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Poemas y cuentos

La vieja historia del pájaro

Me llevaba bien con tío Daniel, ambos éramos hijos menores y artistas...

Era escultor, tallador, ceramista, cazador y taxidermista. Esto último despertaba temor en la familia, cuando ofrecía sus servicios para inmortalizar la figura de un gato doméstico.

Su casa recibía a la gente con una habitación repleta de pájaros, tatú y pumas momificados.

-Mirá para tallar en madera o ladrillo, el secreto está en hacerlo despacio, cuanto más tiempo te tardes en una mano, o en un rizo de cabello, más perfecto te sale.

Los primos se habían retirado a dormir la siesta, quedábamos algunos en el comedor esperando el antiguo rito del té gitano.

-Tallar no es hacer estallar la piedra en pos de una figura, es dejar el recuerdo de una imagen, de forma delicada lo suficiente para que los dedos sigan su contorno.

La clase de plástica de tío Daniel se vio interrumpida por otra costumbre. El cofre de madera. Desde las cartas de luto narrando la guerra civil española, hasta el relicario de una abuela bellísima con sus rizos negros y ojos verdes tristísimos, podíamos encontrar en este pequeño tesoro de familia.

Las historias surgían en la sobremesa.

Primero las travesuras y amores de mis tíos.

Los enojos de mi abuelo, siempre ensañado con Ricardo, un hijo prestidigitador y acróbata que vio trunca su carrera en el circo por las persecuciones de su padre con la escopeta. Tío Ricardo corazón de león lo llamábamos. Deleitaba a mis hermanos con saltos mortales en patín, y les enseñó cómo la mano es más rápida que la vista, consigna sabida por todo mago.

Comenzó a llover, y este hecho era una contraseña para hacer debutar un relato.

Daniel tomó la palabra.

-Sabés hermanito, me fui a cazar al Chaco este verano.

Agarré la escopeta, la carpa, un sol de noche y rajé en la camioneta.

-Solo, Daniel -preguntó mi padre-

-Solo-

-Estaba por pegar la vuelta, porque ya casi no quedan bichos en el Chaco, me traía unos patos y un tatú, cuando me perdí...

Daba vueltas con el mapa en la mano, pasaba una y otra vez frente al mismo monte de aromitas, estaba oscureciendo.

Por ahí, veo un pájaro enorme, así de alto, como el Diego.

(Diego, el hijo mayor de Daniel se paraba ayudando el relato).

El bicho estaba parado en un tronco, con una herida de perdigón en el pecho.

Lo envolví en un trapo blanco y lo cargué en el asiento de al lado, con la idea de traerlo pa las casas para enbalsamar.

(Una pregunta surgía del grupo, casi por compromiso).

-Cómo era el bicho?

-Los ojos delante como las lechuzas, la mirada como la de una persona, te lo juro, el plumaje como un pavo real, te lo juro por los chicos.

Casi no veía el camino y me entré a desesperar.

El bicho no se movía, seguía sentado con presencia humana.

Doblé la curva y me quedé helado.

El pájaro. Pegó un grito que me detuvo el corazón, no era de este mundo.

Aterrorizado apagué el motor.

Tras unos matorrales a escasos centímetros, había un precipicio.

El bicho lloraba, inmóvil en el asiento con el manto blanco cubriéndole la cabeza. Entendí lo que me pedía y lo solté.

Salió volando como si jamás hubiera estado herido.

Podés creer gordo.

Tía Aurora comentó por lo bajo que ese cuento se lo había copiado al abuelo. Y además lo contaba mejor, porque acompañaba la historia con la de un enano que arrojaba piedras.

Para mí era nuevo y lo guardé en mi memoria.

Pensé en mi familia. Venidos de España. Sufridos por artistas y por locos.

Recordé a mi tatarabuelo capitán de Fragata, Don Rafael.

Habían pasado doscientos años de historia.

Quedó un trabuco, el retrato que pintaba José de su padre, donde Don Rafael lucía su uniforme, el relato de las horas esperando el regreso sentado frente al mediterráneo, en la vieja Cataluña.

Pensé en los relatos, las cartas, las fotos, los amores.

Cuentos de malones, aparecidos, raptos amorosos, políticos perseguidos, maestras rurales, guitarreadas, vidas de mujeres bravías defendiendo a sus hijos con escopeta en la soledad del campo.

Recorrí en un vuelo el huerto en Tortosa.

Ese donde los puercoespines robaban manzanas, y se perdió tras la guerra.

Doscientos años de cuentos, de relatos de vida.


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Adriana Castellá Gamboa

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Adriana Castellá Gamboa

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