Cómo sobrevivir a las vacaciones de invierno

Madres y padres, uníos: guía práctica para sobrevivir a las vacaciones de sus hijos

Y él día tan anhelado y tan temido, por unos y otras, finalmente ha llegado.  El frío implacable trajo de su mano, a la vedette del año: las vacaciones de invierno.  Madres y padres: uníos.

Mejor prevenir que curar, dice un antológico dicho que pulula por ahí, desde el fin de los tiempos.  Marche, entonces, con leche chocolatada algunos ítems para tener en cuenta.  

Usted como yo, piensa para sus adentros, sé lo que mis hijitos hicieron las vacaciones de invierno pasadas, por ende, modificaciones más, modificaciones menos, en estas no harán sino reeditar y mejorar la puntería de aquellas pequeñas atrocidades inocentemente infantiles de aquellas épocas, apenas un año atrás. 


Hay que prepararse para tener una mínima idea de lo creativos que pueden ser.  Sus recursos  harán la mejor cirugía en sus labios.

Le dejarán la boca boquiabierta, la mayoría de veces o fruncida del susto, y le sembraran unas cuantas canas verdes, de las cuales tendrá que rendirle cuentas a  su peluquera de cabecera, la mayoría de otras veces. 

En la lista que prepare para abarajar estas vacaciones, tiene que tener en cuenta, que en la mayoría de los casos, menos usted y los suyos, se va hasta el loro. 

Marche presa, entonces, repasa la lista de la artillería pesada a mano, con la cual pretenderá sobrevivir en estos aciagos, anque felices días de vacaciones: Chupetes electrónicos, listos. 

Itinerarios planeados y sin planear, visitas varias.  Amigas con hijos.  Amigas sin hijos, un poco impensado, no creo que nos quieran con la tropa. 

Como hablar de hombres, frente a ellos.  Imposible.  Además, no sé porque raro efecto a los más chiquitos les apasiona la conversación de los grandes.   

El verbo más temido: mamáaaaaaaaaaaaaa, me aburro.  El verbo más escuchado: mamá quiero, quiero, quiero, quiero, y en el colmo de la paciencia infantil: maaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, quiero. 

Planificar, trabajar en casa, es la primera salida útil del asunto.  A nivel práctico, se librará una batalla campal por la única computadora que quedó viva en la casa.

Y ud tiene que dividir su uso por orden de jerarquía, si usted no escribe, no trabaja, sino trabaja ni dentro ni fuera de casa, se los comen los leones.

  Esa ecuación lo define todo.  El primer turno de la computadora es suyo.  Si de jerarquías hablamos, el reclamo de que el segundo lugar es el de la adolescente, por antigüedad, no se hace esperar. 

Y ahí empieza la batahola, para la definición de derechos y usos y desusos de todo bien que se encuentre bajo el techo de su casa.   Ya me parece escuchar a los chips sufrir como unos condenados. 

Sepa, por su parte,  que si lo suyo es escribir, prepárese a leer y releer el mismo párrafo una docena de veces, pensando siempre, inocentemente, que es la primera vez que lo hace. 

Porque mientras usted teclea, el gato, clama por hambre o porque su hijo lo lleva a pasear por las inmediaciones de la casa, de la cola o de las orejas. 

Menos mal que teclea al tacto porque su vista irá de un hijo al otro y de paso y ya que está al gato también, los tres juntos son como los tres mosqueteros: uno para todos y todos para uno y todos para  la travesura número quichimil. Sepa que indefectiblemente se avecinan tiempos de guerra de hermanos. 

Otro ítem a tener en cuenta en la agenda vacacional es repasar el decálogo de películas infantiles y para adolescentes, desde el principio de los tiempos, porque eso es lo que aprovecharan este tiempo para repasar. 

 Aceptar con resignación  que todo artefacto que porte pantalla o auricular será capturado por quince días por su prole.  Así que o saque número o abarájelo en el único momento que pueda, que es cuando duermen.



Si es que logra que lo hagan en algún momento.  Sepa que después de la cuenta de tres millones de trillones, reclamándole a Dios: Señor, dame paciencia, pero dámela ya, a veces ocurre el milagro de otorgarle desde las fuentes divinas, un poco de paciencia. 

Sepa que el primer día nomás, revolearán todo lo que tenga que ver con el colegio por los aires y en el fondo de los placares, sepultados por un millón de objetos identificados o no, de su propiedad sobre ellos. 

Recuerde allí habrá de ir a buscarlos, el día anterior a que empiecen las clases a las 12 de la noche mínimo.  Cómprese tampones, pero para los oídos, pero con atributos especiales.

  Que le filtren los decibeles más altos de gritos agudos al estilo de: mamá, mira a tu hijo, mamá mira a mi hermana, mamá el empezó, mamá ella me pegó.  Y los agudos y graves de ultratumba de la música adolescente. 

Los oídos, con o sin tampones,  atormentados suplicarán por un poco de silencio, una pausa y un minuto de relax. Sabrá que habrá música bolichera, en todos los artefactos muñidos para tal fin.

Con bafles, parlantes y todo aquello que amplifique el sonido.  Los hijos y sus circunstancias suelen ser por lo menos estruendosos.  Vacune a su gato, que ama la paz y la tranquilidad, contra la rabia, porque eso es lo que le brotará hasta por las orejas. 

Trate de organizar una agenda con horarios de visitas, sino se sentirá como V, invasión extraterrestre.  Por nada del mundo se le ocurra juntar, a los vecinitos, amigos del jardín y su amiga con hijos porque desde ya le aviso, se le viene la hecatombe sin anestesia.


 Acostúmbrese a ver su ropa impecable preparada para el día siguiente, en el día siguiente vistiendo a su hija adolescente. 

Y cuando vaya a revisar su placard, este esté mudado en el de su hija adolescente y que en el suyo haya quedado nada más que la ropa que vestía a María Antonieta, cuando era joven.

Hasta las prendas íntimas, solo le dejó las que se parecen al cinturón de castidad.  Igual, consuélese, si es por el padre ya le hubiera comprado, a su hijita del alma, la que le roba el corazón, calzón, cinturón de castidad, con candado electrificado y una escopeta de largo alcance para él; sobre todo en vacaciones. 

Pero con él o sin él, prepárese con su hija adolescente, la hará adolescentear de lo lindo.  Y con el estigma de hija de padres separados, aproveche la inestimable cuestión de las vacaciones para actualizar todos sus derechos con cada padre.  Divide y reinarás, y tiene el frente dividido. 

Ay Dios, hay que crear un grupo de autoayuda urgente para madres separadas con hijos/as de vacaciones.  Y mientras usted se intenta concentrar en la nota que viste y calza, por ejemplo, pensando que después de las vacaciones usted no solo no se libra, sino que encima viene el día del niño y la nota que usted está escribiendo, con los ojos en las manos ya servirá para que el chanchito derogue en un caro, carísimo, regalo del día del niño, para el niño y para la adolescente, que a conveniencia para algunas cosas sigue siendo niñas y para otras ya es una mujer. 

Me recacho en die.  Antes de las vacaciones, usted ilusa de usted decía: la noche es mía, con vacaciones incluidas, olvídese.  Hija de padres separados en acción, digo perdón de vacaciones. 

Ups,  un lapsus linguis.   Pobre hija, pobre padre, en definitiva: pobre madre.  Su cama se convertirá en la cama redonda.  

Porque ahora que hace frío que mejor lugar puede haber que el sommier de mamá, del cual se aprovecha hasta el mismísimo gato que siempre anda recalcitrante de frío, en condiciones normales, bajo cero es un tirito en persona, digo, en felino.  Bien, en conclusiones, le deseo unas felices vacaciones de invierno. 

Rogando que no llueva porque nos linchan.  Eso sí, nadie nos quita lo bailado que en tiempo de paz, que siempre se suceden aún en época de receso, usted escuche además de su eco, en su hijo más chico y en su hija adolescente, por ejemplo, la risa de los suyos más seguido. 

Un montón de te amo mamá que consiguen balancear, los maullidos de un gato histérico, al borde de un ataque de nervios,  el desfile de vecinos enojados por ruidos molestos, los reclamos de su ex marido que por suerte a veces y por desgracia otras, sigue siendo el padre de sus hijos y otras yerbas, que como los trapitos, no se ventilan bajo el sol, sino entre familia.



Por Mónica Beatriz Gervasoni

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