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Relatos de viajes

Mi pasaje por Kirkland

Relato de unos días pasados en Kirkland, Estados Unidos, no lejos de Seattle...

UN CUMPLEAÑOS ESPECIAL 

En la vida de un niño su tercer cumpleaños es cualquier día, no llega a percatarse del porqué de tanto preparativo en el día anterior, pero para sus padres y abuelos es un día muy importante. Es como si en un día pasara de bebé a niño; y es cierto, pues desde ese momento, por ejemplo, su abuela le dice: “qué mayor eres, ya eres capaz de orinar en la taza del retrete, en adelante no necesitarás pañal”. 

Y a partir de ese día el niño no lleva pañal, pero, claro, él es tan pequeño que, aunque haya hecho pipí a indicación de su abuela en la taza del cuarto de aseo, no sabe por qué no debe, en adelante, mojar su pañal. Otra de las cosas que no llega a comprender es por qué le hablan como si fuera mayor cuando justo sabe componer frases oídas a su madre e incluso las compone según su libre albedrío.

En el caso de mi nieto, la celebración de su tercer cumpleaños fue algo especial. Mi nieto se llama Kevin y, por si no lo sabéis, es hijo de mi vástago mayor, casado con una irlandesa. Aprende a hablar en inglés con su madre y el español con su padre  y, en estos momentos, ayudado por nosotros los abuelos.

Es muy listo y no es porque yo lo diga, pero os puedo asegurar que cuando nos habla en la lengua de su padre hace las frases traducidas del inglés, por ejemplo: “¿qué has traído por mi, Aitona?”, o “tengo un caramelo para tú” o “Yo quiero ir con tú” y así otras tantas frases que, para contároslas, tendría que llevar un libro de notas conmigo y anotarlas en el momento, pues se me olvidan. Con esto os quiero demostrar lo listo que es ya que es capaz de construir una frase en español a partir de su lengua materna.

El día veintisiete de marzo mi nieto Kevin cumplió tres años. Tres añitos decía su madre, tres añazos decía yo. Su madre engalanó la casa con tiras de distintos colores, aunque predominaban las tiras blancas, verdes y naranjas  que representaban, las tres juntas, la bandera de Irlanda.

Estuvieron unos cuantos amigos suyos, pero con el que más “migas” hacía era con Nicolás, hijo también de un español casado con una americana. Aunque Niqui, como le llamaban sus padres, sabe español, se dirigía a su amiguito Kevin en inglés.

Mi hijo, que puso mucha ilusión en celebrar el cumpleaños de su vástago, estuvo bastante inquieto al ver tanta chiquillería, y eso que sólo fueron ocho, dando vueltas por los pasillos, dejando caer los dulces por la moqueta y arrastrando los juguetes por un entarimado lustroso (hace dos meses que estrenaron la casa).

Pero a pesar de todo, la fiesta fue muy agradable. Los padres de los niños que eran de distintas nacionalidades, intentaron chapurrear algunas frases en español para agasajarnos. El que peor lo pasó fue un hindú-musulmán  que no quiso probar nada que fuera sucedáneo del cerdo, así que se quedó sin probar el jamón y los excelentes patés que había comprado nuestra nuera. Menos mal que le gustó mucho la tortilla de patatas y la ensalada rusa, que de rusa no tiene nada. Bien, lo cierto es que lo pasamos muy bien

J. Javier Larrínaga  (27 de marzo)

UN DÍA  EN  KIRKLAND  

Los paseos se hacen entretenidos al contemplar los diferentes y variados chaléts que circundan a las avenidas. Es sorprendente constatar la rapidez con que se llega a construir una casa. Todas están hechas de madera, tanto exterior como  interiormente.

En poco más de tres meses, queda construida. El tejado, a menudo, es asfáltico, no obstante las más de las veces es elaborado con tejas planas de madera alquitranada. En el salón e incluso en otras dependencias se instalan chimeneas empotradas, alimentadas con gas sobre piedras volcánicas, con lo que el fuego que en ellas arde, no es de leña y por tanto las llamas son siempre livianas.

Las fachadas están construidas de tablones protegidos contra la humedad y colocados paralelamente en horizontal, uno sobre otro, de modo que el agua pueda resbalar sin deteriorarlos.

Me encuentro en una zona llena de árboles, dicen que es la zona verde de América., con un enorme lago cuyo contorno tendrá, posiblemente, más de cien kilómetros. Un barco de recreo da la vuelta alrededor de una mitad del estuario permitiendo a los turistas una hora de agradable asueto.

A pocos metros de la vivienda hay un gran parque, colindante con el lago, donde es  agradable pasearse al murmullo del graznar de los patos y donde algunos perros corren por la ladera intentando darles caza, alertados por el susurro del aleteo en el remonte de sus vuelos. Un área de juego, con columpios, toboganes y otros artilugios, es el deleite de los pequeños.

En un lateral hay dos enormes olmos rodeados de un jardín con flores, mi nieto me dijo señalándolos:  “Mira, Aitona, esos árboles son el papá y la mamá de las flores”. A un kilómetro  de la casa de mis hijos se encuentra el centro de la ciudad de Kirkland; bueno, realmente, ellos viven en Kirkland, pero como aquí se vive en casas independientes que ocupan bastante terreno, resulta que las calles son larguísimas.

A unos quince kilómetros está Seattle (los americanos dicen “Sialö”, pronunciando la “ö” con la boca para una u). Pero lo que más me gusta de este país es el respeto a la persona, a las ideas y religiones. Aquí los hay japoneses, chinos, tailandeses, irlandeses, hindúes,  mejicanos, colombianos;  y, por tanto, cristianos, judíos, musulmanes, brahmanes y  otros más que no sé precisaros.

Hoy es Domingo de Ramos, no se nota: ningún cristiano hace alarde de ello para evitar molestar al que no lo es. Aquí no hay ninguna imposición religiosa que condene al fuego eterno por no asistir, en domingo, a un acto religioso. No hay fundamentalismos religiosos; la religión no es una obligación sino una  devoción.

Cada uno conserva su etnia y sus costumbres, incluso la bandera de su origen, pero formando entre todos una gran nación. Es curioso ver una congregación, por ejemplo, de vascos, de irlandeses o de japoneses y comprobar que tienen las dos banderas, la de sus ancestros y la americana.

Sin separatismos, sin aislamientos fanáticos, conservando cada región su autonomía, pero constituyendo un equipo variopinto, rico en ideas y anhelos para formar la nación más  poderosa del mundo.  Me gusta Norteamérica.

 J. Javier Larrínaga  (9 de abril )

DE PASEO POR  KIRKLAND  

El otro día estuvimos en casa de un saudita cenando: él musulmán, su esposa americana  baptista; además había un matrimonio judío y nosotros católicos. Para evitar problemas de índole religioso, el matrimonio preparó filetes de pollo a la parrilla y mucha ensalada variada; de postre,  queso y dulces que completaron la cena.

El anfitrión sacó dos excelentes vinos, uno tinto y el otro blanco, que todos menos él deleitamos. La cena fue muy agradable y ellos se esforzaron para que mi esposa  y yo nos sintiéramos como en nuestra casa.  Esto es lo bueno de esta nación, seres de distintas razas y credos comparten la misma mesa y, quitándonos a nosotros que no somos americanos, el mismo patriotismo.

Hoy me he fijado en las diversas estatuas de bronce  que existen a tamaño natural a lo largo de la ciudad. La estatua de un espabilado muchacho da nombre a un precioso jardín céntrico, es Peter Kirk. No sé si el nombre de la ciudad Kirk-land viene por él o era el hijo del fundador. 

Tendría que instruirme en la biblioteca o en el ayuntamiento de la ciudad, pero lo dejo para otra oportunidad. No obstante os puedo decir que la cara del muchacho expresa vivacidad e ingenio.  A la altura de un embarcadero hay una estatua que representa a una pareja de jóvenes dándose un efusivo abrazo; él es un marine que acaba de desembarcar. En ella se puede adivinar la emoción del reencuentro. 

En los jardines de Marina Park, junto al litoral,  donde el día de Navidad desembarca Santa Claus,  hay una estatua de seis divertidos chavales de unos diez años en actitud de correr por el jardín cogidos de la mano, y es tal la alegría que expresan que dan ganas de correr con ellos. 

En otro lugar hay una señora bien engalanada  sentada en un banco, cubierta su cabeza con una pamela , pero con la cara levantada en actitud de tomar el sol. Es como si la buena mujer, llamada Betty Lou, quisiera estar eternamente bella. La realidad es que como es una estatua de bronce, al menos, permanecerá siempre igual de coqueta. 

Al comienzo de la avenida central está la estatua de una vaca y sobre su lomo de bronce un coyote aullando al viento. Y digo esto porque en ese momento soplaba un viento frío lacerante que movía las hojas de los árboles  y los pocos perros que se paseaban con sus amos ladraban a las ondulantes ramas.

Así, admirando las diecisiete estatuas de bronce que hay repartidas por la ciudad, me ha llegado el atardecer. El sombrío manto de la noche ha ido cubriendo el firmamento mordiendo con furia gélida la estancia reposada de los que, en las terrazas de las cafeterías, degustaban con parsimonia su sabroso café. 

Un escalofrío ha recorrido mi cuerpo ante la oleada de aire como presagio de una dolorosa agonía de un gran Dios lacerado en la madrugada del Viernes Santo por causa de nuestra salvación.

El parte meteorológico anuncia bueno para el sábado y el domingo, anticipándonos una gloriosa resurrección.

J. Javier Larrínaga  (14 de abril)

CURIOSIDADES  DE  KIRKLAND  

Siguiendo con mis caminatas me encuentro, a lo largo de los paseos y jardines de la ciudad, con una hecho curioso: muchos ciudadanos pagan al ayuntamiento un banco de paseo sobre el que hay una placa de bronce de unos 20 por 10 centímetro en memoria de un pariente e incluso de un animal apreciado de quien quieren guardar un recuerdo tangible.

Así, cada vez que un paseante se sienta para descansar, la curiosidad le obliga a leer y por tanto a rememorar la correspondiente inscripción. Parece que esta costumbre viene de Inglaterra.  Las  hay muy normalitas como: “A mis queridos padres Johny y Anny que me dieron todo su cariño” o “En memoria de mi perrita  Lulú que tanta compañía me hizo”  Entre paréntesis se anota el año de nacimiento y el de defunción.

Pero también hay inscripciones más curiosas como; “A nuestro amigo XXX  que nunca faltó un día a pescar aunque estallaran bombas o cayeran bolas de bronce”  o  “A nuestro amigo YYYY experto en trabajar en canicas”  o “A nuestro amigo ZZZ de partida de petanca hábil en bolas” o “A nuestro amigo Peter  XXX  experto casanova y jugador de billar que sabía manejar bien su palo”  y así muchos más. En algunos casos, en el respaldo del banco existe un soporte en donde los allegados colocan unas flores.

Ayer fue domingo de Resurrección y la costumbre obligó a que los padres escondieran huevos de chocolate a lo largo del jardín de la casa y los niños y niñas se dedicaran a buscarlos. El Ayuntamiento hizo lo mismo en los jardines públicos: veinte mil huevos de chocolate, pequeños como los de una codorniz, se escondieron en el conjunto de parques y jardines de la ciudad. Yo creía que apenas había niños aquí, pero he comprobado que estaba equivocado.

El evento se denomina “Día del  Huevo Pascual” y también  “Día del Conejo”  pues a los niños  se les dice que un conejo ha escondido los huevos. Para darle más vistosidad a la fiesta, los niños han de hacer de conejos de modo que husmeando por los manojos de flores encuentren los huevos de chocolate.

Algunos llevan un gorro con dos orejas de conejo. Os podéis imaginar cómo quedan los jardines; para los organizadores, las risas y gozos de los niños por un día, valen más que el destrozo que hacen.  Lo cierto es que a eso de la una del medio día, entre huevos y conejos,  hubo una fuerte jerigonza por toda la ciudad.

Nosotros nos fuimos a la isla de San Juan, donde se encuentran huellas del paso de los misioneros franciscanos. Bueno esto no es nada nuevo porque la costa del Pacífico norte  es rica en recuerdos franciscanos; además todos sabéis que en California  está la ciudad de San Francisco en memoria de sus misiones.  A la isla de San Juan se llega en un “Ferry”  que navega sobre unas aguas mansas como una balsa de aceite. El día fue espléndido y digno de un domingo de Resurrección.

Por hoy nada más. Os reitero mis “Felices Pascuas de Resurrección”

J. Javier Larrínaga (16 de abril)

QUINTA  Y  ÚLTIMA  CARTA  DESDE   KIRKLAND  

Ésta  va a ser la última carta que os dedico desde esta tierra tan maravillosa,  ya que, Dios mediante, la semana próxima regresamos a nuestra casa.  Mientras escribo estas líneas una ardilla se pasea por la valla de separación con el vecino. Se las ve subirse a los árboles y pasearse por los jardines buscando algo de comer que sea diferente a lo que de ordinario pueden coger de las coníferas.

A menudo mi mujer deja trozos de pan en una esquina del jardín que desaparecen inexorablemente. A mí no me gustan mucho pues aunque sean marrones y tengan una vistosa cola no dejan de ser roedores parecidos a las ratas.  A veces se ven asediadas por esos pajarracos vestidos de frac, negros como el azabache, a menudo de pelo brillante,  llamados cuervos. 

Lo extraño del caso es que apenas se oye piar a los pajaritos, aunque haberlos haylos. Se diría que entre las ardillas y los cuervos no queda espacio para ellos. Es la parte negativa de esta naturaleza, pues aunque uno se encuentre rodeado de inmenso arbolado  y frondosa vegetación,  echa de menos ese canto matutino bullicioso de los pájaros. Uno se despierta con  el “cue” “cue” de los córvidos (por cierto, no tengo aquí un diccionario de expresiones y no sé cómo se dice lo que hacen los cuervos).

Ha pasado la Semana Santa bastante soleada y el domingo de Resurrección con 26º, pero el tiempo ha cambiado, hay nubarrones y la temperatura es fría.  Es posible que ahora venga por aquí el frío que habéis tenido por ahí, en el norte.  Mi mujer y yo no dejaremos por eso de caminar un rato todos los días.

Hay gentes que hacen “footing” y ya nos conocen y nos saludan cuando nos cruzamos. También las personas que pasean a sus perros se ven interceptadas  porque mi esposa los acaricia. A veces,  en el autobús de vuelta a casa, coincidimos con el mismo conductor de otros días y nos pregunta si hemos tenido un buen paseo.

Aquí la gente es bastante amable e intenta entendernos;  el hecho de que convivan seres de distintas razas hace que muchos de ellos no nos miren como extranjeros. Lo llamativo se encuentra en el comercio: todos los empleados atienden con amabilidad y hacen lo necesario para complacer al cliente.

Lo tienen muy claro, el cliente es el que compra y por tanto el que da negocio y sin clientes la tienda se va al traste. No como en nuestro país que parece que te hacen un favor por atenderte y, a veces, hasta hay que rogar para ser complacido, sobre todo en los restaurantes.

Aquí es diferente, el empleado sabe que el despido es libre y por tanto tiene que ganarse el puesto diariamente  y no puede “tirarse a la bartola”  (cuidado con la frase, bartola está en minúscula. Sin malicias ¡eh!   No os vaya a pasar como a aquel pastor que para alabar a su compañero, que peinaba a sus ovejas con mucho esmero para desenredarles la lana, decía: “El Aitor es capaz de cepillarse a sus ciento veinte ovejas en un mes, y además con mucho cariño”).

J. Javier Larrinaga  (18 de abril)

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