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Sensualidad

La noche de Halloween

Un cuento al pie de los Andes para adultos no pacatos

CARTA AL LECTOR: 

                             Lo que sigue es mi tercer relato de estas características para “EN PLENITUD.COM”.                                                                           
Por lo tanto, sería de mi agrado que quienes haya leído mis otras disquisiciones me hagan conocer sus opiniones al respecto. Intuyo que sobre “LA NOCHE DE HALLOWEEN” algo tendrán para decir. O mucho me equivoco o alguien sospechará que podría  (o debería) tener una Parte II.  Por muchas razones que no vienen al caso comentar, debo afirmar que nunca verá la luz. Por lo tanto, su posible continuidad quedará librada a la fértil imaginación de los lectores.
 

                                      El trabajo que pongo hoy a consideración de ustedes fue escrito como un recuerdo a una noche de brujas que pasé en los Estados Unidos, hace muchos años, y en la que no sucedió nada fuera de lo normal. Vale aclararlo, por si las moscas...  Como en los otros dos relatos, su argumento mantiene un natural y sutil suspenso hasta el parágrafo final. En este relato, como en los otros, no pretendo hablar de sexo por el sexo mismo, sino que procuro sublimar lo que lleva a un encuentro entre dos seres humanos: el amor.  

                                        Gracias por la tolerancia y les hago llegar todo mi afecto.  

                                       ¡Feliz Halloween!

                                                                  J.I.G.

*    *    * 

                                    Martín Quiroz se había despertado aquella mañana con la resaca propia de una noche de mucho alcohol y con un irreprimible estado de excitación motivado por las emociones que le provocó un apasionado encuentro sexual, pleno de misterio y voluptuosidad, aderezado además por una alta dosis de romanticismo, que culminó con la profunda y terrible convicción haberse enamorado definitivamente de una hechicera. 

                                Un fuerte dolor de cabeza era el resultado no solo de los excesos etílicos en que incurrió después de que la misteriosa joven  desapareció de su vista, sin darse a conocer, sino también  porque quedó grabado a fuego, en su corazón y en su mente, el maravilloso e inolvidable contacto humano de ardiente  sensualidad que protagonizó con aquella ignota y dulce criatura. Aún tremolaba su cuerpo por la emotividad que le produjeron los impensados momentos vividos. ¿Habría sido todo producto de un sueño o el exceso de alcohol?  

                                 Era cerca del mediodía de un domingo futbolístico - jugaban River y Boca -, pero había decidido que no estaba en condiciones física y anímicas como para viajar hasta Núñez.  El estado en que se encontraba era realmente deplorable, especialmente porque no se había afeitado y su rostro evidenciaba unas profundas ojeras. A los 27 años recién cumplidos, Martín no recordaba haber transcurrido una velada como aquella. Aún estaba impresionado, trémulo y absorto por su fugaz aventura en aquella fiesta de Halloween, celebrada en una vieja casona de San Isidro  propiedad de los Agüero Quesada, una familia que estuvo radicada muchos años en los Estados Unidos y fuertemente arraigada a los círculos más encumbrados de la alta sociedad argentina. Entre los Agüero Quesada y los Quiroz existía una muy antigua y estrecha amistad. 

                                  Mientras se duchaba procurando que se fueran por el sumidero los estragos que le había provocado el abuso de la bebida, y para mitigar el celo que aún parecía dominarlo, en la mente de Martín resonaban como una cruel letanía los ecos de aquel viejo tango cuya letra - no la recordaba totalmente - parafraseaba de acuerdo a su vivencia pasada: “Decime quien sos vos, te quiero conocer, alegre mascarita que me miras al pasar... Decime quien sos vos, decime adonde vas... Sacate el antifaz te quiero conocer, detrás de tu desvío todo el año es carnaval”. (1) 

                                 No podía quitarse de la cabeza esa cantilena que se repetía y repetía hasta la alienación. Las tórridas y extraordinarias  secuencias de su inolvidable aventura  con aquella enigmática mujer lo tenían en un estado de acaloramiento imposible de aplacar y mucho menos de poder explicar con claridad. Y la letra del viejo tango de García  Jiménez y Anselmo Aieta, “Siga el Corso”, se ajustaban bastante a la negativa de Colombina por dar a conocer su identidad. Existía la posibilidad, horrenda para él, de que nunca volviera a saber de ella, lo que incrementaba su profunda desazón. Lo angustiaba el hecho de que jamás podría revivir los escasos y  maravillosos momentos pasados con la extraña joven,  que hubiera querido que se prolongaran hasta el fin de los tiempos. 

                                 Su mente y su espíritu habían sufrido una irreversible mutación. Solo la anónima mujer podría volverlo  a la normalidad en que hasta esa tempestuosa noche había transcurrido su existencia, ahora alterada, quizás para siempre. 

                                 Se vistió y bajó dispuesto a desayunar, a pesar de que la  hora era más que apropiada para salir a almorzar. Vivía solo en aquella casa familiar, de la que no quiso desprenderse después de la muerte accidental de sus padres. Su hermana Lucía,  tres años más joven, había optado por mudarse a lo de una tía materna – Juana, “Sor” le decía él de manera irreverente por tratarse de una recalcitrante solterona de 65 años, con escasa salud y mucho dinero –  ya que además de hacerse mutua compañía, realmente necesaria para ambas, no se iba a sentir tan sola sin sus padres, a los que siempre estuvo muy apegada. 

                                 Martín se dirigió hacia un  restaurante de la zona donde habitualmente comía y se sentó a la mesa donde estaba almorzando Esteban Díaz, un apuesto muchacho cordobés - vivía solo en Buenos Aires -, de su misma edad, y con quien cursaba el cuarto año de arquitectura. “Te veo muy desmejorado, Martín”, le comentó Esteban. “Ojos enrojecidos, brutas ojeras, y para colmo sin rasurarte. Parece que fue una noche brava, ¿verdad?”.  

                                  “Y qué lo digas - respondió el muchacho a media voz – Apocalíptica. Lamentablemente temo, con no escasa amargura, que será irrepetible en lo poco o mucho que me pueda quedar de vida”. 

                                  “Temo que te estás poniéndote melodramático, chico. No creo que cualquier cosa que te pueda haber causado alguna frustración en un simple ‘party’, haya trastornado tu forma de ser y de pensar. Siempre has sido alegre, extrovertido, lleno de vida y con fe en el porvenir - dijo el amigo - Me siento realmente conmovido por lo que percibo. Aunque más que conmovido, intrigado no sólo por cómo te veo, sino por lo que me decís y la manera en que me lo decís”. 

                                 “Me siento anímicamente  muy mal, Esteban, muy mal. Fue una fiesta especial para mí; realmente  insólita, extraña, secreta. Si hubieras ido, ¡quien te dice que no habrías vivido algo parecido a lo que me sucedió! Aunque tengo mis dudas. Algo me dice, muy íntimamente, que  fui especialmente elegido por alguien mediante algún proceso de hechicería. No le encuentro una explicación racional a todo lo que paso y como se fueron desarrollando los hechos”.  

                                  “Bueno, parece que me he perdido ser participe de un episodio de la serie ‘Dimensión Desconocida’... No te ofendas, querido Martín, es un chiste sólo para aliviar un poco la tensión en que te encuentras. En cuanto a mí, te diré que fue imposible postergar nuevamente mi visita a lo de los  Funes. Me esperaban desde hace mucho tiempo y no podía volver a fallarles. De todas maneras, esa no será la última fiesta de disfraz; ya vendrán otras y espero que no sean tan traumáticas como la que te tocó vivir”.  

                                  “Seguro que sí, querido amigo. Pero en lo personal, jamás habrá otra similar - dijo Martín, visiblemente contrito  y con los ojos brillantes - ¡Jamás..!”. 

                                  “Por Dios, Martín. ¿Qué te ha pasado? Me sorprendés. ¿Fue realmente importante lo que te sucedió? 

                                 “Más que importante, Esteban. Debo calificarlo como supremo, inmortal. Fue algo así como haber alcanzado el paraíso para después encontrarme nuevamente en el llano. Conocí... bueno, es un decir, porque como la fiesta era de disfraces ella  lucía un traje de Colombina y se ocultaba dentro de una máscara de látex que, cuando le rogué que se la quitara para poder conocerla, no lo quiso hacer. Y después desapareció. Posiblemente para siempre, ya que no sé quién era ni tengo la más mínima posibilidad de descubrir su identidad, a pesar de una promesa que me hizo. Por lo menos, a quienes le pregunté por ella no supieron darme ninguna información... Dios, es terrible. Fue como si hubiera compartido parte de la noche con un fantasma, el más maravilloso espectro que te puedas imaginar y que me llevó de la mano, sin ambages, por un camino que hasta ahora jamás había  recorrido de esa manera. Voy a terminar creyendo que así fue, que estuve con un espectro. En verdad me siento muy mal y me va a costar mucho poder recuperarme, si logro hacerlo alguna vez. Mira mis manos - y las extendió con las palmas hacia abajo -  Este temblor es por la angustia de haberla perdido y saber que posiblemente jamás la vuelva a tener entre mis brazos”. 

                                 Esteban no dejó de consternarse por el estado físico y anímico de su amigo y compañero de estudios. Lo vio sumamente desmejorado, como ido por momentos. No era demasiado específico, aunque se podía detectar que había conocido a una mujer, que había pasado con ella momentos de dicha infinita y que, al desaparecer sin darse a conocer, lo había hundido en una cruel desesperación que muy fácilmente lo podría llevar hasta una depresión. 

                                             No sé si te hará bien que me cuentes lo que te sucedió  en esa reunión o si preferís mantenerlo en silencio, pero me gustaría compartir no sólo tus placeres frustrados, sino también tus dudas y aprensiones. Creo que sería interesante que me pusieras al tanto de todo para considerar la posibilidad de encontrar alguna manera de darte una mano, aunque no creo que pueda hacer mucho más que eso, o sea escucharte y tratar de apoyarte espiritualmente”. 

                                  “Te agradezco tu preocupación, Esteban. No sé si me hará bien referirte con lujo de detalles sobre lo que sucedió anoche, o si por el contrario  recrudecerá mi angustia. Pero siempre es bueno, como dice el tango, tener un pecho fraterno donde morir abrazado”, dijo Martín, de manera un tanto melodramática.  

                                  Dejó pasar algunos minutos, como buscando las palabras   apropiadas para describir sin omitir detalles de la Fiesta de Halloween.  Así fue que comenzó a relatar su visita a la casona de San Isidro, una espectacular residencia de dos enormes plantas, construida a comienzos del Siglo XX, con diversos ambientes en el  subsuelo, una cochera subterránea y una enorme bodega. La hermosa propiedad, que fue íntegramente restaurada en 1991, estaba en el centro de añoso parque, soleado durante el día y tenuemente iluminado por las noches. Una pileta de natación en forma de riñón de grandes proporciones, un quincho al que no le faltaba nada para hacerlo confortable y una glorieta de la que se desprendía cierto romanticismo completaban las instalaciones externas.  Una hermosa propiedad que Martín conocía muy bien, por haber disfrutado muchas veces de sus instalaciones gracias a las invitaciones que le hicieran las hijas de los dueños de casa.  

                                 Como lo hacían anualmente, los Agüero Quesada tenían por costumbre celebrar, al igual que en los Estados Unidos, la Festividad de Todos los Santos, o sea la Fiesta de Halloween, o como también se la conoce “La Noche de Brujas”. En tal sentido, a los concurrentes se les imponía la obligatoriedad de asistir con algún tipo de disfraz cuya elección quedaba a criterio de quien lo usara. Rara vez coincidían dos igual. Y para que todo estuviera acorde con la circunstancia, el hermoso parque era transformado con una escenografía afín a con la fecha. Analizando la escenografía del parque ya caída la noche - máscara de distintos tamaños y colorido, iluminada interiormente con velones que las hacían realmente fantasmagóricas - el lugar se adaptaba para un real un encuentro con algunos espíritus traviesos escapados del limbo para chacotear entre los mortales.   

                                   Martín no fue muy original en la elección de su ropaje, ya que se vistió como Batman. Al entrar en la mansión y comenzar su recorrido de adaptación al ambiente festivo, le resultó no sólo difícil, sino imposible, distinguir quienes eran cada uno de los asistentes, situación esta que hizo mucho más original y enigmática la reunión. Alternó con una buena cantidad de jóvenes, jovencitas y personas mayores que enfundados en ropajes del siglo XV,  damas antiguas del 1800, o de los años 20. No faltó Súperman, Calígula, Romeo, Julieta, Cleopatra, el Príncipe Valiente,  Esqueletos fosforescentes, Centuriones romanos y Príncipes egipcios, entre muchas otras tantas variedades de mascaritas.  Tampoco dejó de asistir un grupo de “brujas” ataviadas como para asistir a un aquelarre  cercano. 

                                  Una Colombina, llamó poderosamente su atención. Estaba sola en un rincón del enorme salón, con un bolsito en la mano izquierda y una copa de champaña en la derecha. Bebía con sobriedad, mojando apenas sus labios.  Martín no pudo establecer quién de los dos realizó el primer movimiento de aquel juego que llevó a que sus miradas se cruzaran, se entrelazaran y ya no pudieran desatarse.  

                                  Había un no sé qué en la mujer que lo impactó: que lo atrajo como el imán al hierro, pero no logró determinar qué pudo haber sido lo que lo había embelesado. Desde que notó su presencia no pudo apartar la vista de su persona. Con cierta aprensión, y con la presunta seguridad de que no podía haber concurrido sin compañía,  Martín comenzó a buscar entre los presente a la contraparte de Colombina: el eternamente rechazado Pierrot. No logró descubrir a nadie vestido como el personaje tragicómico de la comedia italiana lo que le permitió una cierta tranquilidad. Eso lo ayudo a deducir que aquella mujer había asistido sola al ágape. 

                                    La estuvo mirando fijamente durante algunos minutos y nadie se le acercó por más de algunos segundos. Notó que se trataba de una joven con un cuerpo delicadamente moldeado, de más o menos de su misma estatura, aunque imposible de determinar nada más por efectos del disfraz. Continuó mirándola como embrujado. Por fin cuando adoptó la decisión de abordarla. Se sentía tan nervioso como un adolescente en sus primeros escarceos amorosos. Notó que de ella partió la iniciativa para presentarse ante él y así por fin  conocerse. Bueno, por lo que después veremos, sólo para establecer un primer contacto formal. 

                                 Colombina lucía su sencillo atuendo de manera impecable. Ocultaba su rostro con una máscara de látex, ajustada a la tez, con aberturas para la boca - podía notar sus labios y una perlada dentadura - y los ojos de un irreconocible matiz. La máscara tenía adherida una peluca de color castaño. Pese a todo, Martín la presentía realmente bella y dulce. Colombina le sonrió levemente y lo tomó de la mano, sin decir una sola palabra. El se dejó llevar mansamente hasta una mesa donde la joven tomó dos copas de champaña recién servidas. Le entregó una a él y con un gracioso ademán lo invitó a brindar con ella. 

                                 “¿Por qué lo haremos?” - preguntó Martín con cierto nerviosismo. Con una voz apenas audible por alguna pertinaz disfonía, la joven le respondió casi enigmáticamente: “Por esta noche tan, pero tan especial, lo haremos   por nosotros, y por todo lo que pueda suceder de ahora en más. ¿Tiene usted confianza en el futuro, Martín?”. El joven se mostró vivamente sorprendido y sumamente intrigado, lo que lo llevó a preguntar: “¿Pero cómo, conoce mi nombre? Sabe quién soy, por lo que me encuentro en inferioridad de condiciones.” 

                                  “No se preocupe ni se sienta menoscabo en hablar con una desconocida que lo sabe todo... o casi todo de usted. Este no es el lugar ni el momento para que debas - ¿me permitís el tuteo? - saber quién soy y por que trato de ingresar en tu vida de una manera tan poco gentil o misteriosa si se quiere. Pero necesito hacerlo así porque no existe otra manera que realmente me satisfaga. Por lo tanto, brindemos para que perdure para siempre, en tanto y en cuando estén dadas  las circunstancias para que así sea. He hablado demasiado y mi garganta se ha vuelto a resentir. Solo nos resta brindar”. 

                                 Se entrechocaron las copas y bebieron hasta no dejar una sola gota. Martín le preguntó si conocía la casa, a lo que ella respondió afirmativamente. “Entonces llevame a algún lugar tranquilo - le pidió el joven – me aturde el bullicio y quisiera relajarme. Algún sitio propicio para dialogar y tratar de conocernos más profundamente”. 

                                 Ella lo tomó de la mano y dirigió sus pasos hacia una puerta que permitía acceder a la parte baja de la casa. “Vamos al subsuelo - informó ella con un hilo de voz -,  un sitio alejado del alboroto y poco frecuentado, y mucho menos en ocasiones como esta”. Martín asintió con un monosílabo y se dejó conducir. Su corazón había comenzado a latir con inusitada vehemencia. “Son los nervios”, se dijo.  

                                  Llegaron hasta una puerta que Colombina abrió y lo invitó a pasar. El interruptor de la luz permitió iluminar el ambiente de manera muy tenue. Era un cuarto de reducidas dimensiones donde se guardaban cosas en desuso, las que apenas se distinguían por la poca claridad. Cuando la joven cerró la puerta y corrió el cerrojo, Martín percibió un leve estremecimiento en su mano, al tiempo que sentía un extraño cosquilleo en la boca del estómago. Estaba verdaderamente nervioso y corroído por la incertidumbre. Con cierta vacilación le informó a Colombina que iba a regresar al salón principal a buscar una botella de licor y un par de copas.  

                                 Martín estuvo ausente solo unos minutos. A su regreso, la joven le esperaba sentada sobre una colchoneta. Volvió a atrancar la puerta y  se arrodilló junto a la chica, sentándose sobre sus talones. Se quitó la máscara y preguntó: “¿No vas a hacer lo mismo?”. Ella con toda amabilidad le respondió que no, que prefería guardar el anonimato, todo lo cual le estaba otorgando a aquel encuentro un alto grado de misterio y un halo inefable de romanticismo.  

                                 Después de escanciar varias copas de licor y de hablar sobre cosas intrascendentes, la muchacha le tomó las manos a Martín, las acercó a sus labios y las besó con infinita dulzura. Entonces el joven, sin decir palabra y con un estado de excitación como nunca antes había sentido, la tomó por los hombros, la atrajo hacia sí y la besó en la boca con  inusitado fervor.  El beso fue respondido de la misma manera. Se besaron con toda vehemencia, casi con desesperación, como si de aquel acto dependiera la vida o la muerte. Ninguno deseaba detener la acción, por lo que el beso continuó su explosiva existencia.  

                                 Colombina, le dijo muy quedo al oído: “¿Qué esperás para quitarte la ropa? Quiero... necesito verte tal cual eres, aunque más no sea en esta penumbra”. Y él le respondió: “A pesar de la negativa anterior, antes que nada me gustaría mucho ver tu cara, saber quién eres. Me cuesta mucho aceptar tu deseo de anonimato”.  El silencio de la joven fue una respuesta sin ambages. 

                                 En contados segundos ambos estaban como resurgidos Adán y Eva, temblando levemente, poniendo en evidencia ante sus mirada dos cuerpos realmente esculturales, como mármoles esculpidos por el cincel de Miguel Ángel. Se tocaron los rostros con las yemas de los dedos, como si trataran de no dañar y mancillar la tez que los recubría. Colombina acarició aquel esbelto cuerpo como si se tratara de  un recién nacido, percibiendo con las yemas de sus dedos el calor que desprendía de aquella perfecta estructura humana. 

                                  Se tomaron con fuerza de las manos, dieron un paso atrás para mirarse y admirarse y volvieron a besarse con una arrolladora pasión, como si lo hubieran estado haciendo a lo largo de toda la vida. La libido de los jóvenes estaba jugando el correspondiente papel erótico, haciendo que ambos cuerpos, al contactarse  con suavidad,  vibraran con inusitada violencia. La pasión los desbordaba y los devoraba. Martín se sentía como nunca lo había estado antes, a pesar de que por su vida pasaron muchas mujeres realmente bellas y desinhibidas  que le brindaron todo tipo de placeres.                     

                                  No hablaban, solo emitían gemidos. En aquella placentera e inexpresable confrontación amorosa había poco o  nada que decir. O sí había mucho, pero no era la ocasión de hacerlo.                                

                                  Y llegado el momento, se produjo la espectacular la implosión dentro de Colombina, que se tradujo en dos severos e incontenibles alaridos. El cuerpo de Martín cayó sobre el de la joven, quien lo aferró con firmeza, como queriéndolo contener en sí, para sí, eternamente. El joven sintió la fuerza que hacía su eventual amante y presintió su anhelo de no librarlo del abrazo. 

                                Pasaron unos minutos y  Martín, ante un pedido de Colombina, se echó a un lado. La joven se irguió y comenzó a vestirse. Poco después ambos estaban listos para volver al salón. Se besaron y ella le arrancó la insignia de Batman que había en la pechera del traje. 

                                  “Me lo llevo como recuerdo, mi querido. Cuando lo estime  oportuno y propicio te lo devolveré”.   

                                   Aún no me vas a decir quién sos, cuándo podré  verte otra vez, todas las veces... Siempre...” - dijo con voz plañidera el muchacho – Por favor, mi vida, no me dejés así”. Y la joven le respondió: “Ya te lo dije, mi amor, cuando lo crea oportuno te diré quién soy. Por ahora es imposible, pero más adelante, quizás, podamos vivir juntos, para siempre. Ten confianza y aguarda un tiempo. Sin embargo, si no llegás a saber jamás nada de mí - enfatizó -, quiero que sepas que ha sido  porque no supe cómo desprenderme de mi actual presente, que quiero cambiar a ultranza. Te encarezco que siempre me llevés en tu memoria y en tu corazón como tu Colombina de una noche de plena felicidad”.  

                                  La joven abrió un bolsito y sacó un pañuelo de color blanco que le entregó al muchacho. “Es para que lo conservés hasta que volvamos a vernos, o como recuerdo si no me resulta posible regresar a tus brazos”. Luego lo besó en la mejilla, abrió la puerta y salió rápidamente. Obviamente debía conocer bien la casa porque desapareció en cuanto Martín trató de seguirla. Hizo todo cuanto pudo por localizarla en el salón principal, pero su búsqueda fue infructuosa. Con tristeza comenzó a beber más de la cuenta, con la mente puesta en aquella extraña, dulce y maravillosa criatura que le había brindado el momento más feliz de su vida; la  más grande, maravillosa y seguramente indeleble satisfacción sexual de su existencia. 

                                   ¿Quién sería aquella diosa que le había embelesado el alma en tan corto lapso? ¿De qué manera podría conocer su identidad? ¿Por dónde comenzar a buscarla? Preguntó con discreción por la Colombina y nadie supo darle información alguna, solo que notaron su presencia fugazmente. Nadie le había prestado atención. Aún resonaban en sus oídos las palabras más importantes que le dijo: “Por ahora es imposible, pero quizás más adelante podamos vivir juntos para siempre; si no llegás a saber jamás de mí es porque no pude o no supe cómo desprenderme de mi  actual presente”.  

                                   Sabía que la muchacha lo conocía, eso era más que claro. También era posible que estuviera casada y necesitaba una noche de amor con él a espaldas de su marido (“porque no supe cómo desprenderme de mi actual presente”). Realmente no sabía qué pensar ni cómo encontrar la verdad de la manera más rápida y efectiva. “Ten confianza y aguarda un tiempo”, le había dicho. Pero, ¿cuánto tiempo? No lo sabía. Es probable que nunca volviera a tener  noticias suyas, lo que sería un martirio espiritual del cual no se podría desprender jamás. Había quedado flechado por Colombina ad infinitum. En sus manos estrujaba con pasión aquel pañuelo, el que llevaba repetidamente a su nariz para embriagarse con su tenue fragancia. 

                                 “Si no te conociera tan bien, Martín, diría que tu relato es nada más que una fantasía. Por eso no encuentro motivos como para dudar de tus palabras. Existen muchos interrogantes que resultan difíciles de responder con sensatez. Todo parece un hermoso cuento de hadas lleno de erotismo; una historia propia de un mitómano. Pero este no es el caso. Al menos te dejó un pañuelo blanco para que la recuerdes... ¡y que no está bordado con su pelo!” - bromeó Ernesto. 

                                 “Estoy de acuerdo contigo, Esteban - dijo Martín - Hasta a mí, a quien realmente le sucedió, me parece una alocada fantasía, producto de una mente afiebrada. Hay preguntas que no tienen respuestas, y también existen dudas, grandes dudas. Sin embargo... Sin embargo tengo la firme sospecha de  que Colombina es una de las tres hijas de los Agüero Quesada: Mabel, Alicia o Delfina, dos de ellas con su matrimonio tambaleante. Recuerda que las tres anduvieron mucho tiempo detrás de mí, antes de casarse. Además hay que tener en cuenta que Colombina desapareció rápidamente de mi vista, como conociendo muy bien el lugar... En fin, querido amigo, creo que lo mejor es esperar un tiempo, tal como me lo pidió. Va a ser un infierno - concluyó - ya que quedé embrujado. Aunque tengo para consolarme  o martirizarme, este pañuelo blanco”.                 

                                  Durante toda la semana Martín no concurrió a la fábrica de la familia adonde iba algunas horas por día para colaborar en su manejo. Estaba sumamente nervioso e irritable. El recuerdo de la misteriosa dama lo tenía a maltraer. Todo lo que había acontecido en el subsuelo de la mansión de San Isidro regresaba a su memoria, a cada instante,  y no podía desplazarlo de su entendimiento.  

                                   No podía dejar de pensar en Colombina, en sus besos, en su fantástico y juvenil cuerpo, y en su paroxismo sexual. Ya no sabía como conducirse en la vida de sociedad. Se había tornado huraño e intratable. No salía de su casa a la espera de un llamado que lo sacara de aquella postración y lo volviera a la realidad y a la felicidad. 

                                   Su tía se mostró visiblemente consternada y preocupada por la actitud de su sobrino. “Sor” Juana le había pedido a Esteban que tratara de verlo y brindarle, como su mejor amigo, todo el apoyo posible. Tenía la convicción de que detrás del ostensible cambio de conducta de Martín había una cuestión de polleras que solo otro hombre podía comprender y brindar una ayuda. 

                                    Paralelamente, Juana lo llamó por teléfono y le dijo que el sábado lo esperada a cenar, y que no iba a aceptar excusas de ninguna naturaleza para rechazar la invitación. El joven, de mala ganas y para no hacer más tensa la situación con su familia, le dijo que iba a ir, que se quedara tranquila. 

                                     Muy desmotivado, Martín llegó a las ocho de la noche a la casa de su tía. Lucía le abrió la puerta y lo hizo pasar. Solo estaban los tres para cenar y el personal de servicio para atenderlos.  

                                     Al pasar al comedor, la mesa estaba tendida con la mejor vajilla. “Sor” Juana se sentó en la cabecera y sus sobrinos a derecha e izquierda. Al retirar el paño blanco de la porta servilletas, Martín vio con inefable sorpresa que de entre los pliegues, al ponerla sobre sus piernas, apareció el emblema de Batman que Colombiana le había quitado a la pechera del disfraz. 

                                      Lleno de estupor levantó la vista y se encontró con los ojos azules de su hermana, que lo miraban con infinita dulzura, mientras que sus labios esbozaban una leve sonrisa no menos dulce...  y pícara. 

                                       El joven solo atinó a sonrojarse y beber un trago de vino.            

 ACLARACION IMPORTANTE                                                                      

                                         Este relato se publicó en un sitio español, de ahí que ameritara se le informara a los lectores lo que sigue: 

(1)   Las carnavales o carnestolendas  eran festividades muy populares en la Argentina y tomaba parte de ella gente de todos los estratos sociales quienes se disfrazaban de diferentes maneras y según el poder adquisitivo con que contaran. Se realizaban grandes festivales danzantes en estadios deportivos o en onerosos clubes nocturnos. También eran frecuentes los corsos barriales, a cuyo término la gente acudía en tropel a los lugares donde se bailaba con música en vivo (una orquesta de tangos, otra de jazz, y muchas veces una tercera característica). Lo que canta Martín parafraseando mientras se ducha, son recuerdos vagos de un viejo tango - “Siga el Corso” – cuya letra habla de  una mujer disfrazada de Colombina envuelta en una aureola de misterio, intriga y que enloquece a un joven galán que pretende saber de quien se trata la desconocida por la que se sintió irremediablemente atraído. Lógicamente no lo logra. Más abajo incluyo la totalidad de la letra de la interesante composición musical. Tiene algunas palabras en lunfardo y acentuadas o no, según el decir de la gente de Buenos Aires. Cualquier duda, estoy a vuestra disposición para aventarlas. Aun las páginas eróticas posibilitan hacer algo de docencia, y que siempre es bien venida

 (1) -SIGA EL CORSO”

Tango

Música: Anselmo Aieta
Letra: Francisco García Jiménez


Esa Colombina
puso en sus ojeras
humo de la hoguera
de su corazón...
Aquella marquesa
de la risa loca
se pintó la boca
por besar a un clown.
Cruza del palco hasta el coche
la serpentina
nerviosa y fina;
como un pintoresco broche
sobre la noche
del Carnaval.

Decime quién sos vos,
decime dónde vas,
alegre mascarita
que me gritas al pasar:
"-¿Qué hacés? ¿Me conocés?
Adiós... Adiós... Adiós...
¡Yo soy la misteriosa
mujercita que buscás!"
-¡Sacate el antifaz!
¡Te quiero conocer!
Tus ojos, por el corso,
van buscando mi ansiedad.
¡Tu risa me hace mal!
Mostrate como sos.
¡Detrás de tus desvíos
todo el año es Carnaval!

Con sonora burla
truena la corneta
de una pizpireta
dama de organdí.
Y entre grito y risa,
linda maragata,
jura que la mata
la pasión por mí.
Bajo los chuscos carteles
pasan los fieles
del dios jocundo
y le va prendiendo al mundo
sus cascabeles el Carnaval.

 

Juan Isidro González
Periodista Profesional

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