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La relación con nuestros hijos

Niños aburridos, padres sobrepasados

Niños nacidos para romper la paciencia…

Hay hechos y frases que merecen el puesto número 1 del podio de la insoportable densidad del ser.  Quienes dicen y repiten: estoy aburrido, me estoy aburriendo, me voy a aburrir, que develan a un/a adolescente en potencia, en pleno proceso de indagar que van a hacer con su existencia, van sumando mérito para sacar de casillas al propio Dalai lama. 

Pero, de paso, cañazo,  hacen que revise mi niñez y adolescencia.  Porque yo podía decir un millón de veces: “estoy aburrida”, en una era donde Internet era un sueño futurista, donde los dibujos animados en el televisor blanco y negro duraban una hora a la hora de tomar la leche y punto, que las paredes no me contestaban ni por las tapas, por ejemplo. 

Y nadie, absolutamente, nadie en esta tierra, podía hacerse cargo de mi aburrimiento, porque todo mi mundo estaba absolutamente concentrado y ocupado en sus propios trabajos y faenas, para dentro de casa o fuera de ella. 

Con lo cual era imprescindible que lo resolviera: solita mi alma.  A diferencia de los niños/as y adolescentes perfectos de esta modernidad que nos refriegan su aburrimiento por la cara, hasta que decidimos hacer algo respecto.

Duros de callar

Otra de las cosas que pueden hacer  los “neo mocosos” de estos tiempos es atiborrarnos a pedidos sin darnos tiempo a pensar. 

Con lo cual, una que sigue insistiendo por abogar que: el silencio es salud, o sale a las disparadas, billete en mano, - cuando los hay-, a tratar de satisfacer el pedido, o les enchufa todos los controles remotos de los chupetes electrónicos de la casa y una sale despavorida a respirar un poco de aire libre.  Cuando se oxigena, vuelve pensando: qué lindo es la familia unida, pese a todo.

Es cierto que el reloj biológico de una se acomoda a trabajo, estudios y obligaciones varias durante el año escolar, sobre todo, que cuando una tiene hijos, sobrinos o entrenados, en esa edad es inevitable que rijan el calendario y el horario. 

Con lo cual nuestro despertar puede verse forzado a realizarse tempranito.  Ahora bien, el domingo es el reposo de la guerrera y yo lo hago extensivo al sábado también. 

Y ni que hablar de las vacaciones, en que brego por un despertar natural y con los rayos del sol y ninguna alarma que alarme mi sueños ni mis nervios. 

Lo he elegido, libre, en democracia,  ejerciendo mis derechos y lo elegí: dueña de todas mis facultades mentales. 

Ahora bien, ¿por qué si mi benemérita familia, incluyendo la gata, saben y acatan la decisión y nosotros dormimos, mi pregunta del millón es:  por qué catzos tienen que llamarme a las 9.00 de la mañana un sábado y domingo, por teléfono.  

Cualesquiera que no sean ellos.  Léase: ex marido, madres, amigas en desgracias de pelearse con el actual y el ex y si me descuido al mismo tiempo, etc. 

Encima como no atiendo, insisten y me llaman por celular y si sigo desoyendo, se apersonan en mi casa.  Tocando semejante  timbrazo, que parece un tono de la filarmónica desafinado en pleno ensayo, que hace imperioso que proceda a abrirles, antes de que todos los sonidos se confabulen. 

Si el resultado va a ser un despertar furioso que a nadie le va a convenir y mucho menos a quienes osaron poner los garfios en mis timbres y encima lo saben, digo yo, por qué insisten; por que no esperan una hora prudente.  Porque mi familia advierte que los fines de semana  descansamos hasta de no hacer nada, pero descansamos. 

Vecinos invasores


Si, si, si, ya sé: sarna con gusto no pica, y, si, me gusta compartir con mis confraternas. Pero no exageremos tampoco. 

Adoro desayunar con mis vecinos, gracias a Dios, matices más matices menos, nos llevamos bien y mis hijos se llevan con los suyos y blah, blah, blah, como chismeamos los adultos pero, me pregunto yo: ¿es condición sine qua non empezar a hacerlo a las ocho de la mañana?  

Si, ya sé, también, me conocen y los conozco: ellos se levantan temprano y yo me levanto tarde, conclusión salomónica vienen 9.30 hs ahora. 

Ellos entendieron que yo me levanto cerca del mediodía, aunque piensan que exagero soberanamente y yo entiendo que ellos madrugan; aunque incluyan, sábados, domingos, feriados y vacaciones de verano e invernales.

Si, también me queda claro que la gente que trabaja lo hace temprano, de hecho yo lo hago,  pero tampoco es necesario convertirse en prócer y contagiar a todo el mundo, sobre todo sábado, domingo y feriados y/ o  en su defecto, vacaciones. 

Que por si no se entiende, es período de descanso.  Tanto pedir es que entiendan que, a la primera oportunidad que tengo para dormir me voy con Morfeo. 

Porque a veces trasnocho para ir a divertirme (es posible que figure ese ítem en una madre sin niñera, divorciada y ama de casa desesperada) y como ya no tengo 20 abriles, sino 41, reponerme me lleva su tiempito.  Reponerme de cada vez que uso tacos en vez de las urbanas. 

Reponerme de la trasnoche y por qué no de una sana indigestión de alegría, incluyendo algún Kamasutra

Entonces: no hay derecho que después de parrandear viernes y sábado, que mi familia principal lo entiende y lo aplaude hasta tal punto que me dicen: “mami anda divertirte y me cuiden el sueño de la mañana siguiente y viceversa: yo con ellos”, algún alma de Dios, llame al teléfono, al celular, al portero o golpee la puerta. 

Dicho sea de paso, se rompió el timbre de la puerta y ni Magoya pudo convencerme de que lo reinstale.  Usen los nudillos que todavía no soy sorda y escucho.  

Cuándo no y encima es equivocado, o es algún vendedor de los que todavía no se extinguieron del puerta a puerta.  O es el deshollinador cuando yo no tengo chimenea. 

O es el afilador, que cuando lo atiendo digo menos mal que hace siglos que no afilo, es una buena cosa para evitar la tentación. 

O son los que me quieren vender otra versión de la Biblia, de la que ya tengo.  O es alguien que se quedó sin llave. 

En otro orden de cosa están los que te ven chateando y no comparten la actividad y empiezan a preguntar: ¿terminaste?, cuando recién ¡empecé!  ¿te falta mucho?

O, a la primera de cambio, te interrumpen.  Una, que intenta ser un buen ser humano, al fin y al cabo, tolera, hasta que devuelve una mirada de bulldog a punto de impacientarse y se escucha una devolución, tipo: bueno, che, no se te puede preguntar nada a vos. 

Entonces una se encomienda a los Dioses, para tratar de explicar, que si; una pregunta se puede hacer, dos, también, a la tercera ya la situación se torna un poco molesta y a la cuarta seguida ya es como para impacientar al meditador más avezado.

Entonces no hay derecho, si yo me cuido de no engrosar la lista de: nacidos para romper la paciencia.  Trato de esmerarme para no sopesar la paciencia de nadie. 

No rompierum largum vivirum est.  Os lo suplico humanidad que me concierne hagan un esfuerzo por entender que hay cosas que inevitablemente van a desatar un humor de chihuahua enojado. 

Entonces, en el cumplimiento del deber para con el semejante debería haber una máxima que diga antes de romper la paciencia, verifique que haya otra manera de hacer las cosas que no incluya un estado paciente del otro ser humano que tenga en frente.
 

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Mónica Beatriz Gervasoni

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Mónica Beatriz Gervasoni

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