la solución, porque las ratas patrullaban todo el pueblo y el flautista estaba
muy bien vigilado.

Se desesperaban
cuando el padre de Ana dio una propuesta arriesgada pero que pronto aceptaron
todos, se trataba de pedirle a la ratita presumida que les ayudase, y así
quedaron en hacerlo.

El padre de Ana
invitó a pasar la tarde en su casa a la ratita presumida, cuando estaban
tomando el té que ella les había llevado con unas pastas, le explicó como era
la vida antes en el pueblo y se la comparó con la que tenían ahora.

La ratita no
podía hacer nada, ella no era como el resto de las ratas, sino diferente, y no
quería hacer daño a los humanos; compartía con ellos la comida que le daban
pero también tenia miedo a las ratas.

Así que se negó.

Se marchó
asustada a su casa y camino de ella, vio como un grupo de ratas apaleaba a un niño
por el único pecado o crimen de haber cogido un mendrugo de pan para comérselo;
eso la causó tanta impresión del mal que hacían las ratas que se lo pensó
mejor y cambió de opinión.

Eso hizo que la
ratita presumida tuviese un vuelco en el corazón y desandando el camino volvió
ya mediada la noche a casa de Ana; cansada y abatida por lo que hacían las
otras ratas, se mostró de acuerdo en ayudarles.

Así despertó
Hámelin, y Ana, su padre y la ratita presumida tomaron un plan para liberar al
flautista.

Las ratas que
vigilaban al flautista eran cinco, fuertes y escogidas entre las mas malas de
todas; con notables incisivos y en la cintura unas espadas más grandes que
ellas. Miraban desconfiadamente de todos los que se acercaban a la cárcel, y a
partir de una marca no dejaban pasar a nadie.

Vista la
situación, a la ratita presumida le entró congoja, porque no creía que
pudiesen hacerlo, sin embargo idearon un plan para que se hiciera la
interesante delante de las ratas y para que no desconfiasen como siempre estaba
con Ana, la niña la acompañaría para darle o tirarle la flauta al flautista.

Era difícil y
muy arriesgada la empresa y el plan que habían trazado, pero era la única
solución si querían librar al pueblo de Hámelin del mal y la
plaga de esas ratas tan malignas.

Llegada la hora
del realizar el plan les dio miedo pero armándose de valor decidieron
realizarlo tal como lo habían planeado.

La ratita se
vistió de gala, muy coqueta ella, con un nuevo lazo rosa; era parecido al que
siempre llevaba, pero aún más bonito; estaba preciosa y todos se paraban a
mirarla al pasar.

Así llegó con
Ana cerca de la cárcel y las ratas de guardia se pararon a mirarla; una de
ellas, la más atrevida y fea le echó un piropo y la ratita se ruborizó para
engañarles y, simulando un interés que no tenía, sonrió e hizo un guiño a
las ratas y en particular a esa tan fea y mala.

Pronto, las
ratas dejaron de prestar atención al flautista, cuando la ratita presumida
simuló un tropiezo y todas acudieron a cogerla, a ver cual de ellos era el
elegido por la ratita presumida y así poder ser su novio.

Era el momento
que estaban esperando; Ana se precipitó hacia la reja de la cárcel y entre los
barrotes le dio la flauta al flautista, lo cual fue visto por una de las ratas
que se lo señaló a las demás, que rodearon amenazadoramente a Ana, quien temió
por su vida.

Y cuando la
iban a golpear con sus grandes espadas, se oyó dentro de la cárcel la música
celestial que tocaba el flautista; era una música mágica que como antes
dijimos hacía buenos a todos mientras la escuchaban, y si eran de buen corazón,
les hacía buenos para siempre.

Nada mas
escuchar esa música tan bonita y divina las ratas se volvieron buenas, dándose
cuenta de lo que iban a hacer, se colocaron delante de Ana y la pidieron perdón
de rodillas; luego la mas mala y fea cogió las llaves de la cárcel y liberó
al flautista.

El flautista
comenzó a tocar la flauta por todas las calles de Hámelin; al sonido todos
acudieron con él; todos menos los hombres que advertidos se habían puesto
tapones de cera en los oídos, para así no escuchar la música.

El flautista,
seguido por todas las ratas, cogió el camino del país del nunca jamás y
allí se fue.

El flautista se
metió en el reino del nunca jamás, donde sólo los que eran buenos o podían
ser buenos regresaban; el resto se quedaban allí para siempre. Era un país de
sombras y de dolor, miseria, maldad donde no podían estar los buenos y por eso
volvían, los malos allí sufrían la maldad de sus corazones.

En ese país
tan horrendo se quedaron para siempre jamás las ratas y nunca más se supo de
ellas.

Solo quedó una
rata en el pueblo de Hámelin, nuestra heroína, a la cual, igual que a Ana, los
habitantes de la ciudad hicieron una estatua en la plaza cerca del reloj
animado.

Del flautista
nunca más se supo; contaban que volvería otra vez, si a la ciudad de Hámelin
volvían otra vez las ratas y el mal se hacía insoportable en esa ciudad
nuevamente.

Así se lo
prometió a los habitantes de Hámelin.

Y así ocurrió.

Con el paso del
tiempo, muchos vecinos que habían aprendido los métodos de las ratas, se
hicieron con el poder, formaron jueces injustos, un ejercito, engañaban a los
demás en las compras, estafaban, y cuando menos se lo esperaban volvió el
flautista de Hámelin.

El flautista
advirtió de que la maldad no podía subsistir en el reino de Hámelin; que el
gran mago le había mandado de nuevo, para que voluntariamente cambiasen a
criterios de bondad y justicia como era antaño la ciudad.

En lugar de
hacerle caso se rieron de él y echándole mano quisieron encerrarle al igual
que las ratas en la cárcel; pero el flautista ya había escarmentado de
aquella mala experiencia y estaba preparado; cogió su flauta mágica y comenzó
a tocar y tocar.

Al sonido de su flauta los hombres bailaron y bailaron, y los llevó al son de la música al país del nunca jamás, donde desde
entonces se lamentan por no haber aprendido la lección, con el castigo que
tuvieron las ratas y haberse vuelto malos como ellas.

Eso, queridos
niños y mayores nunca es lo inteligente; aunque parezca que sí, la maldad
nunca compensa.

Sólo quedaron
en el reino de Hámelin niños y pocas personas adultas, que nunca quisieron
volverse malas, y añoraban de corazón que volviese el flautista para que de
nuevo el reino prometido de paz y bondad resurgiese en Hámelin.

Como eran tan
pocos y así no podían vivir en la ciudad, el flautista mandó a sus amigos, a
los cuales les pidió un favor; que condujesen a los niños y a los habitantes
buenos a un reino donde manaba la leche y la miel y la ambrosía de los campos;
un auténtico paraíso por recompensa de ser buenos, a diferencia del infierno
donde fueron, en primer lugar, las ratas, y en segundo lugar, los hombres, que
no aprendieron la lección que se les dio antes que a ellos, con el castigo a
las ratas, de que la maldad no compensa.

Solo el bien, la bondad y la justicia
compensan. Queridos niños y adultos, aunque veáis que los demás hacen el mal,
vosotros haced el bien, porque quizá esté el flautista ya en este mundo y
comience a tocar la flauta o la trompeta, y todos los injustos y malos del
planeta los lleven al país del nunca jamás, donde eternamente pagan sus
maldades; y a los niños buenos y mayores buenos les lleve al país paradisíaco
donde todo es bello.

En la vida
real, niños, hace dos mil años vino un flautista y os prometió volver;
vigilad de ser buenos, no sea que el flautista esté ya con nosotros viendo lo
que hacéis antes de tocar su flauta mágica, y a los malos les mande al país
del lamento eterno, del nunca jamás, del que jamás saldrán, y a los niños
buenos a sus papás y mamás, que aman la justicia y el bien, les lleven a
ese país donde todo es bello, para que allí puedan disfrutar eternamente de su
premio por haber sido buenos.

Queridos niños
y mayores y en especial a la buena Ana de mi cuento, a quien va destinado, eso,
el ser bueno siempre es lo más inteligente, por eso y con la inteligencia los
hombres nos distinguimos de los animales, y aunque de carne tengamos una rama
común con los animales, de espíritu o de alma que nos induce al bien o al mal,
no, somos diferentes tal como se nos dijo con el primer flautista que vino hace
dos mil años.

A mí me ha
dicho un pajarito que el flautista ha vuelto, pero nadie sabe como es él, son
dos mil años y ya nadie se acuerda de él. Esperemos que no tenga que
tocar la flauta mágica para todos y que vosotros, queridos niños, sí seáis
buenos, y como en el cuento podáis ir al país de la alegría eterna y no al
del nunca jamás.

Yo así os lo
deseo y, por eso, os cuento este cuento que como cuento espero que os guste y
como enseñanza espero que la aprendáis.

¿Vale?, si es
así no he perdido el tiempo contándooslo.