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Cuéntanos tu vida

Los combates noctunos: continuación

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Los provectiles pasaban rasantes. Algunos, alevosos, daban. en los que a medio incorporar tomaban puntería. Los "tamangos" rebotaban con estrépito y hubo galletas que al chocar contra la pared reventaban como granadas de mano.

Las municiones tornaban de un campo al otro, y aquel cañoneo se hacía interminable. Por último, cuando se consideraba "ablandada" la resistencia enemiga, la fuerza de choque salía de las trincheras, precediéndonos. Se asaltaba la posición almohada "en ristre", y tirando la munición a quemarropa.

Aquello era la culminación, el momento decisivo. Las almohadas sonaban sordamente, y perdida en el combate o porque el entusiasmo guerrero lo exigía, la lucha se hacía cuerpo a cuerpo. Jadeantes, riéndonos, magullados, teníamos a veces la victoria o éramos rechazados.

Los pasos presurosos del profesor de guardia, escalera arriba, era el toque de retirada general. En un decir Jesús nos metíamos vestidos a la cama, y el silencio de la "tierra arrasada" caía pesadamente.

¡Nunca me he atragantado de risa como en esos momentos! Imaginaba la cara del que venía a poner paz ante el desastre que le mostraban los dormitorios, ahora iluminados.

¡Para qué recordar las sanciones que nos caían! Como a países beligerantes nos trataban, y se nos hacían tan ciertas las penas como si vinieran de las Naciones Unidas.

Encendido el polvorín en el Internado, podía suceder que la guerra se extendiera; así los dormitorios de la planta alta, ahora coaligados, llevaban sus armas a los de la planta baja.

Nuestra "Maginot" consistía en la escalera, infranqueable como el desfiladero de la Termópilas.

Los defensores medio en el aire traían algún prisionero, forcejeando desesperado ante la visión de lo que le esperaba en nuestro campo de concentración.

Claro que a los compañeros que se nos quedaban abajo cuando se iniciaban las hostilidades no los trataban mejor. A estos solíamos recuperarlos gracias al canje de prisioneros, en el justo término de hombre por hombre.

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Fuente: “Alberdiantina”, Ediciones del Centro Alberdino, Paraná, 1962

 

 

 

Jose Maria Diaz
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