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Cuentos para pensar y reflexionar

¿Quieres un e-mail? No, quiero una carta

¿Email o carta manuscrita? ¿Son lo mismo para una mujer enamorada (o no)?

¡Ay qué lindo, una carta y manuscrita! Se me escapó el comentario, en voz alta, junto con la exhalación de un suspiro delante del actual ex de mi amiga.    

Este me miró entre incrédulo y burlón y me dijo: ¿para qué querés una carta si tenes los e-mails?


Como si ambos, para una mujer, resistiesen siquiera la comparación.  Así que ahí nomás nos trenzamos en una dialéctica que hubiera seguido hasta el final de los tiempos de no mediar la impaciencia de la novia de él, o sea: mi amiga.


Para terminar yo obsecada como una mula, eso sí, siempre enamorada y él como un frío empedernido dispuesto a jamás dar el brazo a torcer, por sensiblerías que harían el deleite, de al menos, su novia.





El primer argumento que me surgió naturalmente espontáneo fue: pero el e-mail no lo podés dejar debajo de la almohada, por ejemplo como para darle una sorpresa a alguien. 


El concepto se desarrolló en base a un reciente recuerdo de alguien, muy amado por mí, que para finalizar una contienda conmigo había dejado debajo de mi almohada preferida mi chocolate preferido, logrando así derretirme de amor hasta por lo menos el plenilunio siguiente. 


El me miró como con cara de neardental confundido, para acto seguido preguntarme ¿para qué querría yo o alguien dejar semejante cosa debajo de cualquier almohada? 


Herida ya las susceptibilidades mías y las del recuerdo, arremetí con un arrebatado tono de voz en curva ascendente, bah, no me vas a venir a comparar una carta con  un e mail, a lo cual el contestó inconmovible, no para nada, el e-mail es mejor, más rápido y más eficaz que cualquier cosa. 


Si, cualquier cosa que no tenga que ver con sentimientos apasionados, confronté.  El enarcó las cejas empezando a ofuscarse y retrucó, bah, sentimentalismo barato. 

Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr, pensé y dije en voz alta, sobretodo sabiendo que me había recorrido tres mil ochocientas librerías para acompañar a mi amiga, a buscar aquella que contuviera el sello de lacre rojo, que ella, mujer enamorada, especialmente había escogido para sellarle una carta de amor, al energúmeno que estaba discutiendo conmigo. 


Al momento de la confrontación sobre el tema  de esta nota: e-mail versus carta manuscrita. ¿Cómo podés ser tan frío? Le espete ya visiblemente alterada. 


El, también visiblemente ofendido me dijo: frío no, práctico, a lo sumo.  Romántico, ni que hablar –pensé- pero no quise herir más la susceptibilidad de mi amiga que para este entonces ya estaba, también visiblemente, irritada.


Me reservé parte de la conversación. El contraatacó diciéndome: ¿no me vas a negar que con el mail o el msn podés también manifestar estados de ánimo? 


Ahí fuí yo la que elevó la ceja hasta el cielo proporcionalmente con mi nivel de escepticismo e incredulidad.  El adivinó el gesto y el grado de desconfianza manifestado por mí  tanto que me relató que había   una suma de emoticones de los cuales yo disponía para expresar, por ejemplo, esa cara de disgusto y asco, que estaba expresando. 





Le dije: ¿hay alguna nariz fruncida como para explicar  una sensación de asco?


De la mera comparación que surge entre un solcito enojado o llorando con una lágrima de verdad.  Una h2o, resbalando por los renglones y rodando hasta convertir la tinta en un manchón. 

Y ahí nos trenzamos, sin importarnos el ruido, pero cada uno adherido, como clavel del aire, a sus propias convicciones. 


Arremetí: acaso no sabías que Leonard Wolf, el día en que su esposa, la escritora Virginia Wolf, se suicidó arrojándose a un río, el caballero anotó en su diario sus minuciosas observaciones de siempre, sobre hechos cotidianos.  Nada parecía haber cambiado en su ánimo, salvo un manchón delator. 


El único borrón en todo su prolijo diario. ¿Una lágrima?   Omití, él bestia homus erectus que pensaba decirle, solo por lealtad hacia mi amiga, y proseguí sin la omisión arengando ningún emoticón puede suplantar ni el beso emocionado que una amante puede enviar en una carta, vestido de rouge; a la vieja usanza por supuesto, ni el borrón y manchón o la tinta que puede correr o producir una lágrima. 


Pensé  para mis adentros, claro está para no echar más leña al fuego, “chupate esa mandarina”… ¿Ah, no?, ¿ah no?

Preguntaba él, sin mella de darse por vencido.  Si hay emoticón para todo, para el enojo…ah, no…ahí me exasperé.  


Por ejemplo está conversación, decime qué icono ponés para exasperación por ejemplo.  Ahí, hizo mutis por el foro. 

Para retrucarme a la vuelta siguiente, ah sí, y qué usas en la carta, ¿eh?, ¿eh?  Sencillo, le dije  a fuerza de mis cejas enjutas para enfatizar todo, la palabra exasperación y listo el pollo y la gallina. 


Ah bueno, así lo ponés en el email y también  se acabó me dijo él; en un soberbio truco y retruco.  Bueno, pero no es lo mismo, dije ya cansada de exasperarme y condoliendo a mi pobre amiga conviviendo con un anti romántico jamás probable escritor de cartas, que tan feliz la haría.


Tiré la toalla, ya eran altas horas de la noche y el ex y mi amiga tenían tiempo de discutir el asunto, dormitorio mediante,  así que me fui, pero antes  de irme de la casa de mi amiga, esbocé para dentro mi última voluntad al respecto: hubiera querido sentarlo a practicar escribir  cartas de amor.  Para que vea la diferencia en carne y mano propia.  Mientras me reafirmaba. 


Seré insistente: No, no y no, yo quiero una carta, y a la vieja usanza, de puño y letra, con la emoción que ello depare; si no es mucho pedir con sello de lacre y sabor a amor con gusto a perfume.  ¿no será mucho pedir?, dirán ustedes, si, pero soñar no cuesta nada; diré yo.


Aunque tampoco quiero ser tan necia ni tan extremista, reconozco que de vez en cuando, muy de vez en cuando, está bueno esto de andar preguntando: ¿y…decime: tienes un e mail?

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Mónica Beatriz Gervasoni

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Por ZULE1993


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