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Nostalgia

Antes eran figuritas, ahora ... son tazos

¿Te acordás de la "tapadita"...?

Los niños de hoy, si no es a través del relato de los mayores, ignoran aquellos juegos. Ahora no se llaman figuritas, sino que les dicen “tazos” y juntan imágenes que nada tienen que ver con nuestros deportes y mucho menos con el folclore.

La nueva “especie” viene hasta con una caladura para insertar una goma y potenciar el envío del “tazo” lo más lejos posible, sin tener en cuenta el peligro que representa una cartón duro de esas características ante el impacto en un ojo.

Los “tazos” reproducen generalmente monstruos y personajes que nada tienen que ver ni con el deporte, la geografía o el folclore de nuestro pueblo, en una clara muestra de penetración cultural.

A la figurita la jugaban generalmente dos participantes alrededor de los que su juntaban un montón de curiosos y algún que otro pícaro que mediante alguna treta intentaba quedarse con alguna de las figuritas del juego, especialmente si no la tenía para el álbum.

Una de las trampas más conocidas para “levantarse” una de las figuritas en disputa era pegando un chicle en la suela de la zapatilla. Distraídamente el pícaro se acercaba y sin que los jugadores lo advirtieran, intentaba pisar la figurita para que quede pegada a la suela y poder marcharse rápidamente con el “premio”.

Por aquellas épocas cada jugador disponía de un verdadero “arsenal” de figuritas, que se constituían en el “premio” que intentaría arrebatar en la jugada su contrincante.

Hincados o con las rodillas en el piso, comenzaban a arrojar las figuritas desde el cordón de la vereda hasta el paredón pacientemente, según la variante de juego que hubieran pactado.

Generalmente los primeros “tiros” eran displicentes, como para dejar que “el pozo” se convirtiera en una verdadera tentación. Recién ahí comenzaban los tiros certeros realizados con maestría con el dedo índice sosteniendo el cartón y el dedo “gordo” recogido para impulsarla.

El juego de la figurita se podía desarrollar en las veredas y en ocasiones en el interior de las escuelas, hasta que las maestras los prohibían por alterar el normal desenvolvimiento de los recreos, si la jugada terminaba en una fuerte discusión y eventualmente en una feroz pelea. 

La tapadita

Este juego se desarrollaba desde el cordón de la vereda hasta un tapial, es decir el ancho de una vereda estimado en unos dos metros promedio. Los chicos de rodilla, tiraban con destreza envidiable la figurita, en principio sostenida por el pliegue de la primera falange e impulsada por “el dedo gordo”.

Cada participante efectuaba un “tiro” hacia la pared y ganaba “todo” quien en uno de esos tiros lograba tapar una de las “figu” en juego. Si bien en principio todo parece  muy simple, era necesario aclarar antes de la disputa algunas condiciones. Una de ellas si valía “puntín” cuando la figurita arrojada sólo tapaba una mínima porción o apenas el borde de una de las figu en juego.

Si esa aclaración no estaba hecha, seguro que había gresca porque quien hizo el puntín trataría de hacerlo prevalecer y no era extraño pasar de la áspera discusión a las cachetadas hasta que algún grande aparecía y separaba a los contendientes.

Por supuesto nunca faltaba algún pícaro más grande que se divertía haciendo “engranar” a los jugadores más chicos alentando una peleíta que el mismo detenía luego de los primeros cruces.

Si la figurita en cuestión tapaba una buena porción de la otra, no había discusión. El perdedor se resignaba, pero a la vez pedía desquite porque a nadie le gustaba que se le achicara “la pila” como se denominaba a la cantidad de figuritas que cada uno tenía en su poder.

La “tapadita” podía tener alguna que otra variante, como por ejemplo jugar “a dos tapadas”, es decir, que en lugar de tapar una figurita, se debían cubrir dos. 

El espejito

Otra de las variantes del juego era “el espejito” que se disputaba apoyando una figurita parada contra la pared de un tapial a modo de “blanco” y cada jugador le apuntaba y arrojaba con destreza para tratar de voltearla y así ganar las figuritas que se hubieran arrojado durante el juego a la vereda.

Se tenía en cuenta cual de los jugadores ponía “el espejito”, porque hacía las veces de “crédito” en el juego. Si alguien lo puso y ganó, reclamaba al perdedor una figurita más porque él había colocado “el espejo”.

Para que la figurita “espejo” cayera, era necesario un golpe certero en su parte inferior.

Uno de los trucos comunes era poner como “espejo” una figurita vieja y ajada, porque normalmente resistían más que las nuevas.

También aquí se debían aclarar bien las reglas de juego antes del partido, porque ante un tiro fortuito, la figurita arrojada lejos de voltear al “espejo” puesto como blanco, podría realizar una extraña maniobra y quedar “parada” junto al espejo. En estos casos, sino estaba aclarado podrían surgir acalorados reclamos del pozo, por haber tenido la “capacidad” de colocar un “espejito”. 

La arrimada

Esta variante era una de las más sencillas. Se realizaba con una sola figurita por participante que desde el cordón de la vereda la lanzaban. Quien más cerca de la pared arrimaba la “figu”, se llevaba como premio ambas.

También aquí eran necesarias las aclaraciones sobre algunas reglas de juego o variantes, que se respetaban bajo la atenta mirada de “los más grandes”, a fin evitar discusiones y hasta algunos “coscorrones”

Así, en un juego de tapada se aclaraba si valía el “puntín” o “puntilla”, cuando la figurita ganadora tapaba menos del 50 por ciento de la otra figurita. 

La “llevadita”

Esta era otra interesante variante del juego de figuritas. ¿En qué consistía?. Bien, se disputaba generalmente entre dos jugadores. Ambos arrimaban desde el cordón de la vereda hasta un tapial el máximo posible la figurita con su disparo. Quien más cerca estaba de la pared, se ganaba el derecho de elegir la cara o cruz de la figurita, luego de lo cual se juntaban las dos por sus caras, se depositaban en una base conformada por el dedo índice recogido, con el dedo gordo debajo, el que imprevistamente impulsaba las figuritas al aire.

Estas se elevaban, se separaban y caían alternando la posibilidad de caer en ”cara o cruz”. Por ejemplo, si uno de los jugadores eligió “cara” y caían ambas en “cara”, se ganaba las dos “figu”, si ambas caían del lado “cruz”, el otro jugador se ganaba el derecho de arrojar las figuritas al aire.

Cuando se daba el caso que caía una “cara” y otra “cruz”, siempre tenía prioridad el que más se había acercado con el disparo inicial a la pared y tenía el derecho de volver a arrojar la figurita restante al aire apostando a su caída.

Depende los barrios en que se desarrollaban las modalidades, variaba su aplicación. En algunos casos, el ganador tenía la posibilidad de cambiar de “cara” a “cruz”, aunque en definitiva esto no variaría el resultado final que sólo lo determinaba el azar.

 

Oscar Alfredo Mario
Periodista

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