Mañana a Primera Hora…

Las olas del mar llegan cansadas después de larga travesía a morir en la costa, entregándose en su postrer suspiro con sus pechos blancos al descubierto ante la arena y las rocas...

En rítmica cadencia, suave pero sin interrupción, se encadenan los silencios con el siseo de la espuma al extinguirse. 

Cae la tarde, tarde de calma, tarde de víspera de la partida, de resignación y plegaria para los que se quedan y de reflexión y renuncia para los que parten. Cálido aun, de tierras de pasión y fuego ignotas recientemente visitadas, el viento sopla suave pero sin pausa, con su dirección marcada hacia el occidente, con los acantilados inmensos en donde, por favor todos lo saben, termina la tierra e inicia el abismo. 

Adelante, unos metros en el mar, donde el muelle se vuelve muralla y esta termina en escollera, una silueta oscura y encorvada de hombre se sostiene precariamente casi sentado en la parte alta de una roca. 

En silencio absoluto, no así su mente que hierve de pensamientos, reflexiona sobre lo inexorable del destino, y las circunstancias que lo han traído hasta aquí, a la víspera de un viaje de destino anunciado.  

Con la vista perdida en el horizonte, no le despierta el anhelo del navegante la emoción de otros días de hacerse a la mar conociendo tierras remotas arrebatándoles a sus compañeros las aventuras más heroicas y las mujeres de hermosos ojos, firmes cuerpos y los más exóticos gustos amorosos. 

Raras veces, su mirada desciende hacia sus manos, estas hacia un disimulado bolso de seda cosido justo entre el forro y la parte exterior de sus ropajes, ahí escondidas mojadas y algo deterioradas de humedad  humana, de sudor, lágrimas y sangre, las cartas de navegación y el diario de un azaroso y atormentado viaje guiado solamente por el dedo de la Providencia. 

Trazos impecables aun en el fragor de la tempestad, narración de la aventura de meses sin perder nunca la templanza, la certidumbre de que una Ley Superior ha entregado un delicado encargo sobre sus hombros, sabiduría para ver más allá de la ficción perecedera de nuestras existencias, de que la Ley del Altísimo se cumple con o sin nosotros, palabras de navegante, madurez de capitán, espíritu de misionero aun en las últimas páginas donde narrando el regreso de tierras nuevas, se atreve a confesar sus sospechas sobre las miradas del perverso contramaestre. 

Grandeza de espíritu entrega grandeza en lo que hace, y aun hay un toque de misericordia por el alma del traidor, que de seguro pronto se decidirá a dar el toque de muerte como serpiente por la espalda, como lo hacen los traidores “porque vive Dios que si lo anticipo en su carga, no habrá poder humano que me impida teñir de rojo la sentina con su sangre, que por eso soy hombre y más noble y honrado que él” luego de dos renglones en blanco, por si hace falta completar el comentario, “Por si acaso Padre, que fui español y español muero sin reconocer más grandeza y santidad que a ti, bendíceme que a ti voy con la tarea sin terminar pero el camino trazado, que otro abrirá por mi pues esa es tu voluntad… 

Nada más se puede leer en esa última pagina de diario, bitácora de la unión de dos sangres con el aleante de una tercera, tinta en rojo está  más de la mitad del folio, ilegibles han quedado las bendiciones para su esposa e hijos, pues el acero vil vertió el fluido sobre ella después de atravesar un hermoso corazón.  

Lucen pardas y negruzcas tantos años después, más no para Cristóbal, que desde esa noche en alta mar, no ha podido lavar sus manos de esa sangre del Misionero y cada vez que palpa esos amarillentos folios ve como sus dedos salen tintos en sangre, sangre que no lava la más fiera lejía con la que ha intentado tantas veces arrancarla de si. 

Ni desembarcar y vivir en Génova para no ser descubierto, ni esconderse por años castigado por las enfermedades y la maldita hambre, han podido por la expiación apartar de él esa terrible visión. Ni cuando guiado por la ambición y la necesidad de anestesiar su alma en un fementido perdón de los pecados, ofreció el descubrimiento robado por su crimen al pervertido y perversor Alejandro o Rodrigo, a quien tenían más ocupado los Orsini, Vitelli y Colonna, que un puñado de mapas y un libro. 

Hea, Marchena, que la suculenta mesa de la Rabida no engordó tu sensible corazón ni anubló la claridad de tu entendimiento, que para eso es la confesión: para avisparse de las intenciones y los fantasmas de los demás.  

Pasa la voz zoquete!, no es la primera ni la ultima vez que bien aprovecha a la iglesia el confesionario, allá Jiménez de Cisneros que se cargue con el pecado, que a más cargo más buena es la absolución… 

Cristóbal se observa la mano ya sin asombro, sabe que la sangre sólo la ve él, incluso no refleja en un espejo, no es para asustar a nadie, es para que no olvide que cuando nuestra soberbia nos lleva a errar en contra de la Ley, el encargo recae en nosotros, porque ésta inexorablemente se cumplirá. 

Una ola arroja un poco de rocío sobre una roca muy cerca de Cristóbal y éste hace descender su mano hacia la húmeda superficie, casi no toca el agua pero una sensación sorpresiva lo hace regresarla a su vista y ve en su mano una pequeña área que se ha limpiado. 

Por primera vez en años sonríe y suspira con la certeza de estar, por fin, en el camino correcto. 

La mar está en calma, el viento sopla en dirección correcta, el sol cae en el puerto de Palos y mañana a primera hora Cristóbal parte al mando de la Pinta, La Niña y la Santa María. 

Dedicado con todo mi Amor a mi adorado hermano Claudio, para desearle lo mejor en su nueva etapa como Doctor en Física.

“Tomando en cuenta que habló hasta los 4 años, se ha logrado muy bien el muchacho” (Su Mamá)

“Agarren a su mudo!” (Su Papá)

Por Aducio de Lid 

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