La música según los filósofos de la antigüedad

Extractos de “Política” de Aristóteles, que me confirman lo que he visto durante el desarrollo de mis hijos y nietos y creo como los griegos de la antigüedad, que todas las personas deberían incorporar la música a su vida desde la niñez. Los más dotados, como intérpretes y todos como oyentes.

Después de haber dedicado tres años a partir de la pubertad a otras enseñanzas, entonces conviene que ocupen el período si­guiente de su vida en los ejercicios fatigosos y con un régimen alimenticio riguroso.

No se debe ejercitar a la vez la mente y el cuerpo, ya que cada uno de estos ejercicios resulta contrario al otro en sus efectos; el trabajo del cuer­po es un obstáculo para la mente y el de ésta para el cuerpo.

Acerca de la música hemos planteado ya algunas cues­tiones en nuestra exposición anterior, pero será mejor re­sumirías ahora para seguir adelante a fin de que sean como un punto de partida para la disertación que podría hacerse sobre el tema. No es fácil decidir cuál es su na­turaleza ni la razón por la que debe cultivarse.

¿Acaso por recreo y como descanso? ¿Como hacemos con el sue­ño y la bebida, cosas que no son en sí mismas buenas, sino agradables, y que proporcionan una pausa a la pena, como dice Eurípides?

¿Por eso se la suele coordinar a estos y se usa a la vez de todo ello, del sueño, la bebida
y la música, a las que también se añade la danza? ¿O hay que creer más bien que la música incita de algún modo á la virtud, y así como la gimnasia infunde al cuerpo cier­tas cualidades, también la música tiene la capacidad de in­fundir ciertas cualidades al carácter, acostumbrándolo a poder recrearse rectamente?

¿O que y esto sería la tercera razón entre las dichas- contribuye de algún modo a la diversión y al cultivo de la inteligencia?

Que no hay que poner en el juego la finalidad de la educación está claro. Pues no se juega al aprender, ya que el aprendizaje se acompaña con el dolor. Tampoco es ade­cuada la diversión para los niños ni debe darse a esas edades. Ya que el fin no conviene a nada inmaduro.

Tal vez podría parecer que el esfuerzo de los niños tiene como fin su recreo una vez que lleguen a ser hombres cumplidos.

Pero si esto fuera así, ¿para qué necesitarían aprender ellos mismos, en vez de participar del placer y de la instrucción a través de otros que actuaran, como ha­cen los reyes de los persas y los medos? Por lo demás, forzosamente la ejecutarán mejor aquellos que la han con­vertido en su trabajo y profesión que los que le han de­dicado tan sólo el tiempo necesario de su aprendizaje.

Y si deben esforzarse por aprender cosas de ese tipo, tam­bién deberían aplicarse al arte de la cocina, lo cual es absurdo.

El mismo problema se suscita aún si la música es ca­paz de mejorar los caracteres. ¿Por qué hay que apren­derla personalmente en lugar de disfrutar de ella y ser capaces de emitir juicios oyendo a otros, como hacen los lacedemonios? Estos, pues, aunque no la aprenden, sin embargo son capaces de juzgar correctamente, según ase­guran, la música buena y la que no lo es.

Y el mismo ar­gumento puede emplearse, aunque sólo lo usemos para nuestro solaz y como diversión digna de hombres libres. ¿Por qué aprenderla personalmente en lugar de gozar de la ejecución ajena? Podemos observar la imagen que te­nemos de los dioses.

No es Zeus en persona el que canta y toca la cítara según los poetas. Y nosotros considera­mos gente vulgar a los que tienen tal oficio y pensamos que tal cosa no es propia de un hombre a no ser que esté bebido o bromeando. Pero tal vez habrá que examinar esto más adelante.

La primera cuestión es si la música debe incluirse en la educacion o no. Y cuál es su sentido entre los tres que discutíamos: si es educación, juego o diversión. Hay bue­nas razones para referirla a todos ellos y parece partici­par de los tres.

El juego se hace con vistas al descanso, y el descanso tiene que ser placentero (ya que es una cura de las penalidades del trabajo), y la diversión ha de con­tener, según el común acuerdo, no sólo la belleza, sino también placer (ya que la felicidad se compone de estos dos factores).

Todos afirmamos que la música es una de las cosas más placenteras, tanto si es sola como si es con acompañamiento de canto. Así pues, dice Museo que «el cantar es lo más dulce de los mortales», y por eso se la aporta con buen criterio en las reuniones y diversiones sociales, en la convicción de que puede proporcionar alegría.

De manera que también de ahí puede deducirse que hay que incluirla en la educación de los jóvenes. Porque todos los placeres irreprensibles no sólo son adecuados al fin (de la educación), sino también al descanso.

Luego, como resulta que muy pocas veces llegan los hombres al fin, pero descansan a menudo y utilizan los juegos, no para avanzar, sino por el placer que lleva consigo, puede ser útil descansar en los placeres que la música pro­porciona.

Es corriente que los hombres consideren los juegos como un fin. Sin duda, pero no uno cualquiera. Al bus­car ese placer, los hombres toman por él otro secundario por el hecho de que tiene una cierta semejanza con el fin de las acciones.

El fin no se elige por ninguna otra cosa posterior, y los placeres de este tipo no requieren otro ob­jetivo futuro, sino que parecen el objetivo de cosas ante­riores, como los trabajos y sus penalidades.

Por esta razón los hombres buscan alcanzar la felicidad mediante estos placeres. cual es la razón que uno puede verosímil­mente suponer. Pero no es la única de que se dediquen a la música, sino que ésta es también útil para el descan­so, a lo que parece.

Sin embargo, hay que examinar si esto no es algo accidental y si la naturaleza de la música no es demasiado valiosa para quedarse en la mencionada utilidad y es pre­ciso no sólo participar del placer común que de ella se obtiene, que todos perciben ya que la música ofrece un placer natural y por eso su uso es agradable a gentes de todas las edades y caracteres, sino ver si también contribuye de algún modo a la formación del carácter y del alma. Esto puede resultar evidente si somos afectados en nuestro carácter por la música.

Y que somos afectados por ella está claro en muchos otros campos, y de un modo muy notable con las melodías de Olimpo.

Porque, según el consenso general, éstas producen entusiasmo en los es­píritus y el entusiasmo es una afección del carácter del alma. Además de que todos los oyentes de las represen­taciones imitativas se ven influidos acordemente en sus sentimientos, aun aparte de los ritmos y melodías en sí.

Como resulta que la música es una de las cosas placen­teras y que la virtud consiste en gozar, amar y odiar de modo correcto, es evidente que nada hay que aprender y practicar tanto como el juzgar con rectitud y el gozarse en las buenas disposiciones morales y en las acciones her­mosas.

Y en los ritmos y las melodías se dan muy espe­cialmente imitaciones conforme a su propio natural de la ira y de la mansedumbre y también del valor y la tem­planza, así como de sus contrarios y de las demás dispo­siciones morales.

Está claro por los hechos: cambiamos en nuestro esta­do de ánimo al escuchar tales acordes, y la costumbre de experimentar pesar y gozo en semejantes ocasiones está próximo el sentir de verdad con la misma disposición.

Es decir, que si uno disfruta al contemplar el retrato de al­guien no por otro motivo que por su belleza propia, ne­cesariamente también le será placentera la contemplación de aquel cuya imagen observa.

 El caso es que por ningún otro sentido se nos ofrece ninguna imitación de estados de carácter; así, por ejemplo, en el tacto y el gusto, y sólo existe, apenas, en la vista.

(Hay, en efecto, figuras con ta­les efectos, pero en pequeña medida, y no todos partici­pan de tal sensación, además de que no son imitaciones de estados morales, sino que las figuras y colores presen­tes son más bien signos de esos caracteres, y ésos son la expresión corporal de las pasiones.

No obstante, en la medida en que difiere la contemplación de estas repre­sentaciones, los jóvenes deben contemplar no las ob ras de Pausón, sino las de Polignoto, y las de cualquier otro pintor o escultor que ofrezca un sentido moral.) …..

….De igual modo pasa con los ritmos : unos tienen un carácter más reposado; otros más movido y de estos los unos tienen movimientos más groseros

Además, parece que hay en nosotros cierta afinidad con los ritmos y armonías .

Por eso muchos sabios afirman , los unos que el alma es armonía y otros que tiene, armonía.

 

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