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Límites y rebeldía

Madres perdidas en la gran ciudad

Y, si, definitivamente fue un viernes con hijos, pero no en exclusividad con los míos y nada más, como es habitual, sino que los míos y yo tuvimos visitas...

Bah, visitas lo que se dice exactamente y en el estricto término no, porque mi amiga, quien vino a vernos, ha vivido conmigo y con sus hijitos en mi casa,  así que fue, para definirlo mejor, una velada de amigas divorciadas con hijos. 

Aclaremos dijo Lemos, porque sin esa previa  necesaria y pertinente aclaración,  no se entiende la razón por la cual dos mujeres pueden estar tan fácil, a punto de ser dos mujeres al borde de un ataque de nervios. 






Porque la "tropa" de hijos tienen una edad en escalerita, 5, 6, 8 y 15.    Y si bien hubo un tiempo en que fue hermoso y todos coexistíamos y cohabitamos con todos, ella tomó otros rumbos y hace rato que habíamos dejado de tener ocasiones en que todos estábamos juntos, pero el viernes sucedió y no faltó nadie a la cita. 

A pesar que ella cuenta con sus escasos 24 bien llevados y yo con 42, los niñitos nos ganaron.  Madres 0, niñitos y niñitas  10, al principio las efusividades del reencuentro nos sobrepasaron,  besos salivosos y abrazos de osos que rogábamos para que nadie fracturara a nadie. 

Para colmo de males, ambas madres tenemos para nuestros vástagos camas marineras,  con lo cual los riesgos de cuatro menores juntos, saltando alternativamente arriba de ella, aumentaban de proporción a medida pasaba el tiempo,  para no agregar que siempre se nos rompe algún caño y como las administraciones y plomeros hacen cursos de brillar por su ausencia, mi casa estaba semi inundada o para decirlo de otro modo: tenía un aspecto de Venecia sin ti que ni te cuento. 

Y a los mocosos les fascinaba patinar en el agua acumulada del caño roto, no sé si por diversión o por si apostaban a quien se rompía el hueso primero, después de un rato de acostumbrarnos al reencuentro llegó la hora de alimentar a vástagos y a madres.

Voy al súper,replicó con la voz cantante mi amiga, y todos estaban listos para ¡¡¡pedir!!!  Por amplia mayoría ganaron las milanesas con puré, y hasta los gatos se le acercaban a ella, sabiendo con su instinto animal, que ella los malcriaría como de costumbre. 






Con lo cual los gatos también cenaron como gatos de pedigrí aunque son gatos marca gatos.  Esquilmada mi amiga, volvió con las compras y cada cual estaba en su juego, los grandes matándose por la única computadora de dos que todavía anda. 

A regañadientes e infectada de un ejército de troyanos todavía anda,  y los más chicos descolgándose a lo Tarzán de la cama  marinera y agarrando alternativamente a cada gato instándolos a transformarse en la inseparable mona chita del hombre mono – versión: hijos y entrenados de madres soltera y divorciada. 

Nunca faltan los tíos, defensores de los 0800 sobrinos en riesgos, riesgo de que las madres sobrepasadas no le den la cantidad exigida de atención,  y mucho menos cuando una está abarajando la cacerola del puré, batido con nuez moscada, un touch de pimienta, algo de manteca y una pizca de sal.  

Los gatos ronroneando, la mesa por poner y la niñera de franco, al unísono mientras hacía vericuetos para abrir el horno y dar vuelta las “milas” horneadas y ella las fritas –ah si, también pidieron modalidades de cocción distintas, mis pequeños gourmets.

Rezábamos: Santa Niñera que estás en la tierra: ¡volved!, madres unidas te esperan.  Pero en vez de la niñera, la voz de la madrina de uno no se hizo esperar, vecina como es del segundo piso que da a mi patio,  y dio el toque maestro gritando: “Al que lo toque al nene le parto los sesos con un martillo hasta desparramárselos”, y ahí se armó la de San Quintín.

No era cuestión de explicarle a la tía vecina que las riñas entre niños son absolutamente normales y que las madres estamos acostumbradas y que los dejamos que se maten, metafóricamente hablando, por supuesto, entre ellos porque más que ofenderse, otra cosa no hay ni queda. 

Bah, la versión cibernética del corto mano y corto fierro de antaño, ahora directamente se ignoran y listo el pollo y la gallina hasta que cinco minutos después están como los chanchos, amigos de nuevo. 

Ella estaba presta como boy scout para defender a su sobrino y no había Cristo que la hiciese entrar en razones, con lo cual, la cena estuvo matizado por los enojos de varios familiares, que nunca faltan para darle el toque a la familia que faltaba.  

A la falta de caballeros debimos suplir la autoridad paterna, he de confesar que muy bien no nos sale por cierto, lograr que cada uno apoyara sus apoyaderas en la silla para tratar de tener una amable cena cuasi familiar fue todo un tema. 

Dicen por ahí que los amigos son la familia que se elige,  fue un triunfo titánico, fue como si David lograra convencer a Goliat de no luchar. Luego logramos sentarnos y empezar a comer a tiempo, no sin antes recordar que quien pueso la mesa, olvidó algunos detalles imprescindibles a la hora de digerir el bocado, léase: algún cuchillo, tenedor, sal. 

En fin, nadie es perfecto acotaron.  Los lugares preferenciales para sentarse también fueron un suculento tema aparte,  mi hijo era tironeado por su hermana mayor y sus amigos, amiga y amigo que tanto tiempo hacían no se veían ni compartían actividades juntos. 

Por ende, las batallas campales reanudaron su pasión, hasta que mi amiga quedó en la cabecera de la mesa, flanqueada por su hijo mayor y yo y mis hijos intercalados con sus amigos de toda la vida. 

Y Santas Pascuas porque nadie podía hablar de lo rico que estaba la cena, el toque distintivo lo dieron los más grandes peleándose por el puré que quedaba. 

Había que verlos tironeando la olla, ya fría y el puré tibio, y los gatos abajo siguiendo alternativamente con vista y cabeza los movimientos oscilantes del recipiente.  

Nunca falta el llamado de alguna mamá postiza, criticando las locuras de dos madres soltera y divorciada de un viernes por la noche, hasta que después de los postres y de luchar que alguien levantara la mesa, hasta que se convencieron que en sociedad todo se resuelve mejor.

La noche ameritaba la hora de Morfeo para los pequeños, y la orden no se hizo esperar: a dormir todo el mundo y san se acabó.  Como estaban exhaustos por el encuentro y las novedades acataron y plancharon en escala y por orden de aparición y por ende: madres liberadas. 

Libres y liberadas, viernes a la noche, levantamos nuestra anatomía para dar aunque sea la vuelta al perro,  pero estando en los hollywoods palermitenses algo de diversión hallamos. 

Una banda nos trajo añoranzas de otros tiempos donde todavía íbamos a bailar y los hijos solo estaban en los sueños y hasta ahí reptamos después de la tarea de ser madres solas. 

Una pinta de cerveza nos bastó a las dos para alegrarnos un rato y escuchar buena música por una banda foránea nos alegró el corazón y nos sentimos dos madres, sueltas, perdidas en Buenos Aires por un rato, luego volvimos a casa, viendo la familia unida nos fuimos a dormir,  sabiendo que de vez en cuando, es posible ser madres solas, amigas, mujeres, profesionales, estudiantes y vaya a saber cuantas cosas más pero sabiendo que lo más importante es la familia unida como alguna vez dijeron nuestros mayores.

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Mónica Beatriz Gervasoni

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Mónica Beatriz Gervasoni

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