Me separé hace diez años de mi esposa. El motivo que ella nunca comprendió ni quiso comprender fue su violencia.
Primero violencia económica, pues siempre utilizó el hecho de que ganara más en su negocio que yo en mi empleo para humillarme; después violencia física, ya que en algún momento empezó a expresar su furia jalándome de los cabellos y golpeándome. En algún momento de intimidad, durante nuestro noviazgo todavía, le confesé que en mi adolescencia me había dejado tocar por un homosexual... cuando la violencia se hizo presente en nuestra relación, fue para ella un argumento para ejercer violencia moral, pues lo menos que acostumbraba llamarme era maricón.
De nada sirvieron los llamados a la prudencia, ni el tratar de hacerle ver que nuestro hijo, entonces de dos años, se veía afectado por su actitud.
Dejé de quererla. Encontré a otra mujer y, cansado de mi relación con ella(en alguna ocasión tuve que llevarla al hospital debido a la intensidad de una de sus crisis) me fuí.
No entendió que el problema era entre nosotros... no me volvió a dejar ver a mis hijos (que ya para entonces eran dos). Acudió a los tribunales y merced a la corrupción que existe en mi país pudo comprar a "la justicia", ante quien estoy acusado de adulterio.
Vivíamos en una ciudad pequeña, por lo que confirmo aquí lo que se dice: el papel de malo le queda al padre, a quien la gente juzga de infiel y abandonador, no importan los antecedentes psiquiátricos de la madre ni sus acciones frente al padre.
En alguna ocasión, en uno de tantos pleitos, ella mencionó que iba yo a pagar caro mi error... en efecto, estoy pagándolo... el dolor de perder a los hijos es terrible, nadie que no lo haya pasado lo puede imaginar. Ella tiene razón, cometí un error, pero no el que ella supone, pues para mí éste fue el no haberme dado cuenta de su verdadera personalidad antes de casarme con ella.
Han pasado los años... y después de varios intentos (peticiones para que me deje ver a los niños) me he convencido de que ella nunca cederá.
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