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La zona roja, más gris que nunca

Lejos quedaron las noches en las que la zona roja, era un hervidero donde decenas de travestis concurrían para trabajar, con la oposición de otras decenas de vecinos y policías. Hoy al ritmo de la crisis económica argentina, esta área tiene un diferente color

Tres de la mañana, Godoy Cruz y Costa Rica. En la profundidad de la noche, fría y ventosa, Johanna, una santiagueña de veintidós años, que ha estado más de dos horas apoyada sobre el paredón que da a los depósitos abandonados del Ferrocarril San Martín sin conseguir clientes, levantará  su dedo índice y moverá su mano de forma circular, intentando que un taxista se apiade y la levante para “dar unas vueltas”. Allí, a cambio del calorcito y la mullida gomaespuma de los asientos, acompañará al conductor para mantener una breve charla, que libere por un rato la soledad de sus trabajos.

 “Trabajo aquí desde hace tres años” -dirá Johanna, luego que ningún taxista le responda al llamado- “y créeme que nunca fue como ahora. El año pasado hacía mil dólares por mes, y eso que tenía el pelo corto y estaba sin siliconas, pero hoy no sé si llego a cuatrocientos pesos”.

Las despobladas manzanas que se pueden observar hoy en día, situadas en un área comprendida entre las intersecciones de la Avenida Santa Fe y Godoy Cruz, y las de Honduras y Thames, tuvieron un protagonismo mediático pocos años atrás, cuando el 9 de julio de 1998 se aprobó, con el voto unánime de los legisladores porteños, el Código de Convivencia Urbana.

Estas nuevas leyes, dejaban sin efecto los edictos policiales, que estaban vigentes desde 1958, mediante los cuales la policía tenía facultades para detener a sospechosos hasta 48 horas sin necesidad de justificativos, transformándose así en juez y parte.

Si bien el artículo 71 del nuevo código castigaba la alteración de la tranquilidad en la vía pública, la policía solo podía librar un acta contravencional contra quien infringiese la ley, sin posibilidad de detenerlo. Cuando las flamantes leyes se pusieron en práctica, los vecinos salieron masivamente a las calles para protestar frente a las cámaras de televisión.

Afirmaban que, aprovechando la falta de poder de la policía, los travestis alteraban la tranquilidad del barrio, se exhibían desnudos a cualquier hora sin respetar la presencia de menores, y ensuciaban y afeaban el barrio, reduciendo el valor de sus propiedades.

Finalmente, ante las presiones vecinales, el 14 de marzo de 1999 el Código fue reformado y se contemplaron penas para la oferta de sexo en la vía pública, además de prohibir expresamente que los travestis formen grupos de tres o más personas en las calles.

Zulema, una vecina que tiene su domicilio en Godoy Cruz al 2100, señala que de nada sirvieron todas las marchas a las que concurrió en repudió del Código de Convivencia “Ahora la policía nos molesta a nosotros, y no a ellos, que se pasean desnudos desde bien temprano, cuando los maridos recién salen del trabajo y pueden justificar la ausencia en su hogar... yo no entiendo porque tienen las manos tan atadas para sancionar a los travestis, para mi esto es un infierno”.

Las percepciones de Zulema contrastan con los datos difundidos por la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. Según un relevamiento efectuado el año pasado en la zona roja, el 60 por ciento de las travestis mencionó a las comisarías como el ámbito donde han sufrido mas violencia, mientras que le 86 por ciento señaló haber sido atacada al menos una vez por la policía federal.

Sin embargo, según señala Johanna, hay una gran diferencia entre las dos comisarías que tiene jurisdicción en la zona.

Los de la 25, en el peor de los casos, van a saltar por vos, te van a defender si te quieren robar, pero la 23 es mucho más jodida, a mí me molieron a palos un par de veces y no p
ude hacer nada. Me da bronca porque una solo está vendiendo algo que es suyo, y no le robamos nada a nadie”.

El hecho de que en la zona existan dos jurisdicciones, es vital para su ocupación, ya que de esa forma los travestis pueden continuar su trabajo luego de que se les labre un acta contravencional “es un tramite que se hace sin problemas, los agentes nos tratan bastante bien y no demoran mas de quince minutos” -dirá Tania una santiagueña que mide casi un metro ochenta, tiene veinte años y trabaja en la zona desde hace uno- “después nos dan este papel que no sirve para nada, y cruzamos la calle Guatemala para cambiar de jurisdicción, por que si te agarran otra vez en el mismo lugar, podés ir en cana”

Cuando se le pregunta por el trabajo, coincide con sus compañeras en señalar que está en unos de sus peores momentos “el año pasado se trabajaba re-bien, los sábados, las más lindas se llevaban 600 dólares y hasta las feas hacían 300, pero hoy no llego a ganar mas de 200 pesos”.

En la esquina de Oro y Guatemala, Paola vuelve a reunirse con su grupo. Hace unos minutos, ella y sus compañeras de trabajo habían salido corriendo alertadas por la presencia de una camioneta Mercedez-Benz azul, como los celulares policiales, pero que finalmente resultó ser del Correo Argentino.

Con todo, la amenaza de la policía no es un gran problema para ellos. Según cuenta Paola, una tucumana de veintidós años que trabaja allí desde hace dos años, nunca fue necesario sobornar a algún agente para poder trabajar, y si bien la inquieta la presencia de los uniformados por el tema de las actas contravencionales, los necesitan para que los protejan de sus dos enemigos mayores: los ladrones y los vecinos enfurecidos “Lo máximo que puede hacer un policía hoy en día es labrarte un acta, pero los vecinos son capaces de cualquier cosa. Hace dos semanas vino acá uno que nos largo su perro, para que nos muerda.

Otros nos han tirado piedras, y todo el tiempo t
e agreden verbalmente, con todo tipo de vulgaridades. Y el otro problema que tenemos son los ladrones. La semana pasada vinieron un par y me llevaron la cartera”.

De cualquier manera, Paola reconoce haber sido golpeada por la policía, aunque sostiene que cuando tuvo problemas recurrió a ella “Los primeras días yo era inexperta y les hable mal, por lo que fui golpeada e insultada, pero después no hubo mas problemas, y me ayudaron a meter presos a los que me quisieron robar la semana pasada”.

Desde su Taxi Peugeot 504, Jorge es un testigo diario de la zona roja. Trabaja allí desde hace más tres años, y admite que más de una vez los levantó para que no los agarre la policía “cuando había mas laburo, ahora no puedo perder el tiempo”.

Sin embargo, afirma que cada vez ve más travestis, pero menos clientes “Antes venían de Paraguay, Perú y Bolivia, pero por la devaluación y como parece que bajo el trabajo, solo quedaron los argentinos, mas que todo del interior. Yo calculo que habrá mas de treinta, pero lo que no se ve es gente que los venga a buscar, los pibes sólo paran el auto para verlos un poco, pero se van enseguida”.

En efecto, ya durante el amanecer, los únicos autos que se pueden observar detenidos en la zona roja son los Ford Escort de la policía.

Para entonces, muchos travestis, ya resignados por la falta de trabajo, habrán elegido olvidarse de los problemas que acarrea la falta de trabajo, yendo a bailar a América, El ángel o algún otro boliche gay, y dejando las calles aún más desiertas. Es el panorama que presenta hoy día una zona roja que, como el país, está en uno de sus momentos más grises.

 

 

 

Julian Blejmar

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TRAVESTIS

Por MATTBOY1969


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