Habían pasado sesenta años

Fue el día del perdón, el “Iom Kipur” judío. Yo me encontraba en un templo de la calle Medrano y Lavalle, con mi hermana Estela...

Fue el día del perdón, el “Iom Kipur” judío. Yo me encontraba en un templo de la calle Medrano y Lavalle, con mi hermana Estela. Voy al templo en ése sólo día y en esa sola hora. La hora, en que se lee la oración, por el descanso del alma de los seres queridos.

Voy, si estoy en Buenos Aires, y también si me encuentro en Europa. Voy a contar por qué, si no soy religiosa, siento la necesidad de cumplir con ese rito. Recuerdo que mi mamá, que ya hace cincuenta y cuatro años que falleció, me dijo en un día de Iom Kipur, a su regreso de la sinagoga:

– Etele Roitman, vino hoy al templo a decir “Izkor” por su mamá. (Se llama así esa oración).

Leí en su rostro y así lo entendí enseguida, que a ella le gustaría cuando llegue el momento, que sus hijos fuéramos al templo como Etele Roitman a decir Izkor.

Y es así, que pasaron cincuenta y cuatro años y al llegar esa fecha, no puedo quedarme en casa, necesito ir al templo, permanecer ahí, hasta después de que se lee esa oración.

En ese templo, al que voy con mi hermana, todos los años buscamos a un amigo nuestro de Tres Arroyos, mi ciudad natal, que conocemos de cuando éramos solteros. Lo saludamos, y salimos al hall, a esperar que se haga la hora de Izkor. Detrás nuestro, sale un señor de unos sesenta años y le pregunta a mi hermana:

– ¿Ustedes son de Tres Arroyos?. Porque ví que lo saludaron a Benjamín Goldemberg.

– Sí – le contestó mi hermana.

– Yo soy el nieto de Bereyán.

– Enseguida se me apareció la figura de su abuelo, un señor alto, corpulento, con lentes, con cara de bonachón, y que tuvo una muerte trágica.

Un día, dándole manija a su camión, en cuanto arrancó el motor, la máquina se puso en marcha, lo embistió, lo arrastró hacia la pared y lo mató. Bereyán se había olvidado de ponerlo en punto muerto. Este señor nos dice:

– Está mi mamá también aquí, la voy a llamar.

Entra, y sale con una señora de unos ochenta años. A mí, no me chocó en lo más mínimo, ver a ésta mujer que yo conocí cuando tenía veinte años, alta, morocha, de cabello ensortijado y dos hermosos ojos, negros como el azabache, porque yo ya había pensado que, si su hijo, tiene sesenta años, así nomás tenía que ser ella. El le presentó su mamá a mi hermana Estela y le dijo:

– La chica de Sutz.

– Ella, después de un saludo muy breve le pregunta:

¿Y Manuela?

Yo me acerqué y le dije:

– Yo soy Manuela.

– No les puedo contar la expresión de esa mujer, juntó sus dos manos como se hace generalmente para decir:

– “DIOS MIO”. ¿Qué te pasó Manuela?. Eras la chica más linda de Tres Arroyos…

¡HABIAN PASADO 60 AÑOS!


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