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Algunos pensamientos sobre la autoestima

¿No nos quieren?…… ¿o no nos queremos?
  
  

Dice Ricardo:

“Me siento menos que los demás”

“Se me hace sencillísimo cuando se trata de problemas intelectuales, pero me
siento muy inseguro cuando me preguntan algo otras personas”

“Siento que si me equivoco ya no van a confiar en mi”

“Esto ha traído como consecuencia que me sienta solo y olvidado por los demás”.

Y
Mariana:

“Dependo emocionalmente de mi pareja y es una historia que se repite”.

“Tengo miedo de perder una relación”

“Pero cuando estoy en una relación me aferro a esa persona y la apabullo con mis
temores”

“Me siento como una nena de 6 años, a veces lloro cuando siento temor al
imaginar que mi pareja puede estar con otra persona y me abandona”

“En fin, veo que todo esto se relaciona: imaginación, miedo, falta de confianza
en mí y en el otro, y sé que es un cóctel que no conduce más que al fracaso”

“He leído mucho acerca de esto y dicen: para amar a otro primero hay que amarse
uno mismo”.

“Pero este primer paso, ¿cómo se hace?”.

Ricardo y María tienen, según dicen, “un
problema de autoestima”.

Pero… ¿qué quiere decir eso de la autoestima?

La
imagen de uno mismo se forma a una edad muy temprana, y es esa imagen que la que
va a determinar la seguridad y la confianza en nosotros mismos.

Al
igual que no tenemos manera de saber como es nuestro rostro si no lo vemos en un
espejo, del mismo modo esa imagen de nosotros mismos necesita un espejo para
formarse, que es nada más y menos que la manera en que los otros nos ven.

Esos otros, para la mayoría de los niños, son los padres. Y, aún a riesgo de
parecer cursi, los ojos en los que buscamos nuestro reflejo son “los ojos del
corazón”.

Del corazón de nuestros padres.

Cuando todo anduvo bien, a partir de allí buscaremos reencontrarlos en algunos
ojos privilegiados.

Cuando las cosas no salieron tan bien, puede que nos pasemos la vida buscando
reparar lo dañado o encontrar lo que nunca tuvimos como hubiéramos deseado. Y lo
buscaremos no en algunas personas en particular, sino en todas.

Todo se reducirá, entonces, a una pregunta ultima: ¿me quieren?, ¿merezco que me
quieran?

Si
uno está convencido de que no merece que lo quieran, siempre estará temiendo
perder el afecto del otro y pensara en el fondo que debe hacer algo para merecer
que lo quieran (y hasta a veces se pasará la vida tratando de "comprar" el amor
o el cariño de los otros).

En
estas condiciones, muchas veces terminamos teniendo actitudes o comportamientos
que hacen que la otra persona nos deje, y así finalizamos por confirmar lo que
temíamos (las famosas “profecías que se autorrealizan”).

En
realidad, no se trata de que podamos o no hacer bien tal o cual cosa (Ricardo,
por ejemplo, sabe objetivamente que lo hace bien) sino de la imagen que pensamos
que proyectamos a los demás.

Y
esto tiene que ver, en el fondo, con la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Inconscientemente, vivimos pensando que los otros nos van a ver tal como
nosotros nos vemos a nosotros mismos.

Que no es otra que la manera en que estamos convencidos (inconscientemente) que
nos veían esos “otros” significativos de nuestra infancia (nuestros padres).

Y
por eso mismo nunca nos parecerá suficiente nada de lo que hagamos para merecer
que nos quieran (por eso, aún si eres el mejor de la clase, seguirás pensando
que no es suficiente y no te atreverás a abrir la boca, para que no te
rechacen).

Simplemente, porque lo que en el fondo nos pasaremos buscando no es que Fulano o
Mengano nos quieran, sino cambiar la mirada de nuestros padres sobre nosotros
mismos.

Para empezar a mejorar las cosas, entonces, tenemos que tener bien en claro que
el problema no es como nos ven los demás, sino como nos vemos nosotros mismos.

A
continuación, tenemos que pensar que no tenemos que hacer nada para que nos
quieran: los padres, por ejemplo, quieren a los hijos más que a nada en el mundo
SOLO por el simple hecho de ser sus hijos, no porque tengamos que hacer nada
para que nos quieran. Esos son los “ojos del corazón” de los que hablábamos
recién.

Y
esta es la base de todos los problemas: si no tenemos bien afirmado que PODEMOS
ser queridos por el mero hecho de SER, corremos el riesgo de pasarnos la vida
tratando de MERECER que nos quieran.