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Feng shui

Mi plomero y yo

Toda ama de casa desesperada, separada con hijos y madre sin niñera, tiene una lista negra en la que se inscriben desgracias domésticas, al por mayor y al por menor...

Y por las cuales una se encomienda a todos los santos para zafar de ellas y que no nos rompan el sutil y precario equilibrio que supimos conseguir con todo funcionando, más o menos como corresponde. 

Así es como nos encomendamos a todos los “san” habidos y por haber con tal de que la maldición de la rotura de los electrodomésticos no nos toque. 

Pero si con las estampitas y todo no alcanza, rogamos, humildemente, que si se nos maldice con algún infortunio de esa índole y tal coyuntura, en lo posible, no lo haga en un día lunes (siempre es fatídico empezar la semana y peor si se nos rompe algo más que la paciencia, que ya la tenemos rota, por cierto). 

O un viernes, que están todos los chicos, los nuestros, ajenos, amigos hasta del perro y del gato y vecinos, (éramos pocos pero mi abuela siempre parió los fines de semana)  y además es día de revoleo. 

Revoleo los tacos y me pongo zapatillas y si no pantuflas con tal de descansar.  Por si fuera poco también imploramos por nuestras instalaciones eléctricas que no patean a nadie en una frecuencia de 200 volteos para que no tengamos que pagar por buena hasta la gata que siempre anda metiendo hocico y bigotes por donde no debe. 

Ya que estamos y de paso, si no es mucho pedir y por la misma mangueada suplicamos que no salten los tapones porque conseguir un electricista de urgencia es peor que llamar a Mac Guiver en vacaciones. 

Y por si todo esto no fuera poco nos estiramos un poquito más y pedimos que no se nos inunde la casa, al mejor estilo “Titanic”, (sin Brad Pitt), a la vista por no cambiar nunca ni cueritos ni vástagos. 

Pero al podio sube, y el ganador es (suenan bombos, platillos y billeteras), el merecedor de esta nota es: el calefón.  Sí, señores y señoras.  Pese a los sacrificios, rezos y cuidados, el muy desgraciado quiere embarazarse. 

Ay, no, perdón, digo, se le rompe el diafragma.  No, que no es hermafrodita mi calefón pero tiene diafragma.  Conclusión, no hay más remedio que llamar al encargado de arreglar dicho problema.  

Y ahí va una a la primera misión imposible: ubicarlo.  Porque no es cuestión de que lo ande arreglando el vecino y después de bañarnos, bien limpitos, volemos con propulsión a chorro de gas y anda a cantarle a Gardel .

Encuentro cercano con el plomero

En una simple inspección ocular el benemérito se dio cuenta que arribó a un hogar de mujeres solas, con hijos.  ¡Pobres criaturitas!, fue su primer comentario mirando la cara de los secuaces de dos, tres, cuatro y once que lo miraban con cara de expertos celestiales, cuando son unos engendros capaces de sacar de las casillas al propio Dalai Lama. 

También le sirvieron de indicio que cuando solicitó la escalera estaba impecable por su nulo uso por varón.  Herramientas, brillaban por su ausencia, se las llevó el último hombre que hizo un arreglo en mi departamento, como forma de pago. 

La pinza de depilar intacta, se sabe, cuando hay un hombre, lo primero que suena es la pinza de depilar que la usan para todo menos para su fin original el bello de una mujer.  Con lo cual era una más que segura prueba de que no había hombre a la vista.

Mientras ponía manos a la obra y eludía mi pregunta del millón: cuánto me cobraría por el dichoso diafragma y la mano de obra por cambiarlo, se despachaba a gusto sobre las bondades de tener a un hombre como él en cualquier casa de cualquier mujer. 

Aunque avisó de tres divorcios en su haber.  Mi amiga, mientras tanto, me miraba de reojo, dubitativa mientras meditaba, que si el plomero salía vivo y yo no lo despellejaba probablemente debía llamar a la urgencia médica y pública, para que me baje la presión colérica a una presión indispensable para seguir viva. 

Y terminó de decidirse cuando el señor dando por finiquitada la tarea anunció dos enunciados matadores: son $70 y la frase made in plomero de cabecera: chicas lo que ustedes necesitan es: ¡un hombre!

Nocaut del plomero 70 mangos a cero.  Adiós pretensión de sábados de super acción que podía incluir alguna cena ir a bailar y algún etc. 

Porque mi acción de ese día si continuaba, sin duda era en el hospicio más cercano para no estrangularle la yugular.

Conclusión: el sabio consejo además de sumar intereses,  me convenció de que un plomero que da consejos más que plomero es un amigo, (porque a mi amiga la convenció y se fue urgente a buscar novio, de hecho hace dos años que está con él, pero sigue teniendo desperfectos de plomería), y la férrea convicción de hacer un par de cursos urgentes y acelerados: gasista, electricista, albañilería y uno a distancia, el más imprescindible de todos, cómo convivir con un hombre, sobrevivir en el intento y sin estar convertida en una mujer al borde de un ataque de nervios como estado naturalmente femenino. Chan, chan. 

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Mónica Beatriz Gervasoni

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