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Disciplinas deportivas

Un tal Luis Rubén Di Palma ...

¡Qué mejor forma para recordar a un ídolo del turismo carretera que a través de una persona que lo conoció y así saber cómo se forma el personaje desde la trastienda.

El sábado 7 de octubre, volando su helicóptero sobre Marcos Juárez, en un accidente de aviación, fallecía Luis Rubén Di Palma.

Con apenas 57 años, joven aún, y todavía con un futuro por delante, (ya sea como preparador o jefe de equipo, o como consejero y ayudante de sus tres hijos, su hija y su nieto, todos automovilistas de valía), estaba en las carreras, como participante.

 Como "tranquilizador" de alguno de sus hijos de carácter fuerte; como consejero y maestro de quienes empezaban a hacer sus primeras armas en ese difícil deporte, en que un error no se paga con un punto, o un penal: pueda pagarse en una cama de hospital, (como se ha demostrado tantas veces), porque es un deporte que no perdona errores.

Conocí poco a Luis, como se llamaba en mi época, ya que ahora, en lugar de Luis Rubén se lo llama Rubén Luis. Para mí era, y es, Luis, a secas, como lo conocí.

Lo ví por primera vez cuando yo corría karts, allá por el año 1960. Iban de vez en cuando a mirar las carreras de karts que armábamos en Platense, en Manuela Pedraza y Crámer. Eran un grupito de jóvenes arrecifeños, entusiastas.

Yo apreciaba y agradecía los gritos y los aplausos que nos daban ánimo, sobre todo cuando, sin publicidad que nos ayudara, hacíamos todo a pulmón, y a fuerza de flacos bolsillos.

 Lo que menos imaginaba, al verlos, era que esos jóvenes manejaban mejor que cualquiera de nosotros, y que eran, en cierto modo, los sucesores de aquel gran arrecifeño llamado José Froilán González, que supo ser subcampeón mundial de automovilismo, y ¡el primer piloto en ganar una carrera con una Ferrari!

El grupito se fue decantando, fueron quedando algunos en el camino, por razones familiares o laborales, y entre los sobrevivientes del grupo quedó Luis Di Palma.

Corrió en todas las categorías argentinas, que yo recuerde. Y siempre con éxito. Fue sin duda, otro gran arrecifeño.

Como piloto, porque corriendo con lo que tuviera a mano, se las arreglaba para mejorar su auto en todo lo posible, y manejarlo cuidando los fierros, para llegar adelante a la bandera de llegada.

Y como persona, porque fundó una familia, un "clan" de pilotos y futuros pilotos, que saben qué es y cómo se siente, el automovilismo de hoy en el país: pilotos que saben ganar en la pista limpiamente, que siempre mantienen el apellido Di Palma entre los ganadores, o entre los mejores, sin recurrir a asperezas que sólo conducen al mal nombre del deporte.

Un deporte que no perdona a quienes, por error de pilotaje o de mecánica, tienen la mala suerte de no llegar a la bandera final, porque en este deporte no hay fouls, penales, o puntos descontados, sino, y demasiadas veces, la cama de algún hospital.

Confieso que siempre envidié a Luis Di Palma. Siempre soñé con correr mi última carrera con alguno de mis cuatro hijos. Pero ninguno me salió "tuerca". Quizá los menores, de 23 y 21 años, sean los más cercanos a los fierros. Pero ya tengo 67 años, y reconozco que ni los reflejos, ni mi vista, son los de antes.

Pero Luis se dio el gusto de correr una carrera de larga duración el año pasado en el Autódromo, con todos sus hijos, y encima, ¡ganar en Turismo Carretera cuando había quienes lo consideraban "acabado"!

Ese es un ejemplo de piloto y de padre, y lo digo desde el punto de vista de un padre y expiloto. Realmente, no puedo menos que envidiarlo.

Hacía tiempo que no veía a Luis. Creo que la última vez que lo ví, fue en el Cerro Catedral, mientras yo me ponía un par de esquíes para bajar el Cerro, y alguien me dijo: "¡Mirá quién está ahí!", y miré y ví a Luis con su mujer e hijos.

Lo saludé de lejos (en el ski, el tiempo corre, y hay que aprovechar cada minuto, por el costo de los tickets de subida, y, encima, yo soy de los que siempre ponen sus propios esquíes a punto, de acuerdo al estado de la nieve y al propio estado físico, con lo que tardo siempre algo más que el resto de mi grupo).

Luis se me acercó, me saludó, con su estilo de campo que siempre aprecié, me hizo un par de preguntas sobre este deporte, mientras yo arreglaba mis cosas, y ahí salí, rumbo hacia abajo en la montaña.

 Nunca más lo volví a ver, excepto por televisión. Me seguí entusiasmando con sus carreras, con su experiencia, con su suerte o falta de ella (porque el automovilismo es un deporte en que la suerte juega un factor muy grande en el resultado final), con su estabilidad emocional en todas las carreras, ganara o perdiera. Era, en fin, un deportista…

Y me asombró la noticia de su fallecimiento. No lo creía posible. Manejaba su helicóptero como sus autos, sin errores humanos.

Y me dolió, porque comprendí que no sólo Arrecifes, sino nuestro país entero, perdió a un grande, no sólo por sus dotes conductivas, sino por su don de gente.

Mis condolencias a su familia, que sé que podrá sobreponerse, porque es lo que Luis hubiera querido, y seguirá tan unida como hasta ahora. Luis: un abrazo, y ¡hasta pronto!

 

Pablo Nicholson
Colaborador

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