Dos inviernos entre perros y minas

Recuerdos del frente de la Segunda Guerra Mundial.

( extraído de las Memorias del Comandante Ian Czekalsky, a quien conocí personalmente) (*)

El Otoño en el Ártico ofrece colores esfumados que prometen el gris del Invierno a punto de arribar.

Para quienes siendo combatientes, tuvimos la desgracia de caer prisioneros de las tropas de avanzada alemanas en el Norte de Polonia, ese gris se transformaría muy pronto en un blanco espectral.

Sólo a los oficiales se nos ofreció la posibilidad de permanecer con vida, extraño obsequio, más bien postergación de lo inevitable.

La secuencia suena a repetición, primero traslado en trenes con interminables cambios de vía, luego el silencio forzado, por último el desembarco en el infierno que amenazaba con ser el último eslabón de una caprichosa cadena de decisiones nazis.

Nuestros captores quieren convencernos de la utilidad de nuestro trabajo forzado en unas oscuras y pestilentes minas de carbón, usurpadas a los finlandeses, más allá del extremo Norte del Báltico.

Las galerías subterráneas parecen chatas cavernas, cuya distancia entre techo y piso no supera los 40 centímetros. Nos arrastramos como gusanos sobre un piso helado y barroso, un permafrost fétido que sería nuestro lecho durante los siguientes 14 meses.

Aquí y allá, unos gruesos troncos con la altura justa, apuntalaban el inestable cielorraso, que diariamente cedía sepultando a muchos de nuestros compañeros para siempre.

Pero nuestros amos eran benevolentes, nos otorgaban una ración semanal consistente en una rosca de pan y una jarra de leche agria por semana.

Para amortizar el gasto, diariamente arrojaban dentro de nuestras celdas un chorro de agua que cubría el piso hasta la altura de los tobillos, lo que nos forzaba a caminar constantemente hasta que el agua se congelaba, tratando de evitar que nuestros pies quedaran atrapados dentro de la capa de hielo.

Fuera de las barracas, a todo lo largo del campo de prisioneros, había una zanja de alrededor de metro y medio de profundidad por 80 cm de ancho, cruzada cada 6 metros por unas tablas a manera de puentes improvisados.

Ese canal longitudinal era nuestra letrina, lugar de depósito de las deyecciones de los más de 600 oficiales polacos prisioneros.

Nuestras evacuaciones eran vigiladas por guardias fuertemente armados y por sus perros Doberman bien alimentados.

Llevábamos en esos trabajos forzados 11 meses cuando el jefe de campo decidió reducir nuestras raciones alimenticias, a tal punto que se suprimió la leche agria y sólo se nos entregó ½ hogaza de pan por semana.

El hambre y la desesperación por sobrevivir me impulsaron a arriesgar mi vida, y aprovechando un descuido de los guardias, una madrugada, maté uno de los perros estrangulándolo con un trozo de alambre de púas, y para esconderlo, lo sumergí en la zanja de excrementos durante varios días, hasta que dejaron de buscarlo.

Ese animal, una vez desollado, nos alimentó a 3 compañeros y a mí, durante varias semanas.

Una mañana, al final del segundo Invierno en las minas de carbón, tras una corta pero sangrienta escaramuza, las tropas del ejército ruso nos liberaron de aquella larga agonía.

Nos reunieron en el centro del campo, comprobaron nuestras identidades, nos entregaron abrigos y alimentos, y nos subieron a todos en un solo camión, quedábamos con vida sólo 16 oficiales polacos.

(*) Comandante del 2º Batallón Polaco del 5º Ejército Inglés.

Ingeniero Pontonero-Dinamitero.

Héroe de Guerra condecorado por el Gral. Anders, Comandante del 5º Ejército Inglés.